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Authors: Catherine Moore

Tags: #Ciencia ficción,Fantasía

Northwest Smith

 

«Cuando abrió nuevamente los ojos, contempló un rostro que parecía salido del infierno. Un rostro de mujer, torcido en una sonrisa diabólica, se inclinaba sobre él... Sus ojos relucían en la oscuridad. Unos colmillos blancos babearon cuando se inclinó sobre su garganta.»

Northwest Smith vive peligrosamente sus aventuras en medio de geometrías de pesadilla que abren puertas a otras dimensiones pobladas de monstruos y mitos primigenios.

C. L. Moore (1911-1987) fue miembro del célebre «Círculo de Lovecraft».

Catherine L. Moore

Northwest Smith

ePUB v1.0

chungalitos
13.06.12

Título original:
Northwest Smith, 1933-1940

Catherine L. Moore, 1933-1940.

Traducción: Javier Martín Lalanda

Anaya

Colección Ultima Thule

ePub base v2.0

SHAMBLEAU

El hombre ya había conquistado antes el espacio.

Podéis estar seguros de ello. En algún lugar, antes de los egipcios, en esa oscuridad de donde surgen los ecos de nombres semi-míticos —la Atlántida, Mu—, en algún tiempo anterior a los primeros balbuceos de la Historia tuvo que existir una era en que la humanidad, al igual que hoy nosotros, construía ciudades de acero para albergar navíos que viajaban hasta las estrellas, y conocía los hombres que los planetas tenían en su lengua nativa —oía a la gente de Venus llamar a su mundo húmedo Sha-ardol, en aquel lenguaje suave, dulce y balbuciente, e imitaba el Lakkdiz gutural de Marte, propio de los rudos dialectos de los habitantes de sus Tierras Áridas. Podéis estar seguros de ello. El hombre ya había conquistado antes el espacio, y, como resultado de aquella conquista, aún resuenan tímidos ecos, sí tímidos, a través de un mundo que ha olvidado el hecho innegable de una civilización que debió de ser tan poderosa como la nuestra. Hay demasiados mitos y leyendas para que lo pongamos en duda. El mito de la Medusa, por ejemplo, jamás hubiera podido brotar del suelo de la Tierra. Ese cuento de la Gorgona de cabellera de serpientes, cuya mirada convertía a quien la contemplaba en piedra, jamás pudo provenir de una criatura nacida en la Tierra. Y los antiguos griegos que nos narraron su historia debieron recordar, de forma imprecisa y sin creérselo del todo, un cuento de la antigüedad que hablaba de un ser extraño proveniente de alguno de los lejanos planetas, hollado antaño por sus más remotos antepasados.

—¡Shambleau! ¡Ah… Shambleau!

La salvaje histeria de la muchedumbre retumbaba de una pared a otra, en las estrechas calles de Lakkdarol, y el atronar de pesadas botas sobre el pavimento de lava rojiza producía un ominoso contrapunto en aquel estruendoso griterío.

—¡Shambleau! ¡Shambleau!

Northwest Smith lo oyó acercarse y, de un salto, penetró en el portal más cercano, llevando una mano desconfiada a la culata de su pistola térmica y entrecerrando sus ojos pálidos. Los ruidos extraños eran bastante corrientes en las calles de la última colonia terrestre que quedaba en Marte, una pequeña ciudad ruda y de color rojo, donde todo podía suceder y, muy frecuentemente, sucedía. Pero Northwest Smith, cuyo nombre es conocido y respetado en todas las tabernas y puestos avanzados de una docena de planetas sin ley, era un hombre cauto, a pesar de su reputación. Apoyó la espalda contra la pared, empuñó su pistola y escuchó el griterío creciente que se iba aproximando.

Entonces relampagueó en su campo visual una figura roja que corría como una liebre perseguida, zigzagueando de un abrigo a otro en la estrecha calle. Era una joven…, una joven de color de las bayas oscuras, con un vestido destrozado de color escarlata que hacía daño a los ojos, por lo intenso. Como corría con dificultad, pudo oír desde su abrigo su resuello vacilante. Cuando pudo verla claramente, observó que dudaba, se apoyaba en la pared con una mano y miraba asustada a su alrededor, en busca de refugio. No debía de haberle visto a él entre las sombras del portal, pues cuando el griterío de la muchedumbre se hizo más fuerte y el pataleo de sus pies sonó a la vuelta de la esquina, ella dio un pequeño suspiro desesperado y se lanzó hacia el hueco, a su mismísimo lado. Cuando vio que estaba allí, de pie, alto y vestido de cuero marrón oscuro, con la mano apoyada en la culata de su pistola lanzó un sollozo inarticulado y se derrumbó a sus pies, en una confusión de deslumbrante escarlata y de miembros morenos y desnudos.

Smith no había visto su rostro, pero era una mujer, maravillosamente torneada y en peligro; por eso, aunque no tuviera la reputación de ser un hombre caballeroso, algo en aquella abandonada confusión que yacía a sus pies pulsó la cuerda del afecto que en todo terrestre vibra por el oprimido. Ello explica que la condujera con todo cuidado hasta el rincón que quedaba a su espalda y desenfundara la pistola, en el preciso momento en que el primero de la muchedumbre que llegaba a la carrera doblaba la esquina.

Era una muchedumbre abigarrada, formada por terrestres, marcianos y un puñado de hombres de los pantanos venusianos y de los extraños e innombrables ciudadanos de planetas innominados…, el típico populacho de Lakkdarol. Cuando el primero dobló la esquina y vio la calle vacía que se abría ante él, los demás vacilaron en su avance y la mayor parte se dispersaron y comenzaron a registrar los portales a ambos lados de la calle.

—¿Buscáis a alguien? —la sardónica pregunta de Smith sonó clara, por encima del clamor de la muchedumbre.

Se volvieron. El griterío murió durante un momento mientras comprendían el sentido de la escena que se desarrollaba ante ellos: aquel terrestre alto, vestido con el traje de cuero de quienes viajan por el espacio, que había tomado un color amarronado debido al ardor de los soles salvajes, en contraste con la siniestra palidez de unos ojos incoloros sobre un rostro decidido, surcado de cicatrices, y que con mano firme empuñaba una pistola, mientras mantenía tras de sí a la joven de escarlata, agazapada, palpitante.

El cabecilla de la banda —un corpulento terrestre, con uniforme de cuero hecho jirones del que había sido arrancada la insignia de la Patrulla— se quedó mirándolos fijamente durante un momento, y una extraña expresión de incredulidad que apareció en su rostro sustituyó a la salvaje exultación de la caza. Luego, lanzó un profundo bramido:

—¡Shambleau!

Y se precipitó hacia delante. Tras él, la muchedumbre repitió el grito:

—¡Shambleau! ¡Shambleau! ¡Shambleau!

Y se apresuró a seguirle.

Apoyado indolentemente contra la pared, con los brazos cruzados y la mano que empuñaba la pistola descansando sobre su antebrazo izquierdo, Smith parecía incapaz de cualquier movimiento rápido. Sin embargo, al primer paso hacia delante que dio el cabecilla, la pistola describió un semicírculo bien ensayado y el relámpago de calor blanco-azulado que brotó de su boca dibujó un arco y chamuscó el pavimento de lava que se hallaba cerca de sus pies. Era aquél un gesto muy antiguo, y ninguno de los hombres del gentío lo ignoró. Los que iban en cabeza retrocedieron rápidamente, atropellando a quienes venían detrás, y, durante un momento, hubo confusión, mientras las dos oleadas se encontraban y se debatían entre sí. La boca de Smith se curvó en un rictus siniestro mientras esperaba. El hombre con el mutilado uniforme de la Patrulla alzó un puño amenazante y se acercó hasta el borde mismo de la acera, mientras la muchedumbre oscilaba a uno y otro lado, detrás de él.

—¿Vais a cruzar esa línea? —preguntó Smith, con una voz ominosamente dulce.

—¡Queremos a esa chica!

—¡Venid y lleváosla!

Temerario, Smith se rió en su rostro. Sentía el peligro, pero su desafío no era un gesto tan alocado como parecía. Experto psicólogo de masas con larga experiencia, no olfateaba el asesinato. Nadie de la multitud había sacado una pistola. Querían a la chica como resultado de una inexplicable sed de sangre que él no conseguía comprender, pero su furia no iba dirigida hacia él. Podía esperar algún maltrato, pero su vida no corría peligro. Si las pistolas hubieran tenido que salir a relucir ya hubiesen aparecido. Por eso esbozó una sonrisa ante el airado rostro del hombre y se apoyó indolentemente contra la pared.

Detrás de quien se había autoerigido en su jefe, la muchedumbre se agitaba impacientemente, y las voces amenazantes comenzaron a alzarse de nuevo. Smith oyó a la joven gemir a sus pies.

—¿Qué queréis de ella? —inquirió.

—¡Es una Shambleau! ¡Una Shambleau, loco! ¡Échala a patadas de ahí…! ¡Nosotros nos ocuparemos de ella!

—Ya me estoy ocupando yo de ella —dijo Smith, arrastrando las palabras.

—¡Es una Shambleau, ya te lo de dicho! ¡Malditas sean tus tripas, tío, nunca dejamos que sigan viviendo esas cosas! ¡Échala a patadas de ahí!

Aquel nombre repetido con insistencia no significaba nada para él, pero la innata terquedad de Smith creció desafiante cuando la muchedumbre llegó al mismísimo arco del portal y su clamor se hizo más fuerte:

—¡Shambleau! ¡Échala a patadas de ahí! ¡Entréganos a la Shambleau! ¡La Shambleau!

Smith abandonó su postura indolente como el que se quita una capa y, sólidamente plantado sobre ambos pies, hizo oscilar amenazante su pistola.

—¡Atrás! —exclamó—. ¡Es mía! ¡Atrás!

No tenía intención de usar su rayo térmico. Por aquel entonces ya sabía que no le matarían a menos que comenzase a disparar él primero, y no tenía intención de dar su vida por ninguna mujer. Pero como esperaba una dura contienda, se preparó inconscientemente cuando la chusma comenzó a agitarse.

Para su extrañeza sucedió, entonces, algo que no le había ocurrido antes. A su grito de desafío, quienes iban en cabeza de la muchedumbre —los que le habían oído claramente— retrocedieron levemente, no asustados, sino, evidentemente, sorprendidos. El ex patrullero dijo:

—¡Tuya! ¿Es tuya? —y, en su voz, la extrañeza ocupó el lugar de la cólera.

Smith dejó a su espalda —sus piernas estaban enfundadas en botas— la figura que seguía echada y blandió su pistola.

—Sí —dijo—. ¡Y yo la guardo! ¡Apartaos, atrás!

El hombre se quedó mirándole fijamente, sin decir palabra, y el horror, el disgusto y la incredulidad se mezclaron en su rostro curtido por la intemperie. La incredulidad triunfó durante un momento, y volvió a repetir:

—¡Tuya!

Smith asintió, con aire de desafío.

El hombre retrocedió súbitamente, con un desprecio indecible en toda su actitud. Hizo un gesto con el brazo a la muchedumbre y dijo en voz alta:

—¡Es… suya!

Y la muchedumbre se apartó, quedó silenciosa, y la mirada de desprecio se extendió en todos los rostros.

El ex patrullero escupió sobre el pavimento de lava de la calle y le dio la espalda, indiferente.

—Guárdala, entonces —dijo escuetamente, mirando por encima del hombro—. ¡Pero no la dejes suelta nunca más en esta ciudad!

Smith se quedó mirando fijamente, perplejo, casi con la boca abierta, a la muchedumbre, cuando ésta, de repente burlona, comenzó a disgregarse. La cabeza le daba vueltas. No podía creer que tanta animosidad de sed de sangre pudiera desvanecerse en un suspiro. Y la curiosa mezcla de contento y de disgusto que vio en aquellos rostros le desconcertó aún más. Lakkdarol podía ser cualquier cosa, menos una ciudad puritana… Ni siquiera por un momento se le había pasado por la imaginación que reclamar como suya a la joven morena pudiera causar tan extraña e incomprensible repulsión en aquella muchedumbre. No, se trataba de algo mucho más profundamente arraigado que todo eso. El disgusto instintivo e instantáneo que había observado en aquellos rostros… hubiera sido menos evidente si él se hubiera declarado caníbal o practicante del culto a Pharol.

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