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Authors: Alfonso Ussia

Tags: #Humor

Lo que Dios ha unido, que no lo separe Mamá

 

Cristián Ildefonso, marqués de Sotoancho, ya es libre. Ha ‘despachado’ a Mamá y al cura, y se ha desbocado. No está mal tras 62 años de sometimiento materno, tan entero que podría pasar por castrado, y tan inexperto en las artes amatorias que necesita recurrir a un ‘spray mágico’ para conseguir el beso deseado. Susú se ha convertido en un ‘potro relinchón’, un ‘tiburón’ sexual, cuyos ardores traen en jaque a Mamá, tan recatada siempre.

Alfonso Ussía

Lo que Dios ha unido, que no lo separe Mamá

Memorias del marqués de Sotoancho - 3

ePUB v1.0

Mezki
15.06.12

Título original:
Lo que Dios ha unido, que no lo separe Mamá

Alfonso Ussía, mayo 2000.

Ilustraciones: Barca

Diseño/retoque portada: Barca

Editor original: Mezki

ePub base v2.0

Los personajes se presentan

El marqués de Sotoancho

Me llamo Cristian Ildefonso Laus Deo María de la Regla Ximénez de Andrada y Belvís de los Gazules, Valeria del Guadalén y Hendings. Represento para la Historia y ostento para su gloria y honra tres títulos nobiliarios. Soy el VIII Marqués de Sotoancho, el IV Conde de Buganda de don Fradique y el IX Barón de la Dehesa.

Los títulos suenan bien, pero no son nada del otro mundo, sinceramente. Los de Alba, Medinaceli, Osuna, Infantado y Alburquerque, por poner cinco ejemplos significativos, son algo mejores que los míos.

Nací en Sevilla hace sesenta y dos años, el 12 de febrero de 1938, aunque no me hubiera importado hacerlo en Jerez de la Frontera, cuna de mi madre. La razón no es otra que el carácter biprovincial de nuestra familia. La Jaralera, que es nuestra casa y campo, y que posteriormente intentaré dibujar con dos pinceladas verbales, se sitúa entre las provincias de Cádiz y Sevilla, hasta tal punto, que el comedor de nuestra casa marca la línea imaginaria entre ambos territorios, de tal modo que una cabecera de la mesa está en Sevilla y la otra en Cádiz. Eso no lo tienen ni los Alba, ni los Medinaceli, ni los Osuna, ni los Infantado ni los Alburquerque… ni los mismísimos Reyes de España.

Mi padre, ya fallecido, era un tipo brusco y estupendo, con un carácter vitalista que nada me asemeja a él. Fue amigo de Fernando Villalón, el poeta de las Marismas, marqués de Miraflores de los Ángeles y, como el poeta, también fue garrochista, jinete, bronco, agreste, cortés, elegante y gran señor del campo. Se llamaba Ildefonso Gonzalo del Prendimiento Ximénez de Andrada, Valeria del Guadalén, De Elcano y Mendiluce.

El recuerdo de mi padre en el día de su fallecimiento dio inicio a mis memorias escritas. Cuando murió, yo no había cumplido los dieciséis años, y no comprendí el valor de su presencia perdida hasta que fue agigantándose su figura y su ausencia con el paso del tiempo. Montaba a caballo como un mayoral, se enamoraba de las flores y los árboles, quería a su manera, y era generoso, culto y abierto. Con los años supe que también fue hembrero de cumbre alta, potro cumplidor y fornicador de bragueta fácil y marismeña.

Su tesoro fue siempre su gran biblioteca, que conservo intacta —intacta entre otras razones porque desde su muerte no ha vuelto a entrar ningún libro-, y que está compuesta por más de cinco mil volúmenes encuadernados, y en la que no faltan ni los Maestros del 98, ni los poetas del 27, ni el
Kamasutra.
Para que mi madre no descubriera sus debilidades literarias, encuadernaba los libros con títulos falsos. Así, la primera edición de
Marinero en tierra
de Rafael Alberti, dedicada con gran afecto por su autor a mi padre, anuncia en el lomo:
Stoffenberg. La Cría del Conejo de Granja.
De esta forma, Mamá jamás descubrió su secreto. Porque si mi madre se llega a enterar de la existencia en la biblioteca de casa de obras de poetas del otro lado, arde La Jaralera.

Mi padre murió de un ataque al corazón y de mucha pena. Me temo que mi madre fue poco mujer para sus impulsos de macho apasionado y montante. Aunque cumplir, lo hizo una vez al menos, de cuyo cumplimiento nací yo. Pero no deduzco pasiones rompientes en la relación de ambos. Por ejemplo, mi padre jamás vio a mi madre completamente desnuda. Lo hacían a ciegas, tras desabrocharse ella una trampilla coquetona del camisón.

Cuando yo era niño, vino a casa una
swester
alemana, Fraülein María, un sueño de mujer joven. Tras su obligada marcha —la echó mi madre con cajas destempladas en un ataquito de celos-, a mi padre se le llenaron los ojos de nubes y la voz le salía más ronca del alma. Nunca volvió a ser el mismo hasta que el corazón le estalló en cuajarones de sangre.

Yo soy diferente. Leo y escribo. Me gusta el campo, pero no alcanzo a matizar sus bellezas, como hacía mi padre. Mi mundo se resume en La Jaralera, que es mucho más, muchísimo más que una simple finca. Es una forma de vivir, de entender las relaciones entre los hombres, de pesar sus dichas y penas en una balanza especial y única.

No monto a caballo, porque me da susto. Tampoco he sido hembrero. Tengo un temperamento amable, y si potro fuera, aunque entero habría pasado por castrado. Al día de hoy no he conocido todavía lo que se siente en el fornicio. Mi fortuna personal es incalculable, y mi apego al dinero, también.

Tiro bien. Más a la pluma que al pelo. Una vez al año viajo a Londres para renovar mi vestuario, auténtica maravilla. Las camisas me las encargo en Hogdson amp; Hogdson, los trajes en Bedgson amp; Bedgson, los zapatos en Higgins amp; McDeaver y los sombreros en Fauntleroy amp; Grossom. El resto, calcetines, corbatas, calzoncillos y pijamas los compro en las Burlington Arcades, Jeremey Street o Saville Row. Soy, como Papá y el abuelo, anglófilo y francófobo. Los
kilts
escoceses me los confeccionan en Edimburgo, en concreto en McConnery amp; Mclntosh, que cobran una barbaridad.

Mi mejor amigo —quizá el único— es Tomás, mi mayordomo, aunque manteniendo las distancias precisas y recomendables. Y Gus, mi perrillo mil leches, que me da todo sin pedirme nada.

Me encanta la naturaleza y cada día que paso me acerco más a mi padre en el amor al campo y al jardín. Me intimidan las mujeres. Ya he escrito que no soy de fuchinga altiva, sino más bien meona y resignada, y pocas veces he sentido que algo nuevo entraba en mi cuerpo. Quizá por miedo al pecado mortal que tanto Mamá me recuerda.

Tuve de joven un escarceo con la hija del administrador, pero no lo recuerdo como un episodio triunfal. Y fui novio de una sobrina biznieta del Zar Nicolás II, llamada Olimpia de Bolka-Romanov y Repullés. Pero a ésa, ni un beso. Tanto me obsesionó mi debilidad masculina que una noche contraté a tres guarritas profesionales. El fracaso fue rotundo.

Hasta que un día llegó Marisol a La Jaralera. Vino con su padre, Lucas, el guarda de La Manchona, el cuartel serrano de la finca. A partir de aquel conocimiento cambió mi vida. Ahora comprendo la locura, la depresión, el arranque y los celos. Ella es la luz de mi horizonte, mi amnistía.

Sin salir apenas de casa, mucho he vivido. Aquí hice la Mili, y en mi casa recibo y trato a gentes muy importantes. Porque La Jaralera es un reino. Cubre mi territorio ocho mil hectáreas, cien más, cien menos. Cuenta con sembrado, sierra, dehesa, sotos, un río que lo atraviesa, el Guadalmecín, un lago natural, y un milagro de la naturaleza, la Albariza de los Juncos, un enorme lucio de agua salada que nace sin fundamento alguno entre cañas y junqueras. ¿Doñana? No está mal, pero nada más.

Los Sotoancho mantenemos un contencioso con la Familia Real, al menos por nuestra parte. Cuando la Familia Real tuvo la oportunidad histórica de zanjar las desavenencias mutuas, no lo hizo. Me refiero a las bodas de las Infantas Elena y Cristina, a las que no fuimos invitados ni Mamá ni yo. Y Mamá se hizo una pamela, lo que agrava las cosas.

Yo, como mi padre, soy liberal, y superando los resquemores de nuestro contencioso, me considero satisfecho con el actual sistema y la Monarquía Parlamentaria. Pero Mamá es muy de Franco. Creo en Dios porque me lo han ordenado y no he tenido la oportunidad de pensarlo mucho, trato bien a los que me sirven y rodean, respeto a mi madre con vocación muy declinante y sueño con ser libre. Nunca lo he sido. Y poco a poco, con esfuerzo, artimañas, inteligencia y ayuda, lo voy consiguiendo.

Marquesa viuda de Sotoancho

Me llamo Cristina Victoria Jimena Belvís de los Gazules Hendings, Boisseson y de nuevo Hendings. Por eso tengo tan buena pinta. Soy la marquesa viuda de Sotoancho, madre del actual marqués, mi querido Susú. Y mi edad, a ustedes no les importa.

Mi marido, que en paz descanse y Santa Gloria haya, estaba locamente enamorado de mí. De nuestra unión cristiana nació Cristian Ildefonso. Dicen que tengo un carácter fuerte, pero no es así. Soy tierna y sencilla a más no poder. Quizá un poco autoritaria, lo necesario para llevar con mano firme esta casa y esta finca. Porque mi hijo, que me adora, no está capacitado para hacerlo. Él es el dueño, pero no manda nada.

Creo en Dios y en la Virgen María más que Pirita Ridruejo. Soy católica, apostólica y romana, pero del Concilio de Trente Estoy convencida de que Dios no se equivoca, y por ello defiendo el orden establecido, la diferencia de clases y la superioridad de una raza sobre las demás. La prueba es que ni los chinos, ni los negros ni los pieles rojas tienen misioneros, como nosotros. No obstante, todos los años deposito mi limosna en el día del Domund, y lo hago feliz y contenta.

No me gustan los perros, y creo que las mujeres, en una gran mayoría, son unas pecadoras compulsivas. Por eso vigilo a mi hijo, y hago promesas para que no me lo pierda una marranaza lista. De cualquier forma, entiendo que ha llegado la hora de que se case con el fin de perpetuar nuestra rama familiar. De no hacerlo, todo lo que tenemos, más El Acebuchal de mi primo Juan José, quedaría en manos de parientes indeseables.

He decidido no morirme hasta que mi hijo esté casado con una mujer decente y de buena familia que sepa representar su papel histórico.

Leo lo que hay que leer, rezo de continuo, vivo pendiente de la educación y formación de mi hijo y de la austera administración de esta casa. Pero no me olvido de los necesitados. Todas las semanas dispongo que más de cinco mil pesetas —o sea, seis mil-, sean repartidas entre los pobres. Si bien estoy segura, como decía mi amigo Edgar Neville, que algo de culpa tendrán para ser tan pobres.

Mi hijo y yo siempre estamos de acuerdo, y me quiere con locura. Me preocupa la influencia que últimamente ejerce sobre su voluntad la chica esa, hija de uno de los guardas. De cualquier forma, mi hijo siempre me obedecerá y sabrá custodiar su pureza hasta que el matrimonio le permita cruzar el peligroso umbral de la carne.

Mi capellán particular se llama don Ignacio, y mi doncella y ponebaños, Flora. He sufrido en la vida toda suerte de adversidades, hasta un secuestro, pero ofreciendo las penalidades a Dios, toda molestia es sinónimo de beneficio. Mi orgullo, además de mi hijo, es mi colección de solideos papales, única en el mundo.

No me gustan los Reyes. Son demasiado jóvenes para reinar y no saben mantener la distancia entre ellos y la plebe. Demasiada sonrisa, demasiada música y demasiados viajes. Por si fuera poco, con nosotros se portan fatal. Les molesta que La Zarzuela sea menor que La Jaralera, y darían lo que fuera por vivir en un territorio biprovincial.

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