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Authors: Frederik Pohl

Pórtico (4 page)

Pero funcionaban. Seguían funcionando después de medio millón de años, según se calcula.

El primer tipo que tuvo arrestos para subir a una de ellas y ponerla en marcha, lo consiguió. Se elevó fuera del cráter de la superficie del asteroide. Se difuminó e iluminó, y la perdieron de vista.

Volvió tres meses después, con un astronauta hambriento y aturdido en su interior, ofuscado por el triunfo. ¡Había estado en otra estrella! Había descrito una órbita en torno a un gran planeta gris de nubes amarillas y arremolinadas; entonces logró invertir los controles, y fue devuelto a la misma marca de viruela por los controles de conducción incorporados.

Entonces enviaron otra nave, esta vez una de las grandes y puntiagudas con forma de hierba mora, tripulada por cuatro hombres y provista de muchas raciones e instrumentos. Estuvieron fuera sólo cincuenta días. En este intervalo no solamente habían llegado a otro sistema solar, sino que incluso utilizaron el módulo para pisar la superficie de un planeta. No había nada vivo en él... pero sí signos de vida.

Encontraron los restos. No muchos. Unos cuantos montones de basura en un extremo de la cima de una montaña; salvados de la destrucción general que asoló el planeta. De entre el polvo radiactivo desenterraron un ladrillo, un cerrojo de cerámica y un objeto medio fundido que recordaba una flauta de cromo.

Y empezó la carrera hacia las estrellas... con nosotros como parte integrante.

5

Sigfrid es una máquina bastante lista, pero a veces no entiendo qué le pasa. Siempre me está pidiendo que le cuente mis sueños y hay ocasiones en que vengo muy entusiasmado porque he tenido un sueño que estoy convencido de que le va a gustar, el sueño preferido de todos los psiquiatras, lleno de símbolos fálicos, fetichismo y obsesiones de culpabilidad. Y entonces él me decepciona. Se va por las ramas, en busca de alguna pista tonta, que no tiene nada que ver con todo esto. Se lo cuento todo, y él chirría, cruje y zumba durante un rato —en realidad no lo hace, pero yo me lo imagino mientras espero— y por fin dice:

—Volvamos a algo muy diferente, Rob. Me interesan algunas de las cosas que has dicho acerca de esa mujer, Gelle-Klara Moynlin.

—Sigfrid —replico—, otra vez sigues una pista falsa.

—Yo no lo creo así, Rob.

—Pero ¿y el sueño? ¡Dios mío! ¿No ves lo importante que es? ¿Qué te parece el personaje de la madre?

—¿Quieres dejarme hacer mi trabajo, Rob?

—Como si tuviera otra alternativa... —contesto, malhumorado.

—Siempre tienes una alternativa, Rob, pero me gustaría mucho citarte algo que dijiste hace poco. —Y se detiene, y yo oigo mi propia voz saliendo de su magnetófono. Estoy diciendo—: «Sigfrid, hay en eso una intensidad de dolor, culpa y congoja que no puedo soportar».

Espera a que yo diga algo. Al cabo de un momento digo:

—Es una buena grabación —reconozco—, pero preferiría hablar de la aparición obsesiva de mi madre en mis sueños.

—Creo que sería más productivo explotar esa otra cuestión. Es posible que estén relacionadas.

—¿De verdad? —Me encantaría discutir esta posibilidad teórica de un modo imparcial y filosófico, pero él me obliga a concretar:

—La última conversación que tuviste con Klara, Rob. Te ruego que me expliques lo que sientes al respecto.

—Ya te lo he explicado. —Esto no me divierte nada. Es una pérdida de tiempo y me aseguro de que se entere de ello por el tono de mi voz y la tensión de mi cuerpo contra las correas de sujeción—: Fue aún peor que con mi madre.

—Ya sé que preferirías hablar de tu madre, Rob, pero no la menciones ahora. Cuéntame cosas sobre aquella ocasión con Klara. ¿Qué sientes acerca de ello en este momento?

Trato de reflexionar. Después de todo, es lo menos que puedo hacer. No tengo por qué decirlo, pero todo lo que se me ocurre es:

—Casi nada.

Al cabo de un rato de espera, dice:

—¿Eso es todo, «casi nada»?

—Así es. Casi nada.

Al menos, casi nada en la superficie. Claro que recuerdo lo que sentí entonces. Destapo este recuerdo, cautelosamente, para ver cómo fue. Descendíamos hacia la niebla azul. Vimos por primera vez la estrella difusa y espectral. Hablé por radio con Klara, mientras Dane murmuraba a mi oído... Lo tapo de nuevo.

—Todo esto duele mucho, Sigfrid —digo en tono confidencial.

A veces intento engañarle diciendo cosas cargadas de emoción en el tono que usaría para pedir una taza de café, pero no creo que sirva. Sigfrid escucha el volumen y las inflexiones, pero también escucha la respiración y las pausas, además del sentido de las palabras. Es extremadamente listo, considerando lo estúpido que es.

6

Cinco suboficiales de la comisión permanente, uno de cada crucero, bajaron con nosotros, examinaron nuestros documentos de identidad y nos entregaron a un funcionario de la Corporación. Sheri emitió una risita cuando la rusa le tocó un área sensible y murmuró:

—¿Qué clase de contrabando buscan, Rob?

La hice callar. La mujer de la Corporación había recibido nuestras tarjetas de aterrizaje de manos del Especial/3 chino que estaba al mando del destacamento, y ahora decía en voz alta nuestros nombres. Éramos ocho en total.

—Bienvenidos a bordo —saludó—. A cada uno de vosotros, novatos, le será asignado un mentor, quien le ayudará a instalarse en su alojamiento, contestará sus preguntas y le dirá dónde debe presentarse para el examen médico y las clases. Además le dará una copia del contrato para que la firme. A cada uno de vosotros se os ha deducido la cantidad de mil ciento cincuenta dólares del dinero que tenéis en depósito en la nave que os ha traído; es vuestro impuesto de mantenimiento para los diez primeros días. Del resto podéis disponer cuando queráis firmando un cheque. Vuestro mentor os indicará cómo hacerlo. ¡Linscott!

El negro de mediana edad de Baja California levantó la mano.

—Tu mentor es Shota Tarasvili. ¡Broadhead!

—Aquí estoy.

—Dane Metchnikov —dijo la mujer de la Corporación.

Empecé a mirar a mi alrededor, pero la persona que debía ser Dane Metchnikov ya venía hacia mí. Me agarró del brazo con firmeza, empezó a andar conmigo y entonces dijo:

—Hola.

Le obligué a detenerse.

—Me gustaría despedirme de una amiga...

—Estáis todos en la misma área —gruñó—. Vámonos.

A las dos horas de mi llegada a Pórtico ya tenía una habitación, un mentor y un contrato. Firmé las cláusulas inmediatamente, sin leerlas. Metchnikov pareció sorprendido.

—¿No quieres saber qué dicen?

—No en este preciso momento.

Quiero decir que no hacía ninguna falta. Si no me hubiera gustado lo que decían, podría haber cambiado de opinión, y, ¿qué otras opciones tengo, en realidad? Ser prospector es bastante arriesgado. Detesto la idea de que me maten. Detesto la idea de tener que morir alguna vez; dejar de vivir, ver que todo se detiene y saber que todos los demás siguen viviendo, haciendo el amor y gozando sin que yo esté allí para compartirlo. Pero detestaba todavía más la idea de volver a las minas de alimentos.

Metchnikov se colgó por el cuello de la chaqueta de un garfio que había en la pared de mi habitación, a fin de no molestarme mientras guardaba mis cosas. Era un hombre regordete y pálido, no muy hablador. No parecía simpático en exceso, pero al menos no se burlaba de mí por ser un torpe novato. Pórtico está lo más cerca que se puede estar de G cero. Yo no conocía la falta de gravedad; en Wyoming hay la suficiente, así que siempre calculaba mal mis movimientos. Cuando dije algo, Metchnikov observó:

—Ya te acostumbrarás. ¿Tienes un trago?

—Me temo que no.

Suspiró; su aspecto era el de un Buda colgado de la pared, con las piernas encogidas. Miró su esfera del tiempo y dijo:

—Más tarde te llevaré a tomar unas copas. Es la costumbre. Pero nada se pone interesante hasta las dos mil doscientas. A esa hora la Sala Azul estará llena de gente y podré presentarte a todos. A ver qué encuentras. ¿Qué eres, normal, homosexual o qué?

—Soy bastante normal.

MEMORÁNDUM DE CONFORMIDAD

1. Yo..., estando en pleno uso de mis facultades mentales, transfiero todos los derechos de cualquier descubrimiento, artefacto, objeto y cosas de valor de cualquier descripción que pueda encontrar como resultado de una exploración en la que haya empleado una nave o información facilitada a mi persona por las Autoridades de Pórtico, irrevocablemente a las mencionadas Autoridades de Pórtico.

2. Las Autoridades de Pórtico pueden decidir por sí solas la venta, alquiler u otro destino de cualquier artefacto, objeto u otra cosa de valor descubierta durante mis actividades bajo este contrato. Si así lo hacen, se comprometen a pagarme el 50% (cincuenta por ciento) de todos los ingresos obtenidos en tal venta o alquiler, incluyendo los costes de la propia exploración (y también mis propios gastos al venir a Pórtico y los gastos subsiguientes durante mi estancia aquí), y el 10% (diez por ciento) de todos los ingresos subsiguientes cuando los susodichos gastos hayan sido reembolsados. Acepto este pago como remuneración total por todas las obligaciones de cualquier clase que pudieran imponerme las Autoridades de Pórtico, y me comprometo específicamente a no pretender nunca por ninguna razón un pago adicional.

3. Concedo irrevocablemente a las Autoridades de Pórtico todo el poder y la autoridad para tomar decisiones de todas clases respecto a la explotación, venta o alquiler de los derechos de semejantes descubrimientos, incluido el derecho, a la única discreción de las Autoridades de Pórtico, de agrupar mis descubrimientos u otras cosas de valor surgidas bajo este contrato con los de otras personas para fines de explotación, alquiler o venta, en cuyo caso mi parte será la proporción de las ganancias que las Autoridades de Pórtico estimen apropiada; y concedo además a las Autoridades de Pórtico el derecho a no explotar en modo alguno los mencionados descubrimientos o cosas de valor.

4. Eximo a las Autoridades de Pórtico de toda obligación para conmigo en el caso de cualquier daño, accidente o pérdida de cualquier clase que yo pueda sufrir en relación con mis actividades bajo este contrato.

5. En caso de cualquier desavenencia en torno a este Memorándum de Conformidad, estoy de acuerdo en que los términos sean interpretados según las leyes y precedentes del propio Pórtico, y que no sean considerados relevantes en ninguna medida las leyes y precedentes de cualquier otra jurisdicción.

—Da lo mismo. Eso sólo depende de ti, aunque te presentaré a todos mis conocidos; pero te dejaré solo y es mejor que te acostumbres a ello enseguida. ¿Tienes el mapa?

—¿Qué mapa?

—¡Vamos, hombre! Está en el paquete que te han dado.

Abrí los armarios al azar hasta que encontré el sobre. Dentro estaba mi copia de las cláusulas del contrato, un folleto titulado Bienvenido a Pórtico, mi asignación de cuarto, el cuestionario de Sanidad, que debería rellenar antes de la mañana siguiente... y una hoja doblada que, una vez abierta, parecía un esquema de conexiones con nombres.

—Es esto. ¿Puedes localizar el punto donde estás ahora? Recuerda tu número de habitación: Nivel Babe, Cuadrante Este, Túnel Ocho, Habitación Cincuenta y una. Anótalo.

—Ya está anotado aquí, Dane, en mi asignación de cuarto.

—Bueno, pues no lo pierdas. —Dane se llevó la mano a la nuca, se descolgó y resbaló suavemente hasta el suelo—. Vete a dar una vuelta por ahí. Luego nos encontraremos aquí mismo. ¿Hay algo que necesites saber antes de quedarte solo?

Lo pensé, mientras él se impacientaba.

—Verás... ¿te importa que te haga una pregunta personal, Dane? ¿Has salido afuera alguna vez?

—Seis viajes. Muy bien, nos veremos a las dos mil doscientas.

Empujó la puerta flexible, salió al espeso verdor del pasillo y desapareció.

Yo me desplomé —muy suave, muy lentamente —en mi única silla auténtica y traté de hacerme comprender que me hallaba en el Pórtico del universo.

Ignoro si sabré explicar cómo vi el universo desde Pórtico; era como ser joven con un Certificado Médico Completo. Como un menú del mejor restaurante del mundo, cuando otra persona va a pagar la cuenta. Como una chica a quien acabas de conocer y a la que has caído bien. Como un regalo sin abrir.

Las cosas que primero te impresionan en Pórtico son la pequeñez de los túneles, que aún parecen más pequeños de lo que son porque están bordeados de una especie de macetas con plantas; el vértigo de la escasa gravedad y el hedor. Pórtico se va conociendo poco a poco. No hay manera de abarcarlo todo con una mirada; no es más que un laberinto de túneles en la roca. Ni siquiera estoy seguro de que los hayan explorado todos. Lo cierto es que hay muchos kilómetros por donde nunca pasa nadie, o con muy poca frecuencia.

Así es como eran los Heechees. Se quedaron con el asteroide, lo recubrieron todo con metal de tabique, excavaron túneles, los llenaron con sus posesiones; la mayoría estaban vacíos cuando llegamos, vacíos como todo cuanto perteneció a los Heechees a lo largo y ancho del universo. Y entonces lo abandonaron, por la razón que fuese.

Lo que más se parece a un punto central en Pórtico es la Ciudad de Heechee. Se trata de una cueva en forma de huso situada cerca del centro geométrico del asteroide. Dicen que cuando los Heechees construyeron Pórtico vivían allí. Nosotros, los nuevos visitantes de la Tierra, también vivimos allí al principio. (Y otros. Una nave de Venus llegó justo antes que la nuestra.) Es donde se encuentran los alojamientos de la compañía. Más adelante, si nos enriquecíamos debido a un viaje de prospección, podíamos trasladarnos un poco más cerca de la superficie, donde había algo más de gravedad y menos ruido. Y ante todo, menos fetidez. Unas dos mil personas habían respirado el aire que yo estaba respirando, vaciado el agua que bebía y repartido su sudor por la atmósfera. La mayoría de personas no tardaban en irse, pero los olores continuaban allí.

A mí no me importaba el mal olor. No me importaba nada. Pórtico era mi estupendo billete de lotería para conseguir el Certificado Médico Completo, una casa de nueve habitaciones, un par de niños y un montón de felicidad. Ya había ganado una lotería, y esto me hacía confiar en mis posibilidades de ganar otra.

Todo era emocionante, aunque también bastante sórdido al mismo tiempo. No había mucho lujo a mi alrededor. Por $ 238.575 todo lo que consigues es el transporte hasta Pórtico, diez días de comida, alojamiento y aire, un somero curso de navegación y una invitación a largarte en la primera nave que salga. O en cualquier otra nave. No te obligan a subir a bordo de ninguna.

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