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Authors: Don Winslow

Tags: #Policíaco

Muerte y vida de Bobby Z

 

Cuando Tim Kearney, un delincuente de poca monta, le corta el cuello a un motorista de la peña de los Ángeles del infierno y se gana una perpetua en una cárcel llena de colegas del difunto, sabe que es hombre muerto. Hasta el día en que la DEA le hace una jugosa propuesta: la libertad a cambio de suplantar al legendario traficante de drogas Bobby Z y de ser la moneda de cambio que permita a la agencia recuperar a uno de sus agentes. Pero algo sale mal y Tim tiene que huir a través del desierto en la frontera entre EE.UU. y México. Pisándole los talones van el FBI, un enjambre de motoristas, señores de la droga e indios americanos expertos en rastros.

En su nueva novela, el autor de
El poder del perro
vuelve a hablar de lo que mejor conoce, el narcotráfico.

Don Winslow

Muerte y vida
de Bobby Z

ePUB v1.2

GONZALEZ
04.07.12

Título original:
Death and Life of Bobby Z

Traducción de Eduardo G. Murillo

© 1997, Don Winslow

D
OBLE O NADA

por Rodrigo Fresán

UNO
Desde el principio de los tiempos, la figura del doble —las narraciones sobre el doble— gravitan sobre nosotros y nos miran mirarlas.

Así, en inmemoriales textos religiosos y leyendas, el Bien y El Mal son hermanos siameses de polaridades opuestas pero tan indivisibles como complementarios.

Y Jano, claro.

Y la conflictiva doble personalidad de los súper-héroes, esa reescritura de divinidades clásicas y atormentadas que a menudo nos salvan pero que, en más de una ocasión, no pueden salvarse a ellos mismos.

Y, ya en los terrenos de la ficción, los dobles de E.T.A. Hoffmann y el doble de Fiódor Dostoievski. Las fantasmales hembras victorianas de
La dama de blanco
de Wilkie Collins o la otra Eliza Dolittle en
My Fair Lady
. El «William Wilson» de E. A. Poe y el 2 X 1 de Jekyll & Hyde, los perversos ginecólogos mellizos en
Inseparables
de David Cronenberg. Los magos duplicantes en
El prestigio
y los duelistas de Joseph Conrad, y el otro Jorge Luis Borges de Jorge Luis Borges (quien, junto a su socio perfecto Adolfo Bioy Casares supo convertirse en Honorio Bustos Domecq) y el pseudónimo ultraviolento en
La mitad oscura
de Stephen King, quien alguna vez tecleó en la máquina de Richard Bachman. Los aliens que nos copian al detalle en
La invasión de los ladrones de cuerpos
. El Terry Lennox devenido en Cisco Maioranos al final de
El largo
adiós
de Raymond Chandler. Aquel delirio de John Woo en el que John Travolta y Nicolas Cage intercambiaban rasgos. El eterno combate entre Sherlock Holmes y el profesor Moriarty que, para muchos, siempre fueron la misma persona aburrida y necesitada de un rival a su altura...

... y seguro de que me olvido de tantos otros otros.

La idea del doble —las tramas con doble— nos inquietan y nos atraen porque, en realidad, más allá de los vericuetos de un argumento que se muerde la propia cola, de lo que en realidad nos hablan y susurran, siempre, es de ese tema tabú, de esa sombra a cuyos pies vamos pegados: la esquiva pero palpable figura de quién querríamos ser, quién podríamos haber sido, quien renunciamos a ser, quien nunca seremos. Y no olvidar que la película de mayor éxito de todos los tiempos,
Avatar
, se ocupa de lo que nos sucede cuando nos convertimos en otro sin dejar de ser uno pero, eso sí, tiñéndonos de un precioso y computarizado azul digital.

Ser o no ser o ser otro sin dejar de ser uno mismo, esa es la cuestión. Eso es en lo que pensamos todas las mañanas cuando nos miramos al espejo, vemos allí esa cara tan familiar y tan extraña y —como el George Bailey de aquella película— nos preguntamos cómo es que llegamos allí. Y —por las dudas, es bueno saberlo, tal vez un día vayamos a necesitar la llave de esa puerta— dónde queda la salida.

DOS
Pero una de las variantes más fértiles del doble o nada son esas novelas o películas donde alguien es suplantado por alguien que se le parece demasiado con/para fines más bien cuestionables. La mentira, el engaño, la tramoya, el plan arriesgado pero (si sale bien) salvador siempre son parte del perfil del doble.

Entonces, la ficción coquetea con la realidad para que, enseguida, la realidad imite a la ficción y proponga intrigas donde de lo que siempre se trata es de la alteración de la Historia previa modificación de la historia. De mover los hilos que mueven los poderosos para hacerles comprender que, también, esos hilos los mueven a ellos. Sí: se puede ser grande o pequeño pero siempre se será un títere. Lo único que cambia es el tamaño del escenario del teatro de marionetas.

Así, los célebres dobles de Josef Stalin o de Saddam Hussein o de Paul McCartney o de Sarah Palin según la comediante Tina Fey no son más que el reflejo espejado de las páginas y pantallas de
El hombre de la máscara de hierro
de Alexandre Dumas,
Príncipe y mendigo
de Mark Twain,
El prisionero de Zenda
de Anthony Hope (las lecturas juveniles abundan en dobles tal vez porque es la época más sanamente psicótica de nuestras vidas), del doble de Ramsés XIII en
Faraón
de Jerzy Kawalerowicz, el doble frankcapriano del presidente estadounidense en
Dave, presidente por un día
de Ivan Reitman, de la pretendiente a zarina en
Anastasia
, del doble de Churchill en
Ha llegado el águila
de Jack Higgins, del doble de Hitler en
Ser o no ser
de Ernst Lubitsch o en
El gran dictador
de Charles Chaplin. O todos esos que testifican y desaparecen al ser
doblados
cortesía del programa de protección de testigos del FBI (que los paranoicos-conspirativos aseguran que no existe, que una vez utilizado el sujeto no se le da nuevo rostro e identidad y vida sino, simplemente, se lo «neutraliza» para siempre).

Y —ya acercándonos al tema de hoy— de aquel humilde y supuestamente inofensivo lustrador de zapatos de nombre Gino que, en
Las cosas cambian
de David Mamet, es idéntico a un poderoso capo de la mafia, ¿se acuerdan?

TRES
Lo que nos lleva a
Muerte y vida de Bobby Z
y a ese momento en que un agente de la DEA llamado Tad Gruzsa le informa al presidiario Tim Kearney (condenado a cadena perpetua por degollar de manera más bien poco ortodoxa a un colosal Ángel del Infierno y ahora recluido en una prisión donde lo que sobran son Ángeles del Infierno más que preparados para vengar al compañero caído) que es igualito a un tal Bobby Z, Señor de la Droga mexicano, Big Cartelero.

Y que un tal Don Huertero —nombre casi mágico-realista, pero de magia bien negra y oscura; aquí no hay personajes que vuelen pero sí son varios los que vuelan por los aires cuando Don Huertero así lo dispone— tiene cautivo a otro agente de la DEA. Y Don Huertero está dispuesto a canjearlo por Bobby Z, célebre contrabandista y alguna vez
carnal
suyo. Pero, atención, Don Huertero quiere vivo a Bobby Z para —ínfimo pero decisivo detalle, letra pequeña en el contrato, cláusula clave— tener el placer personal no de recibirlo con fiesta y mariachi y piñata sino de convertirlo en piñata humana. Léase: matarlo bien muerto y lentamente. El problema, claro, es que el verdadero Bobby Z ya está muerto. Pero, como ya se dijo, Kearney es su virtual doble. Así que —como decía esa voz en la grabadora de
Misión: Imposible
— «su misión, si decide aceptarla...».

Y ya saben cómo sigue. Pero no.

CUATRO
Porque una de las virtudes de
Muerte y vida de Bobby Z
es su capacidad para sorprender a cada vuelta de página y de carretera del sur de California y norte de México. Su indisimulable placer en desconcertarnos con cada giro y curva peligrosa de personaje donde, enseguida, destaca la fatal novia de Bobby Z y su hijo de seis años y variadas y siempre listas a la hora de ladrar y morder jaurías de motociclistas, indios, policías, guardaespaldas con cuentas pendientes no sólo con Bobby Z sino, también, con Tim Kearney.

Y tras los pasos de Tim/Bobby va, también, el lector en uno de esos libros que se leen entre carcajadas y temblores. Y más carcajadas. Porque, por encima de todo,
Muerte y vida de Bobby Z
es un libro muy pero muy divertido.

Muerte y vida de Bobby Z
—nada es casual, se trata de una novela de preso que ya no quiere serlo— es, además, el libro que, en 1997 y ya con varios títulos en su haber (incluyendo la serie del detective Neal Carey), liberó a Don Winslow.
Muerte y vida de Bobby Z
sacó a Winslow de una sucesión de múltiples trabajos —entre los que figuraban el de detective y guía de safari— para concentrarlo en la escritura
[1]
. Cuenta Winslow (Nueva York, 1953) que escribió
Muerte y vida de Bobby Z
—título que le significaría un contrato a largo plazo con la prestigiosa editorial Knopf— yendo y viniendo en el tren suburbano Metrolink, día tras día, entre las estaciones de San Juan Capistrano y el centro de Los Ángeles: «Yo siempre quise ser escritor antes que nada. Me ganaba la vida como investigador privado; pero en esas largas sesiones de vigilar a un sospechoso dentro de un automóvil, yo leía y estudiaba a Raymond Chandler y a John D. MacDonald y a Robert Parker. De ellos aprendí que la intriga es importante. Pero igualmente importantes son el estilo de la escritura y el tratamiento de los personajes... En realidad, el personaje lo es todo para mí. Si al lector no le importa o no se preocupa por el personaje, entonces mucho menos va a preocuparle lo que vaya a sucederle. La trama no me interesa tanto, pero sí me interesa cómo organizarla alrededor de los personajes. Una vez que descubres quiénes son ellos, su historia se cuenta sola... Con
Muerte y vida de Bobby Z
supe que había alcanzado nuevas alturas, un nuevo comienzo. Hasta entonces, yo ya empezaba a pensar que mi carrera de escritor estaba terminada. Me ocupaba de casos del tipo legal. Mucha burocracia, poca emoción. Y empecé a escribirla mientras iba y venía del trabajo en tren. Fue entonces cuando descubrí que era mucho más divertido escribir en el tren que leer en el tren. Escribía un capítulo de ida y un capítulo de vuelta. Y encaré la redacción del libro con una actitud cercana a las artes marciales. Ya sabes, aquello de "¿Cómo hacer para tallar a golpes un elefante en un bloque de madera". Sencillo: sacas a golpes todo lo que no hay de elefante en ese bloque de madera».

CINCO
Y, sí, abundan los golpes en
Muerte y vida de Bobby Z
y —tal vez beneficio de su génesis ferrocarrilera— todo parece, siempre, a punto de descarrilar. Don Huertero es, por supuesto, el furioso e imparable elefante de la cuestión.

Muerte y vida de Bobby Z
resulta, también, especialmente especial dentro de la obra de Don Winslow quien aquí contradice e invierte los términos de aquel
dictum
de Charles Marx: y es que, a veces, la historia puede ser primero comedia y luego tragedia. Porque
Muerte y vida de Bobby Z
es —por encima y por debajo de todo— una comedia.
Vaudeville
feroz y
slapstick
sangriento que, por momentos, evoca esas persecuciones locas de los Keystone Kops con la diferencia de que, aquí, el que se cae ya no suele levantarse.

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