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Authors: Isaac Asimov

Tags: #Ciencia Ficción

Preludio a la fundación

 

Corre el años 12020 de la Era Galáctica y el emperador Cleón I se siente incómodo en su trono. En Trántor, la gran capital del Imperio Galáctico, 40.000 millones de personas han creado una civilización de una complejidad tecnológica y cultural inimaginable. Cuando el joven psicohistoriador Hari Seldon llega a Trántor para participar en un congreso, se convierte en el hombre más buscado del Imperio. El psicohistoriador intentará que su portentosa teoría sobre el futuro no caiga en malas manos mientras forja la llave del futuro: un poder que será conocido como la Fundación.

Isaac Asimov

Preludio a la Fundación

ePUB v1.0

Lecram / OZN
15.03.12

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1. Matemático

Cleon I. – … El último Emperador Galáctico de la dinastía Entum. Nació en el año 11988 de la Era Galáctica, el mismo año en que lo hizo Hari Seldon. (Se cree que la fecha de nacimiento de Seldon, que algunos consideran dudosa, puede haber sido manipulada para ajustarla a la de Cleon, a quien Seldon, poco después de su llegada a Trantor, se supone que visitó).

Habiendo accedido al trono Imperial en 12010, a la edad de veintidós años, el reinado de Cleon I representó un curioso intervalo de paz en aquellos tiempos de agitación. Esto se debió, indudablemente, a la habilidad de su Jefe de Estado Mayor, Eto Demerzel, quien se mantuvo tan cuidadosamente apartado de la luz pública que se sabe muy poco de él.

El propio Cleon…

Enciclopedia Galáctica*

* Todas las citas de la Enciclopedia Galáctica reproducidas aquí proceden de la Edición número 116, publicada el año 1020 E.F. por la Enciclopedia Galáctica Publishing Co., Terminus, con permiso de los editores.

1

–Demerzel -dijo Cleon, disimulando un bostezo-, ¿has oído hablar, por casualidad, de un hombre llamado Hari Seldon?

Cleon llevaba poco más de diez años de Emperador y, en ocasiones, en ceremonias estatales en las que, vestido con la necesaria suntuosidad y luciendo los atributos de soberano, conseguía parecer majestuoso. Lo parecía, por ejemplo, en su holografía, que se hallaba en una hornacina, a su espalda. Estaba situada de tal forma que dominaba ampliamente otras que encerraban holografías de varios de sus antepasados.

Su holografía no era del todo sincera, porque aunque el cabello de Cleon era de color castaño claro, tanto en el holograma como en la realidad, resultaba más abundante en la holografía. Tenía un rostro algo asimétrico debido a que el lado izquierdo de su labio superior quedaba un poco más alto que el derecho. Tampoco eso se reflejaba en la holografía. Y si se hubiera puesto en pie junto a ésta se habría visto que medía dos centímetros menos del 1,83 que la imagen reflejaba…, y que, quizás, era un poco más grueso.

Naturalmente, la holografía era el retrato oficial de su coronación y, por entonces, contaba varios años menos. Todavía parecía joven, y bastante guapo también, y cuando no se hallaba agarrotado por las ceremonias oficiales, su rostro reflejaba cierta bondad.

Demerzel contestó con el tono respetuoso que cuidadosamente cultivaba:

–¿Hari Seldon? No me resulta un nombre familiar,
Sire
. ¿Debería saber quién es?

–El ministro de Ciencia me lo mencionó anoche. Pensé que podías conocerle.

Demerzel frunció la frente ligeramente, pero muy ligeramente, ya que uno no frunce el ceño en presencia del Emperador.

–El ministro de Ciencia,
Sire
, debiera haberme hablado a mí, como Jefe de Estado Mayor de este hombre. Si vais a ser acosado por todas partes…

Cleon alzó la mano y Demerzel calló al instante.

–Por favor, Demerzel, uno no puede estar siempre aplastado por el protocolo. Cuando pasé ante el ministro en la recepción de anoche y cambié unas palabras con él, se desbordó. No pude negarme a escucharle y me alegré de haberlo hecho, porque resultó interesante.

–¿Interesante, en qué aspecto,
Sire
?

–Bueno, éstos no son los viejos tiempos en que ciencia y matemáticas estaban de moda. Todo eso parece haber muerto en cierto modo, quizá debido a los nuevos descubrimientos llevados a cabo, ¿no crees? No obstante, en apariencia, todavía pueden acaecer hechos interesantes. Por lo menos, se me aseguró que era interesante.

–¿Os lo dijo el ministro de Ciencia,
Sire
?

–Sí. Comentó que ese Hari Seldon había asistido a una convención de matemáticos que, por alguna razón, se celebra aquí, en Trantor, cada diez años, y dijo que había demostrado que uno podía predecir el futuro de forma matemática.

Demerzel se permitió una pequeña sonrisa.

–O bien el ministro de Ciencia, un hombre de pocas luces, está equivocado, o lo está el matemático. Seguramente, eso de predecir el futuro, es el sueño mágico de los niños.

–¿De verdad piensas eso Demerzel? La gente cree en esas cosas.

–La gente cree en muchas cosas,
Sire
.

–Pero cree en tales cosas. Por lo tanto, no importa que la predicción del futuro sea cierta o no. Si un matemático me predijera un largo y feliz reinado, un tiempo de paz y prosperidad para el Imperio…, ¿no estaría bien?

–Por supuesto, sería agradable oírlo, pero, ¿qué se conseguiría con ello,
Sire
?

–Pues, que si la gente cree esto, actuaría de acuerdo con su creencia. Muchas profecías, por el mero hecho de ser creídas, se transforman en hechos. Se trata de «profecías autocumplidas». En realidad, ahora que caigo, tú mismo me lo explicaste una vez.

Demerzel, asintió.

–Creo que estáis en lo cierto,
Sire
. – Sus ojos vigilaban con sumo cuidado al Emperador, como para calibrar hasta dónde podía llegar-. De todos modos, si es así, uno podría conseguir que cualquiera hiciera la profecía.

–No todas las personas serían igualmente creídas, Demerzel. No obstante, un matemático, que reforzara su profecía con fórmulas y terminologías matemáticas, podría no ser comprendido por nadie y, sin embargo, creído por todos.

–Como siempre,
Sire
, sois sensato. Vivimos tiempos turbulentos y merecería la pena apaciguarlos de una forma que no requiriera ni dinero ni esfuerzos militares…, que, en la historia reciente, han hecho poco bien y mucho mal.

–¡Exactamente, Demerzel! – exclamó el Emperador, excitado-. Cázame a ese Hari Seldon. Siempre me dices que tus redes están tendidas por todas partes de este mundo turbulento, incluso hasta donde mis soldados no osarían entrar. Tira, pues, de una de esas redes y tráeme al matemático. Déjame que lo vea.

–Así lo haré,
Sire
-contestó Demerzel, que ya tenía a Seldon localizado, y tomaba nota mental de felicitar al ministro de Ciencia por un trabajo tan bien hecho.

2

En aquel momento, Hari Seldon no tenía un aspecto nada impresionante. Igual que el emperador Cleon I, contaba treinta y dos años, pero sólo medía 1,73 de estatura. Su rostro era liso y jovial, su cabello castaño oscuro, casi negro, y sus ropas tenían un aspecto inconfundible de provincianismo.

Para cualquiera que, años después, conociera a Hari Seldon sólo como un legendario semidiós, le hubiera parecido un sacrilegio que no tuviera el cabello blanco, un rostro viejo y arrugado con una sonrisa serena que irradiara sabiduría y que se sentara en una silla de ruedas. No obstante, incluso en su vejez, sus ojos reían alegres. Así era.

Y sus ojos estaban ahora especialmente alegres, porque su comunicación se había leído en la Convención Decenal, despertando allí un cierto interés, aunque algo distante, y el anciano Osterfish había inclinado la cabeza, diciéndole:

–Ingenioso, joven. Muy ingenioso.

Lo que procediendo de Osterfish resultaba harto satisfactorio. De lo más satisfactorio.

Pero ahora se presentaba un nuevo, e inesperado, acontecimiento y Seldon no estaba seguro de si su alegría aumentaría y su satisfacción se intensificaría.

Se quedó mirando al joven alto, de uniforme…, con la nave espacial y el Sol resaltando sobre el costado izquierdo de su guerrera.

–Teniente Alban Wellis -se presentó el oficial de la Guardia del Emperador, antes de volver a guardar sus credenciales-. ¿Querría usted acompañarme ahora, señor?

Wellis iba armado, claro. Había otros dos guardias esperando fuera, ante su puerta. Seldon sabía que no tenía elección, pese a la extrema corrección del otro, pero no había razón que le impidiera informarse.

–¿Para ver al Emperador? – preguntó.

–Para acompañarle a palacio, señor. Éstas son mis instrucciones.

–¿Por qué?

–No me dijeron la razón, señor. Y mis órdenes estrictas son que debe venir conmigo…, de un modo u otro.

–Pero esto parece una detención. Y yo no he hecho nada que la justifique.

–Diga mejor que parece una escolta de honor para usted…, si no me retrasa más.

Seldon no lo hizo. Apretó los labios como para evitar más preguntas, inclinó la cabeza y se puso en marcha. Incluso si se dirigía a ver al Emperador y a recibir su felicitación, no encontraba ningún placer en ello. Era partidario del Imperio en cuanto a los mundos de la humanidad en paz y unión se refería, mas no lo era del Emperador.

El teniente le precedía, los otros le seguían. Seldon sonreía a los que se cruzaban con él y trataba de parecer despreocupado. Fuera del hotel, subieron a un coche oficial. (Seldon pasó la mano por la tapicería; nunca había estado en un vehículo tan lujoso).

Se encontraban en uno de los sectores más ricos de Trantor. Allí, la cúpula era tan alta que daba la sensación de hallarse al aire libre y uno podía jurar, incluso alguien como Hari Seldon, nacido y criado en un mundo abierto, que estaban al sol. No se podía ver ni sol ni sombra, pero el aire era ligero y fragante.

De pronto, se acabó: la cúpula se curvaba hacia abajo, las paredes se iban estrechando y no tardaron en circular por un túnel cerrado, marcado a intervalos por la nave espacial y el sol, y claramente reservado (pensó Seldon) para vehículos oficiales.

Se abrió un portón y el coche lo franqueó rápidamente. Cuando se cerró tras ellos, se encontraron al aire libre…, el verdadero, el real aire libre. En Trantor, había 250 kilómetros cuadrados de la única extensión de tierra abierta y en ella se alzaba el palacio imperial. A Seldon le hubiera gustado pasear por aquel lugar, no a causa del palacio, sino porque allí se alzaban la Universidad Galáctica y, lo más intrigante de todo, la Biblioteca Galáctica.

Sin embargo, al pasar del mundo cerrado de Trantor a la extensión abierta de bosque y parques, había pasado también a un mundo en el que las nubes oscurecían el cielo y un viento helado le despeinaba. Apretó el botón que cerraba el cristal de la ventanilla del coche. Afuera, el día resultaba desapacible.

3

Seldon no estaba del todo seguro de que le condujeran a ver al Emperador. Tal vez le presentaran a algún funcionario de cuarta o quinta categoría, quien le aseguraría que hablaba en nombre del Emperador.

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