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Authors: Cesar Antonio Molina

Tags: #Relato, Viajes

Lugares donde se calma el dolor

 

¿Existen lugares donde estamos libres del dolor, lugares donde no nos puede alcanzar la muerte? Acercarnos a ellos es entrar en contacto con espacios donde el tiempo se detiene a la manera de una especie de limbo a salvo de todo. Puntos de la tierra donde dialogamos con nuestro pasado y los viejos maestros. A lo largo de la historia de la literatura muchos escritores en sus obras han hablado de la fascinación y magia de estos enclaves, a veces de una manera secreta. El autor de este libro los rastrea de una forma original y apasionante. La búsqueda se inicia en una de las zonas más bellas y míticas del mundo, la colina de Posillipo (el lugar que calma el dolor), frente a la bahía de Nápoles, junto a Cumas, donde desembarcó el Eneas de Virgilio, y el Averno. Luego continúa a lo largo de varios continentes. Es éste un libro inusual y cautivador. Enseña a mirar, a vivir con intensidad, con sentido de lo intemporal y perdurable.

César Antonio Molina

Lugares donde se calma el dolor

ePUB v1.0

Mezki
01.06.12

Título original:
Lugares donde se calma el dolor

César Antonio Molina, octubre-2009.

Editor original: Mezki (v1.0)

ePub base v2.0

«Admiramos ciertos lugares; otros nos conmueven y desearíamos vivir en ellos. Me parece que dependemos de los lugares en lo que atañe al espíritu, el humor, la pasión, el gusto y los sentimientos.»

L
A BRUYÈRE

Posillipo (Nápoles)

«Farewell, land of love, Italy, / Sister-land of Paradise…», «Adiós Italia, tierra del amor, / pueblo hermanado con el Paraíso, / con mis pies vacilantes te he pisado, / te he mirado con ojos asombrados / y te tengo presente, aunque me olvides, / muy viva en mi memoria», escribe Cristina Rossetti en el poema titulado «En camino». Yo busco el Parque Virgiliano que se extiende detrás de la iglesia de Santa Maria di Piedigrotta en Mergellina. Allí están, a los pies de la colina de Posillipo, la cueva de Virgilio, su propia tumba y también la de Leopardi. La galería se excavó en el siglo I a. C. para ir de Nápoles a Pozzuoli y a los Campos Flégreos, la tierra quemada, la tierra de fuego por donde corrían las aguas termales calentadas por el Vesubio. Esta obra de ingeniería se llevó a cabo motivada por la guerra civil en Roma. Según Estrabón, los trabajos fueron dirigidos por el arquitecto romano Lucio Cocceios Auctus. Los romanos se hicieron construir sus villas en este alto promontorio. La mayor de estas mansiones tenía por nombre
Pausilypon
, «el lugar que calma el dolor», pues un bálsamo era la vista virginal de la bahía de Nápoles que ofrecía. Ahora está poblada de casas por doquier. La colina tomó luego como denominación general ese mismo nombre. El dueño del
Pausilypon
, Publios Veidios Polión, tuvo una amistad tempestuosa con Augusto. Cuando murió se la dejó al emperador a condición de que fomentara su fama póstuma. Augusto no sólo incumplió la promesa, sino que se incautó del palacio y lo incluyó en el conjunto de las villas imperiales del golfo. Cerca están las ruinas de un gran teatro, así como restos de lo que fue un larguísimo acueducto.

Por la Discesa Coroglio se entra en la Gruta de Sejano. En realidad está bajo lo que se conoce como Parque Virgiliano, un lugar distinto a la Crypta Neapolitana. El parque es un impresionante mirador sobre toda la extensa bahía de Nápoles. La gruta se excavó para tener un camino más recto de llegada a la mansión. Es casi un kilómetro de túnel, gran parte del cual está trazado en una línea recta perfecta, luego hace una pequeña curva y continúa de nuevo hasta el final. Así se llegaba más rápido y más fácilmente, evitando la escalada por la montaña. La obra de ingeniería es fabulosa. Caída Roma, el túnel perdió su función y fueron siglos después los Borbones quienes rehabilitaron este paso marítimo. Hoy está iluminado por la luz eléctrica y da menos respeto atravesarlo, pero sigue impresionando de la misma manera. Al final hay otro camino que nos conduce hacia los amplios espacios en donde estaban las casas. Aún se ven gran cantidad de ruinas, mosaicos y pinturas. Hay un gran teatro sobre el cual se pretendió alzar una casa y hoy ella misma forma parte del conjunto desolado. También se puede contemplar otro teatro más pequeño y cubierto. La vista del mar es impresionante: los acantilados, las pequeñas bahías y playas. Realmente pocos lugares de tanta placidez he visto en el mundo. La naturaleza, ahora salvaje, debió ser muy productiva entonces. Lo excavado es mucho, pero aún se percibe que lo que se oculta bajo los pinos es todavía más. Por uno de los muchos caminos que siguen la línea de costa, veo La Gaiola, la Jaula, una pequeña isla preciosa a pocos metros de tierra firme, rodeada de bañistas.

Durante muchos siglos la cripta estuvo en manos privadas. En el año 1930 el estudioso Eurico Cocchia promovió la rehabilitación (una primera la llevó a cabo Alfonso de Aragón en el año 1455) y su apertura al público. La forma primitiva fue modificada, así como el ingreso a la Crypta Neapolitana. En el año 1939, en pleno régimen mussoliniano, fueron trasladadas aquí las cenizas de Leopardi desde la iglesia de San Vitale en Fuorigrotta.

Atravieso la puerta principal y un guarda, oculto en una caseta, me da la bienvenida y me invita a continuar. Hasta la tumba de Virgilio todo es ascensión. La primera parte del camino nos conduce ante dos amplios mármoles blancos colgados de una gran pared. Tienen inscritas largas leyendas sobre la historia de este lugar. Fueron colocados por el virrey español Pedro Antonio de Aragón con motivo de las reformas de los baños que hizo al otro lado de la Crypta Neapolitana. Al girar, para continuar en paralelo la subida, en un pequeño nicho, hay un busto del propio Virgilio. Representa a un muchacho joven lleno de vida. Le falta media nariz y, sin embargo, eso no le afea el rostro. El autor de la
Eneida
murió en el año 19 a. C. en Brindisi. Según la tradición fue transportado a Nápoles y enterrado allí. Contaba con cuarenta y nueve años. También hay otra leyenda medieval según la cual san Pablo lloró ante este lugar e hizo el siguiente comentario: «Si yo te hubiera conocido en la vida, / ¡cuánto te habría reverenciado, / a ti que eres el ornato de todos los poetas!». Voy tomando altura y diviso ya el túnel del tren y la estación de Mergellina. La ida y venida de los convoyes es el único ruido. Espanta la paz del jardín, que no ha dejado de ser campo. Hay un libro citado por Chateaubriand en sus
Memorias de ultratumba
que me gustaría leer. Lleva un título muy sugestivo:
Viaje por el escenario de los seis últimos libros de la Eneida
. El autor es un tal Bonstetten y fue publicado en el año 1804, en Ginebra. El mismo escritor francés debió utilizarlo como guía. Hoy a mí me valdría más como libro de ficción. Gran parte de lo que él vio le sería irreconocible. Pero no así los elementos esenciales que componen esta hierofanía: gruta y tumbas. «¡Qué placer leer a Virgilio bajo el cielo de Eneas y, por así decirlo, en presencia de los dioses de Homero!». Desde donde estoy, Chateaubriand y poco tiempo antes Bonstetten, sólo veían el mar, bosques arrasados por la acción del hombre y la naturaleza, grandes campos y praderas y «ni sombra de habitantes». Esta visión idílica ha desaparecido, aunque nada puede acabar con la grandiosidad de ese mar de añil y la montaña volcánica, protectora y amenazante a la vez. Casas y casas ocupan el paisaje. Casas y casas ocupan los campos donde Virgilio situó el Elíseo. Qué dirían hoy de esta contemplación Horacio, Tito Livio, Boccaccio o Sannazaro, ilustres vecinos de otras épocas. «Italia fue, durante siglos, la Amazonia del mundo Mediterráneo. En aquel entonces no había sobre el suelo itálico naranjos ni olivares ni limoneros ni vides, sino robles y hayas, tan gigantescos que los griegos se jactaban de su tamaño: bosques de Brucio, plagados de fieras; bosques profundos de Benevento, que impedían el paso a los soldados de Pirro; vastos encinares de la Galia Cisalpina, donde pastaban hordas de jabalíes y de puercos semisalvajes, aún grises, y delimitados por olmos y castaños. Estos bosques han desaparecido. Sólo los mitos y los hombres nos permiten todavía adivinar el universo donde vivían los habitantes de la antigua Roma…», escribe el narrador francés Pascal Quignard en su magnífico ensayo
El sexo y el espanto
. «Un camino serpenteaba por el Posillipo, por cuyas laderas había pasado yo en 1803 para ir a informarme sobre el lugar de retiro de Escipión.» Le serpenteaba entonces la vereda a Chateaubriand y ahora a mí. En el segundo giro me topo con un alto cipo. Lleva inscrito el nombre de Leopardi. El poeta murió un catorce de junio de 1837, a causa del cólera. Virgilio-Leopardi. El tiempo los separa. Sin embargo, qué cercanas sus obras, que contemporáneas de mí mismo. En la Biblioteca Nacional de Nápoles, en el Palacio Real, donde antes estaba el ala de festejos, el filósofo Benedetto Croce, siendo ministro de Educación en el año 1922, extendió allí la biblioteca. Ahora es una de las mejores de Italia. Allí pude admirar el manuscrito de uno de los más grandes poemas que se hayan escrito nunca, «L'infinito».
«Sempre caro mi fu quest'ermo colle»
, «Siempre me fue caro este yermo collado», dice el primer verso. Podría referirse a este mismo lugar, aunque es a su ciudad natal de Recanati a quien nombra. Y ya al final de este largo e intenso poema, añade:
«E il naufragar m'é dolce in questo mare»
, «Y el naufragar me es dulce en este mar». ¿Quizá fue este mismo mar el que él vio por última vez? Impresiona la altura del cipo levantado sobre una elevación de la tierra. Detrás del mismo hay una gruta cuyo fondo es perceptible. El camino vuelve a empinarse hasta llegar a la Gruta de Virgilio. La entrada se abre como una gran hendidura en la colina de Posillipo. Por aquí pasaba la Via Puteolana. En un cuadro de Pietro Fabris titulado
La entrada a la Gruta de Posillipo
, pintado a finales del siglo XVIII, un carro de bueyes cargado con productos del campo, así como otros viandantes, salen de esa boca oscura. Fue José Napoleón quien iluminó permanentemente este antro. El de la sibila se percibe desde aquí, en Cumas, «la ciudad de los lagos divinos, del ruidoso Averno, de sus bosques, verás a una profetisa delirando que canta los destinos bajo la profunda roca…», escribe Virgilio. Pero la luz que siempre la iluminó y la ilumina es la de los rayos del sol. Dos días al año, a finales de octubre y a finales de febrero, el sol poniente la cruzaba de parte a parte. Ahora difícilmente lo podrá hacer, pues una mampara cubre la mitad de la gran altura, impidiendo no sólo el paso de la luz sino también el de los visitantes.

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