Read El caos Online

Authors: Juan Rodolfo Wilcock

Tags: #cuento,fantástico,literatura argentina

El caos (5 page)

Aunque un tema habrían preferido no tocar: la muerte del señor Marín. Sin embargo Güendolina —que así se llamaba la señora— lo traía a colación por cualquier motivo, con gran irritación de sus interlocutores. En efecto, se trataba de un acontecimiento que para ellos no revestía casi ninguna importancia, y que por otra parte había tenido lugar varios años atrás, cuando el enano más joven, Anfio, no había aún nacido, y el mayor, Présule, vivía todavía en la casa de la calle Lavalie, con la tía de su patrona actual.

La verdad era que Güendolina se consideraba culpable de esta muerte, porque una noche, profundamente ofendida por ciertas observaciones que su marido le había hecho el día antes sobre una blusa nueva de terciopelo que se había comprado, no quiso abrirle la puerta de calle cuando aquél volvió del partido de fútbol nocturno. El señor Marín, que era enfermo del corazón e incapaz de hacer daño a una mosca, se sintió mal, probablemente por el disgusto, y como no le daban las fuerzas para llegar hasta un hotel, se acurrucó en el umbral, donde a la mañana siguiente, al abrir la puerta, la señora tuvo la desagradable sorpresa de encontrarlo muerto de frío, al lado de la botella de leche vacía, que al parecer el agonizante se había bebido en sus últimos momentos. Por más que lo arrastró adentro, por más que lo desvistió y lo acostó bien abrigado en la cama, el hombre no revivió, y la señora se quedó con ese peso sobre la conciencia.

Salvo en lo que se refiriera a este episodio tan desagradable, los enanos de la casa de la calle Solís se distinguían por el eclecticismo de su conversación, por la originalidad con que encaraban los más diversos problemas, y también por su buena educación, especialmente cuando se encontraban en presencia de su dueña; aunque a veces perdieran la compostura cuando se hablaba de pescado, dada la pasión casi irracional que ambos sentían por este tipo de alimento, especialmente las sardinas en lata y las anchoas.

Tan entretenidas eran sus observaciones, y en verdad toda su conversación nocturna, que poco a poco la señora Marín se había habituado a prescindir casi por completo de la sociedad de sus amigas, y se pasaba las tardes leyendo revistas, en perpetua soledad, escogiendo aquí y allá noticias y comentarios de actualidad, así como apotegmas de carácter general, que luego le permitirían durante la noche mantener encendida la llama del diálogo con los enanos.

Anfio era jovencito todavía, y de día sólo pensaba en comer. Pero apenas la señora se tendía en su alto lecho, el enano, que era todo peludo y rizado, se acostaba sobre la alfombra, a su lado, con la rubia pancha al aire, y gorgoteando de placer jugueteaba con los flecos de la colcha, o de vez en cuando acariciaba el pie desnudo de Güendolina, cuando ésta, que se aburría de estar siempre en la misma posición, lo dejaba asomar pícaramente por un costado de la cama. Ninguno de los dos enanos salía jamás de la casa, si se exceptúa el jardincito del fondo cuyos muros demasiado elevados no podían de todos modos escalar, lo que tarde o temprano habría terminado por provocar situaciones desagradables, ya que las urgencias masculinas de las personas bajas no son menores que las de las altas, si no hubiera sido por una feliz circunstancia: tanto Présule como Anfio eran eunucos desde la primera infancia —como por tradición siempre lo habían sido los enanos de la familia de Güendolina— y en consecuencia vivían libres de preocupaciones carnales.

Es así que durante las largas veladas convivíales en el dormitorio, Présule se reducía a extenderse sobre el diván, apoyando la cabeza sobre su almohadón preferido, un almohadón de pana roja con un gran bordado en punto cruz que representaba una pecera de cristal con dos carpas doradas en su interior. Desde allí reclinado, con la curiosa mirada levemente estrábica de sus pupilas dilatadas por la oscuridad, el enano solía contemplar con afecto el retrato en colores de un loro de gran tamaño que se alisaba las plumas de las alas; era el loro Camel, muerto también él algunos años antes en circunstancias trágicas, ya que se lo había comido su compañero Anfio en un momento de extravío.

—¡Qué frío hace esta noche! ¿No le parece?— decía de pronto Présule, que era muy morocho y un poco calvo.

—Un frío horrible. ¿No me dejaría acostarme un rato debajo de las cobijas?— suplicaba con voz meliflua Anfio a la señora, seguro por otra parte de no ser complacido.

—Más frío hacía la noche que murió mi marido— observaba con melancolía Güendolina, suspirando y subiéndose las frazadas hasta la barbilla.

A veces la señora, entre observación y observación, se rascaba nostálgicamente el abdomen; entonces los dos enanos, al ver esa mano que se movía bajo la colcha, cediendo a la atracción que sienten ciertas personas y también ciertos animales hacia todo movimiento encubierto, se abalanzaban para aferrar el bulto fascinador. Güendolina sonreía con beatitud, sintiéndose flotar en la calma y en la seguridad de una vida sin sobresaltos.

Así pasaban las noches, en familia. La señora se dormía un poco antes del amanecer, y se levantaba con el sol ya alto, para hacer la limpieza de la casa e ir al mercado, donde compraba el mondongo o la cabeza de ternera para los enanos (nunca pescado, aunque les gustaba tanto, porque por más cuidado que pusieran, siempre dejaban alguna cabeza o cola abandonada en un rincón, y la casa se llenaba de mal olor), y también alguna cosita para ella; poco, porque era de poco comer. Cuando volvía, abría la ventana del comedor, barría el piso y luego pasaba un trapo por los muebles y los bibelots. Adoraba su juego de comedor, todo de nogal oscuro, traído de Francia por un ex patrón de su marido; las sillas eran de esterilla, pero graciosamente labradas con arabescos florales, y sobre los diversos estantes desiguales del aparador barroco se exhibían en silenciosa pompa los más hermosos adornos que habían jalonado con su variado esplendor la vida de casada de la dueña de casa: estatuitas, bomboneras, porcelanas, cristales tallados, y en el medio de todo, sobre el mármol veteado de Italia, un bronce de gran tamaño que representaba a un indio a caballo atacado por un puma. Herido por el zarpazo, el caballo reculaba, relinchando espantado, mientras el indio, siempre certero, hundía su lanza en la garganta misma de la fiera. El grupo había sido comprado muchos años antes por el señor Marín, en un momento de especial prosperidad, y desde entonces había constituido la gloria indiscutida del comedor.

Los enanos almorzaban a mediodía, y se iban inmediatamente al vestíbulo, a dormir un rato, cada uno en su sillón. Por la tarde llegaba un poco de sol al jardincito del fondo; entonces salían a tomar el sol. Güendolina, en cambio, se quedaba adentro, detrás de la ventana, leyendo sus revistas y sus novelas de amor, hasta que el sol desaparecía, con la misma brusquedad con que había llegado; los enanos entraban, volvían a comer en la cocina, y se iban a dormir otra horita en el vestíbulo. No era extraño por lo tanto que con ese régimen de vida regular y descansado, estuvieran todos tan despiertos y tan frescos por la noche, cuando se reunían en el dormitorio.

Y sin embargo Présule, que era el más inteligente e instruido de los dos enanos, sentía a veces (muy de vez en cuando, es cierto) aletear en el fondo recóndito de su pequeño corazón la sombra de un temor: que un día todo esto pudiera terminar. A pesar de su reducida experiencia del mundo, no ignoraba que la calma y la relativa felicidad que las semanas, los meses y los años les deparaban con tan homogénea regularidad, no eran más que un respiro provisional concedido por el destino, ese dragón que está siempre alerta esperando un momento nuestro de distracción para golpearnos con la aparente ferocidad de sus zarpazos (que en el fondo no es más que una de las tantas manifestaciones de su indiferencia). No ignoraba que el mundo exterior está poblado de fuerzas incontrolables, influencias que por su misma inocencia no merecerían ser llamadas malignas, pero que son de todos modos capaces de hacernos mucho más mal que una hueste de demonios; ya que los demonios, para decir la verdad, se reducen a obedecer órdenes confusas y poco inteligentes, órdenes que además presentan la ventaja de ser hasta cierto punto previsibles, no habiendo sufrido —por lo menos esa es la impresión que se desprende de un examen más o menos atento— modificaciones de consideración durante el transcurso de estos últimos cuarenta o cincuenta siglos, y en definitiva tanto al hombre alto como al enano les basta abandonarse a su mero instinto animal para librarse de cualquier coalición de demonios.

En cambio esas fuerzas exteriores que amenazan a los que con paciencia y renunciamiento han conseguido asegurarse un refugio —si bien provisional— tolerablemente habitable de paz y de olvido, son como aquellos astros del sistema solar llamados cometas, que nadie sabe de dónde vienen ni cuándo aparecerán, y menos todavía qué destrucciones ni qué aniquilaciones de materia o de energía hasta ese día indestructible acarrearán a su paso.

Así ocurrió en efecto. Una mañana Güendolina recibió una carta; en ella le comunicaban la muerte de su cuñada, hermana de su difunto marido, que acababa de ser aplastada por un camión cargado de ladrillos en circunstancias en que éste daba marcha atrás. De la existencia de esta mujer la señora Marín tenía apenas una vaguísima idea; sabía de ella solamente que era viuda y que trabajaba como cocinera en una lejana estancia catamarqueña. Como entre los escasos efectos personales de valor que había dejado al desaparecer se contaba en primer término un hijo de catorce años, los propietarios de la estancia habían decidido enviar al huérfano a casa de su tía, para que la señora se hiciera cargo de él y si fuera necesario le diera de comer, lo vistiera y lo alojara, ya que era la única pariente de quien se tenía noticia cierta.

Este anuncio causó profunda consternación en el
ménage
de la calle Solís. Présule no pudo contenerse de mencionar a un chico que había conocido cuando vivía en la calle Lavalle, que a veces le hacía cosas inenarrables, y en cierta ocasión lo había obligado a bañarse en una pileta con agua y jabón. Anfio lo escuchaba aterrado, intentando vanamente esconderse debajo de la cama; porque tanto él como Présule odiaban el agua. Como una posible solución, para eludir la inminente intrusión que al parecer amenazaba destruir para siempre la tranquilidad de los enanos, y por ende la suya, Güendolina (que en casos como este no se distinguía justamente por la brillantez de su ingenio) les propuso que se mudaran a otro apartamento, sin decir adonde iban; de ese modo el chico no se encontraría nunca con su tía, y tendría que volverse a Catamarca.

Pero los enanos, para quienes el mundo habitable se reducía a las cuatro o cinco piezas de esa casa, no querían ni oír hablar de la posibilidad de mudarse a otra parte, y la proposición cayó en el vacío. Fue una noche más bien triste para los tres, especialmente porque no se pudo llegar a ninguna decisión; para decir verdad, los enanos estaban un poco descontentos de la actitud de Güendolina, ya que en el fondo no les había parecido suficiente mente perturbada por la perspectiva de recibir a un pariente desconocido en casa.

Dos días después, en momentos en que la señora sacudía el polvo del indio a caballo, cantando «No volverá el amor, a abrir mi corazón, con sus dedos de mago oriental», tocaron el timbre de la puerta de calle. Era el sobrino del señor Marín, Raúl Castañeda, con una valijita de cartón imitación cuero. Tenía bigotes y pantalones cortos, una corbata negra con el nudo mal hecho y las orejas también negras por el polvo del largo viaje en tren.

La tía le asignó un cuartito al lado de la cocina, que en otras épocas había sido el cuarto de la sirvienta, y le recomendó que no fastidiara a los enanos. Raúl era un chico serio, de pocas palabras, y esas pocas con fuerte tonada catamarqueña. No hizo comentarios sobre su casa nueva; cuando abrió la valija sacó de su interior una pelota de goma pintada de verde y blanco como una sandía, con un monigote cómico que representaba un perro jugando a la pelota, y la depositó con cuidado sobre el mármol de la cómoda.

II

A diferencia de los enanos, la señora Marín parecía haberse resignado a la presencia de su sobrino, ya que Raúl se portaba bien, era obediente y no daba motivos de queja. Se pasaba los días encerrado en la pieza, leyendo unos cuadernitos que había traído en la valija, con figuras de ratones y gatos y otros animales que realizaban rápidos viajes siderales. Comía todo lo que le servían, se hacía la cama y se lavaba él mismo la ropa; antes de acostarse se lavaba los dientes, y apagaba en seguida la luz.

Pero de noche, en el dormitorio, no se hablaba de otra cosa, con gran disgusto de Güendolina, que hubiera preferido hacer como si nada hubiera ocurrido, ignorar la presencia del recién llegado, y dejar que las veladas siguieran su antiguo curso, tachonado de lentas observaciones de carácter general. No le habían gustado nunca las referencias a hechos materiales, exceptuando esas interesantes noticias sobre reinas y artistas de cine que suelen traer las revistas ilustradas, personas que de todos modos se encuentran suficientemente distantes del lector como para parecer inmateriales; y también, como ya hemos dicho, la muerte de su marido, que le parecía el acontecimiento más interesante de su vida. Pero los enanos, que ahora se pasaban los días agazapados en un rincón, espiando la puerta cerrada del cuarto de Raúl, estaban demasiado perturbados por la novedad para poder ocuparse de otra cosa. Sentían celos, aversión y desprecio por ese ser para ellos casi sobrenatural, ese marciano negruzco descendido de las fabulosas provincias del norte con la clara intención de perturbar el orden público de la sedante, ilustrada y aristocrática Capital.

Una tarde —hacía ya una semana que Raúl se había instalado en la casa de la calle Solís— Anfio y Présule se encontraban como de costumbre gozando del último rayo de sol en el patiecito, mientras Güendolina leía sus revistas femeninas detrás de la ventana, cuando de pronto se abrió la puerta del cuarto de la sirvienta, y el muchacho apareció en el corredor que daba al patio. Présule lo miró con aire ultrajado, Anfio con terror; se habían quedado inmóviles donde estaban, como dos enanos embalsamados, pero con los cinco sentidos intensamente alerta.

En la mano izquierda Raúl traía la pelota. Se acercó a Présule, se arrodilló, y tendiéndole la mano derecha le dijo:

—Lindo enanito, ¿jugamos?

Al enano se le erizaron todos los pelos de la frente; ante la humillación sólo atinó a huir, refugiándose en el vestíbulo. Anfio observaba atónito la escena. Pero el chico ya se había levantado, y sin dar importancia a la fuga del enano se había puesto a jugar con la pelota, haciéndola rebotar contra la alta pared del fondo. En ese paisaje gris y húmedo, apenas iluminado por un postrer haz de sol declinante, bajo la mirada impasible de las persianas del primero y del segundo piso, siempre cerradas, parecía un chico cualquiera en una casa cualquiera. La señora Marín, que detrás de los vidrios había visto toda la escena, dirigió una última mirada indiferente al niño ensimismado, y luego se retiró también ella al interior del apartamento.

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