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Authors: José Luis Gil Soto

La colina de las piedras blancas

 

En el verano de 1588 España se viste de luto. Cuando la Armada Invencible regresa a casa tras su derrota ante la flota inglesa, violentas tempestades arrojan los barcos contra los acantilados de Irlanda provocando la muerte de miles de soldados. Algunos hombres logran alcanzar la orilla, pero hubieran preferido morir ahogados: las tropas inglesas aguardan con la orden de torturar y aniquilar a los supervivientes.

Uno de aquellos hombres fue un capitán segoviano que logró salvar su vida milagrosamente y dejó para la Historia un testimonio escrito de incalculable valor: una carta enviada a España, que permaneció inédita hasta finales del siglo XIX

Basada en los acontecimientos que se narran en esta carta, La colina de las piedras blancas cuenta la historia de aquellos hombres que quedaron abandonados a su suerte por tierras de Irlanda, viviendo una trepidante y desesperada aventura en busca de la salvación.

Una novela histórica que combina el rigor histórico con la habilidad narradora del autor y que convierte esta narración en un apasionante relato de uno de los acontecimientos más destacados de la historia de Europa.

José Luis Gil Soto

La colina de las piedras blancas

ePUB v1.0

jubosu
20.12.11

Título: La colina de las piedras blancas

Autor: J.L. Gil Soto

ISBN: 9784539252084

A Carmen, que nació con esta novela.

Y a mis hermanos, Alfonso y Jesús

Famosa Armada de estandartes llena,

Partidos todos de la roja estola;

Árboles de la Fé, donde tremola

Tanta flámula blanca en cada entena.

Selva del mar, á nuestra vista amena,

Que del chiristiano Ulíses la fé sola

Te saca de la margen española

Contra la falsedad de una sirena.

Id y abrasad el mundo, que bien llevan

Las velas viento y alquitrán los tiros,

Que a mis suspiros y á mi pecho elevan.

Seguras de los dos podréis partiros,

Fiad que os guarden y fiad que os muevan;

Tal es mi fuego y tales mis suspiros.

                               Lope de Vega

PRÓLOGO

Este relato no es fruto de fábula, sino historia tan real como mi propia existencia, y si no fuera porque soy vivo para contarla a vuestras mercedes, nadie podría darla por cierta. No hay día de mi vida que no termine preguntando al Creador por qué me conservó la vida en aquella jornada, qué espera de mi persona después de haber visto tan de cerca la muerte y qué destino me tiene asignado para pagar mi deuda.

Mi nombre es Rodrigo Díaz de Montiel, natural de Toledo y vecino de ninguna parte. Soy hijo legítimo del capitán don Alonso Díaz y parcial de don Álvaro de Mejía, a quien debo mi honor y mi espada, pues fue él quien suplió con creces el amparo que mi fallecido padre tenía que haberme prodigado, si Dios no lo hubiese reclamado a su vera tan prematuramente.

Cuando, transcurrido el tiempo, alguien se pregunte qué ocurrió con nuestra Armada, aquélla que se dio en llamar Grande, Felicísima y luego —no con poca chanza—invencible, tal vez queden escasos testigos que puedan contarlo; o quien haya dejado testimonio escrito habrá narrado las desventuras de los que regresaron sin haber pisado tierra. Pero nadie, salvo unos cuantos elegidos, podrá contar qué ocurrió cuando la ira de Dios nos empujó contra las rocas y fuimos a dar en tierras de salvajes, que saciaron con nuestra sangre su sed de venganza, y segaron las vidas de nuestros soldados sin el menor remordimiento.

Con estas páginas regalo al fin los pensamientos que me tuercen el sueño cada noche y me veo libre de la carga que echaron sobre mí tan disparatados hechos. Tenga pues el lector la certeza de que no me guardo ni uno sólo de los agravios que nos hicieron, ni dejo para mis adentros mi propia historia, tan triste como la que acaeció a la flota del rey don Felipe segundo, nuestro señor, cuando aquel año de mil quinientos y ochenta y ocho determinó dar guerra por mar al hereje, y nos envió con Dios y con nuestras armas a enfrentarnos a Inglaterra.

Juzguen vuestras mercedes si a veces los designios del Señor son difíciles de comprender, y vean si en aquella empresa estuvo o no de parte de Su Majestad Católica. Harto he meditado sobre ello y he alcanzado a entender que al menos lo estuvo de la mía, pues vino a darme la oportunidad de vivir; lo cual no he sabido nunca si fue un premio o un castigo; pero conservé, voto al Cielo, el gaznate tan íntegro como lo traje a este mundo.

PRIMERA PARTE

EL GALEÓN
SAN MARCOS

Capítulo 1

E
ran hombres valientes, pero lloraban, gemían, se orinaban encima y luego morían ahorcados, degollados o apedreados. Todas ellas son formas indignas de morir para un hidalgo español, pero así ocurrió en aquellas ensenadas del diablo, ahogados los gritos por el rugir de una mar embravecida, como si una mano perversa la empujase contra nuestros barcos. Gritaban asustados llamando a Dios y pidiendo clemencia cuando las olas los arrastraban hacia las profundidades del océano, antes de morir ahogados; o cuando los salvajes los apedreaban en las costas y les abrían los cráneos después de haberlos desnudado para robarles las ropas a las que llevaban cosidos doblones de oro y plata, cobrados en Lisboa antes de zarpar, como adelanto de dos pagas que nuestro rey don Felipe había dispuesto para la Armada.

Amputaban sus dedos para no perder tiempo en extraer los ricos anillos adornados con piedras preciosas, les arrancaban las cadenas que llevaban al cuello con crucifijos y vírgenes de media España, y los dejaban luego en los pedregales o en la arena sin que nadie pudiera darles cristiana sepultura. Venían las aguas y a muchos de ellos se los tragaban para no volver a aparecer.

La mayor parte de las muertes —y las más crueles— fueron provocadas por los soldados ingleses y por los nativos irlandeses a sueldo, todos ellos actuando sin compasión y cobardía, manchando sus manos con sangre de españoles indefensos, sin más armas que verse hambrientos, flacos, ateridos de frío y muertos de cansancio.

Sucedió en septiembre del año del Señor de mil quinientos ochenta y ocho, fecha en la que miles de casas se vistieron de luto en España, pues no hubo hogar, ya fuese noble o plebeyo, que no tuviese que lamentar la muerte de uno de los suyos. Y yo no puedo olvidarlo, pues fui testigo de todo ello, lo vi con mis propios ojos, me martiricé con los gritos de mis compañeros, padecí frío, hambre, golpes y miseria; y lo llevo grabado en la memoria por siempre.

Todo empezó cuando al fin, después de mucho tiempo de espera y titubeos, el rey don Felipe, nuestro señor, tomó la decisión de ir contra Inglaterra: ese nido de piratas, corsarios y herejes que venían hostigando nuestras flotas de Indias por todo el Atlántico, expoliando tesoros que ponían a los pies de su reina. Aunque en realidad ése no era el único motivo para la guerra: Isabel Tudor apoyaba y financiaba las campañas de Flandes contra nuestros tercios y masacraba a los católicos ingleses y escoceses. Incluso había mandado ajusticiar a la reina de Escocia, María Estuardo, aliada de nuestro rey. Y todo, en conjunto, era motivo más que suficiente para sojuzgar a quien había de rendirnos pleitesía.

Se encargó la empresa de armar la flota al granadino don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, héroe de Lepanto y capitán general del Océano. Para la ocasión, el rey lo había nombrado Almirante, y a él encomendó lo mejor de su flota y de su infantería.

El marqués se quejaba de que su señor no atendía todas sus peticiones, tal vez porque requería para sí un ejército imposible. A pesar de todo, surtió efecto el reclutamiento y funcionaron las levas, se movilizaron las atarazanas de Barcelona, los almacenes de Cartagena y Málaga y los puertos de todo el Mediterráneo, incluyendo los de Nápoles, Ragusa y Genova.

Nos dimos cita en Lisboa casi tres mil hombres del tercio de Sicilia, a cargo de don Diego Pimentel; más de dos mil seiscientos del tercio de don Francisco de Toledo; dos mil ochocientos del tercio de don Agustín Mejía, pariente de mi capitán; más de dos mil del tercio de don Nicolás de Isla o tercio de la Armada; dos mil trescientos de compañías sueltas, a las que denominábamos de Extremadura, por venir la mayor parte de sus hombres de aquellas tierras; casi mil quinientos en diez compañías portuguesas; ochocientos entretenidos, aventureros y criados de pelea; y otros tres mil de nuestro tercio, el de Nápoles, al mando de don Alonso de Luzón.

A estos hombres había que sumar los siete mil quinientos marineros armados, duchos en abordajes y hombres de gran pericia en la labor, con lo que sumábamos más de veinticinco mil la gente de cabo, de los que dieciocho mil éramos de guerra y siete mil quinientos, como he dicho, de mar. Era digno de verse tan imponente ejército, repartido entre Lisboa, Setúbal, Cascáis y otras poblaciones cercanas. Una buena parte se ubicaba en los castillos de Almada y Lisboa, pero también en grandes campamentos a las afueras y en el propio puerto, donde todo era un continuo ir y venir de maestres, pilotos, condestables, cómitres, marineros, grumetes, pajes… Un maremagno de tercios, compañías y camaradas, con sus insignias diferentes pero con el común elemento que era la cruz de Borgoña bordada en rojo, identidad de nuestra nación, y temida en todo el mundo.

Acudieron nobles de toda España, en busca de una gloria que ensalzaría su posición, o que serviría para encumbrarlos a puestos de relevancia en la Corte. Incluso, muchos se ofrecían para encontrar prestigio posterior en sus pueblos y ciudades, donde sus hermanos mayores, los mayorazgos, habían quedado como administradores de las haciendas familiares mientras a ellos sólo quedaba el clero o la milicia. Con todos nos cruzábamos en el puerto, en las tabernas o en el campamento. Aunque podían contarse por centenares, o aun por miles, puedo citar a hombres principales con los que alguna vez llegué a tener algún contacto, y cuyo recuerdo permanecerá siempre intacto. Así, no olvidaré nunca a don Alonso Ladrón de Guevara, don Gaspar de Sandoval, don Pedro de Guzmán o los hermanos Ponce de León. Tampoco puedo dejar de mentar a don Martín Cortés, hijo del ilustre don Hernando, conquistador de la Nueva España, el cual se embarcó con nosotros en busca de un reconocimiento que no tuvo antes. Y a don Lope de Vega y Carpió, que nos deleitó una noche de borrachera con poesías e ingenios. Y así tantos y tantos a los que me referiré a lo largo de esta historia, los cuales tuvieron dispar suerte en este episodio que ahora relato; pues algunos fueron por gloria, y a fe que la obtuvieron: la gloria de verse por toda una eternidad al lado del Padre.

Capítulo 2

H
abía mucha muerte en aquel barco, aunque ninguno de nosotros podía imaginarlo aún. Miraba su silueta en la noche y veía la oscura sombra de sus mástiles proyectada sobre el río. Más allá, hacia el estuario del Tajo, se extendía un sinfín de navíos preparándose para zarpar. El puerto dormía en total desorden, cubierto de jarcias, velámenes y aparejos. Olía a brea, carne en salazón y pescado en salmuera, y sólo de vez en cuando subía la brisa del cercano Atlántico para bañarnos con aroma de mar. Los toneles llenos de agua, vino, tocino, galletas y bizcocho, estorbaban por todas partes, y sus figuras se asemejaban a frailezuelos inmóviles, apostados a lo largo del muelle, donde dormitábamos sin sobresaltos algunos soldados de los tercios del rey.

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