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Authors: Lily Blake

Tags: #Fantástico

Blancanieves y la leyenda del cazador

 

Blancanieves es la única persona en el mundo aún más bella que la malvada reina Ravenna, deseosa de acabar con ella. Pero lo que la reina no imagina es que la joven que amenaza su reinado ha sido entrenada en las artes de la guerra por el cazador que tenía la misión de asesinarla.

Y es aquí donde la historia que conocíamos de Blancanieves tiene otro final… Una nueva, sobrecogedora y sorprendente versión del cuento clásico.

Lily Blake

Blancanieves y la leyenda del cazador

ePUB v1.0

LuisPer
04.11.12

Título original:
Snow White and the Huntsman

Lily Blake, 2012.

Basada en el guión de Evan Daugherty, Hossein Amini, John Lee Hancock,2012.

Traducción: Montserrat Nieto

ePub base v2.1

¿
En quién te vas a convertir cuando te enfrentes con el fin? El fin de un reino, el fin de la bondad. ¿Saldrás corriendo? ¿Te esconderás? ¿O con ferviente orgullo le darás cara al mal
?

Rebélate ante las cenizas. Levántate al oír la llamada. Afronta el cielo invernal. El grito de guerra propaga. Que resuene por los montes, desde la ermita hasta el bosque, pues la muerte abre su boca y tú eres manzana roja
.

¿
En quién te vas a convertir cuando te enfrentes con el fin? Cuando caigan las tinieblas y los buitres te cerquen, ¿Huirás tú de la contienda o combatirás, valiente? ¿Es de cristal tu corazón o de pura y Blanca Nieve
?

Erase una vez

Era el invierno más frío que el reino había soportado jamás. La escarcha cubría las lápidas del cementerio y en el jardín del castillo los rosales crecían casi desnudos, con las hojas marchitas y de color pardo. El rey Magnus se encontraba en los límites del bosque junto al duque Hammond, a la espera del ejército enemigo. El rey podía ver cómo su aliento se condensaba en continuas nubes que se expandían lentamente frente a su rostro, para luego desvanecerse en el gélido aire de la mañana. Notaba las manos entumecidas, pero no sentía el peso de la armadura sobre la espalda, ni la presión en el cuello de la cota de malla, cuyo frío metal le irritaba la piel. No le preocupaban los enemigos situados al otro lado del campo de batalla, y tampoco tenía miedo.

En su interior, ya estaba muerto.

Pero tras él se encontraba su ejército. Un caballo relinchó entre la niebla.
Ha pasado casi un año
, pensó.
Ella murió hace casi un año
. Aquel día el rey había sostenido entre sus manos la cabeza de la reina, mientras la vida abandonaba su mirada. ¿Qué haría a partir de entonces?, se preguntó. ¿Cómo podría vivir sin ella? Se sentó en sus aposentos con su hija pequeña aferrada a las rodillas, pero la pena era una carga demasiado pesada. Le resultaba imposible escuchar lo que ella decía. «Sí, Blancanieves —dijo el rey con actitud ausente, mientras la niña le acribillaba a preguntas—. Está bien, cariño, lo sé».

Contempló al ejército enemigo en el extremo opuesto del campo de batalla. Eran guerreros de sombras, un clan oscuro reunido por una inexplicable fuerza mágica. Surgían entre la bruma matinal como siluetas fantasmagóricas —anónimas y sin rostro—, ataviados con armaduras de color negro mate. En ocasiones, resultaba difícil distinguir dónde finalizaba el bosque y empezaban ellos.

El duque Hammond se volvió hacia el rey con el ceño fruncido y gesto de preocupación.

—¿De dónde demonios ha salido ese ejército? —preguntó.

El rey Magnus apretó la mandíbula y sacudió la cabeza, tratando de deshacerse del letargo en el que había permanecido durante meses. Tenía un reino que proteger, en ese momento y siempre.

—¡De un infierno al que no tardarán en regresar! —bramó y alzó la espada para ordenar a sus tropas que atacaran.

Se lanzaron al galope hacia el ejército enemigo, con las espadas apuntando a las gargantas de aquellos guerreros. Estos no tardaron en estar encima de ellos. Las armaduras de ambos bandos eran similares, pero tras las que vestían los enemigos de Magnus se escondían negras sombras que ondeaban y formaban volutas como el humo. Un guerrero sin rostro se abalanzó sobre el rey, con la espada desenvainada. El monarca volteó su arma y la figura se hizo añicos como el cristal, despidiendo miles de fragmentos negros en todas direcciones. Magnus alzó la vista, sorprendido. A su alrededor, sus hombres atacaban a las sombras y, uno tras otro, los guerreros se deshacían entre la bruma de la mañana. Los brillantes fragmentos caían al suelo y desaparecían sobre la tierra dura y cubierta de escarcha. En unos minutos, el campo de batalla quedó vacío. Los soldados del rey mantuvieron sus posiciones, sin lograr escuchar nada más que el sonido de su respiración. Parecía como si el ejército enemigo nunca hubiera existido.

El rey y el duque Hammond intercambiaron una mirada confusa. A través de la niebla, el rey distinguió una pequeña estructura de madera entre los árboles. Se dirigió hacia ella y, cuando se encontraba a solo unos metros de distancia, descubrió que se trataba de un carro de prisioneros. Desmontó del caballo, miró en su interior y vio a una mujer acurrucada en un rincón. Se podía distinguir que tenía el pelo rubio a pesar de que un velo ocultara su rostro.

Había sido capturada por aquel ejército —¿quién sabe qué le habrían hecho?—. Se contaba que las fuerzas oscuras habían asesinado y mutilado a cientos de prisioneros, incluidos niños. Sin vacilar, el rey descargó su espada sobre el candado y lo hizo pedazos.

—Sois libre. No debéis albergar ningún temor hacia mí —dijo Magnus, tendiendo su mano para que la joven la tomara—. ¿Cuál es vuestro nombre, mi señora?

La mujer se volvió lentamente, hacia la luz, y su pequeño cuerpo quedó visible. Descansó su delicada mano sobre la del rey y se alzó el velo. El rey Magnus clavó la mirada en aquel hermoso rostro con forma de corazón. Tenía los labios carnosos, los ojos azules y los párpados gruesos, y dos delgadas trenzas doradas evitaban que el cabello le cayera sobre sus marcados pómulos. No tendría más de veinte años.

—Me llamo Ravenna, mi señor —respondió ella con suavidad.

El rey permaneció en silencio. Todo en ella —la nariz, los dedos, los labios— era hermoso y delicado. De repente, sintió la calidez de su mano y percibió el fresco aroma a pino que los envolvía. Recordó con claridad el día en que había conocido a su esposa, hasta ese momento la única mujer que había provocado en él aquella sensación. Fue en verano, y la luz del sol se colaba entre las hojas de los manzanos.

En aquel instante, la pena desapareció por fin. Allí, frente a Ravenna y con el corazón desbocado en el pecho, se sintió de nuevo vivo.

El rey regresó al castillo acompañado de la hermosa joven. Las estaciones pasaron y la alegría inicial no hizo más que crecer. El rey Magnus pidió a Ravenna que se casara con él, ya que cada día se sentía un poco más enamorado de aquella muchacha a la que el ejército enemigo había arrancado de su hogar para hacerla prisionera. El rey parecía un adolescente en su presencia. No podía evitar ruborizarse mientras ella le contaba cómo había sido su vida antes de conocerle, cómo había pasado sus días en los límites del reino junto a su hermano Finn y su difunta madre.

La hija del rey, Blancanieves, se sentaba junto a ellos durante las comidas y contemplaba a Ravenna con la barbilla apoyada en las manos. Era una niña de tan solo siete años. Juntos, formaban una familia. Lo que el rey siempre había deseado.

En ocasiones, el rey observaba cómo Ravenna sonreía a Blancanieves o la tomaba de la mano para pasear con ella por el patio del castillo. Parecía muy feliz con ellos…

El día de su boda, Ravenna esperaba en la parte trasera de la catedral. A través de las puertas de madera, podía escuchar a la multitud moviéndose en los asientos. Llevaba las mejillas empolvadas, los labios pintados de color rojo intenso y el vestido tan fuertemente acordonado a la espalda que apenas podía respirar. Se miró en el espejo de la pared y su reflejo le devolvió una ligera mueca de desprecio. Esa noche, después de la ceremonia, dejaría de fingir. Por fin, conseguiría lo que quería.

—Estás muy hermosa… —susurró una vocecita.

Se volvió y encontró a Blancanieves en la puerta, contemplándola. La niña cogió el extremo del largo vestido blanco de Ravenna y lo levantó para que no rozara el suelo de piedra. Con un leve movimiento de muñeca, Ravenna indicó a la hija del rey que se acercara.

—Eres muy amable, pequeña —susurró—. Especialmente cuando se afirma que tu rostro es el más bello del reino.

Acarició a la niña. Su piel era suave como la porcelana y tenía unos enormes ojos castaños y un suave tono sonrosado en las mejillas. Cuando Blancanieves pasaba junto a criadas o soldados, todos quedaban cautivados y realizaban una genuflexión.

La pequeña alzó los ojos, llenos de inocencia, de ingenuidad. Ravenna devolvió una sonrisa a aquel diminuto rostro sabiendo que la farsa no tardaría en acabar; entonces, vengaría las injusticias cometidas contra ella y contra su pueblo.

—Sé que es difícil, pequeña. Cuando tenía tu edad, yo también perdí a mi madre —añadió mientras oía cómo la orquesta se preparaba en la parte frontal de la enorme catedral. Muy pronto avanzaría por la nave central. Todo estaba desarrollándose como había planeado.

Mientras esperaba a que la música comenzara, sus pensamientos regresaron al día en que los hombres del rey habían irrumpido en su aldea. Ella era muy pequeña. Ravenna y su hermano Finn vivían en un carromato con su madre. Siempre habían estado juntos, como un pequeño clan nómada, hasta el día en que apareció el ejército del rey.

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