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Authors: Carmen Posadas

Tags: #Histórico

La cinta roja (7 page)

Yo, gracias a otro de los «
tout Paris
sabe» de madame Boisgeloup, estaba al tanto de que Élisabeth Vigée-Lebrun era una muy célebre pintora que había retratado varias veces a María Antonieta y a otras muchas damas de la corte. Y también sabía que por ahí se cuchicheaba en voz baja que tan renombrada artista era además hija aventajada de Lesbos. Por lo visto, en su
atelier
se reunían muchas damas a gozar de los placeres de la pintura y también de los de su muy femenina compañía. Ella era, además, una de las abanderadas de la nueva moda «natural» que, dicho sea de paso, estaba causando gran inquietud y malestar en ciertos gremios. Como entre los fabricantes de pelucas, por ejemplo, que hasta hacía muy poco ganaban verdaderas fortunas proveyendo tanto a hombres como a mujeres de tan indispensable prenda. Ahora, en cambio, dichos artesanos habían tenido que solicitar ayuda real para subsistir porque, según decían, su oficio amenazaba ruina. Y lo mismo ocurría con los fabricantes de sedas, quienes se quejaban de que la Reina estaba faltando a su real obligación para con ellos puesto que ya no encargaba tantos trajes de este tejido como antes. «¡Qué malestar ni qué pamplinas! –exclamaba monsieur Picard al oír estas quejas–. No me da ninguna pena toda esa gente. Que se adapten a los nuevos tiempos. ¡Renovarse o morir, ése es mi lema!».

Sin embargo, a pesar del entusiasmo de monsieur Picard, «malestar» era una palabra que se oía cada vez con más frecuencia por aquellos días, casi tanto como las palabras «rumor» o «escándalo», unidas todas ellas a la figura de María Antonieta. Aun así, y siempre según madame Boisgeloup, lo curioso, lo paradójico y también lo terrible del caso era que los dimes, diretes y las mil maledicencias que circulaban respecto de la Reina tenían en realidad un origen minúsculo, muy estrecho, «tan estrecho, querida –y para pronunciar la palabra que viene a continuación mi casera bajaba mucho la voz–, como el prepucio de su real marido».

Yo ni siquiera sabía qué significaba aquello del prepucio, pero sin duda madame Boisgeloup debía de considerar que a mis trece años, y ya embarcada en la adulta tarea de «pescar» marido, contaba con edad más que suficiente para enterarme de detalles anatómicos, así como de algunos secretos de alcoba que tal vez me fueran útiles más adelante.

–Porque
tout Paris
sabe,
ma chére
, que si la Reina es ahora considerada una adúltera y una frívola, gran parte de la culpa la tiene el hecho de que su matrimonio no fue consumado carnalmente hasta nada menos que ¡ocho! años después de celebrarse.

–¿Cómo es posible, madame Boisgeloup?

–«
Pimosis
» –repuso mi amiga, demostrando que su gran sabiduría natural era un tanto ajena a la anatomía y a los nombres médicos–. Sí, mi querida niña,
pimosis
es un pequeño defecto congénito que padecen algunos hombres y que dificulta el acto carnal, volviéndolo doloroso, cuando no imposible, ¿comprendes? No todo el mundo sabe, aunque debería saberlo, para no ir por ahí levantando calumnias innecesarias, que si la Reina estuvo tantos años sin tener hijos, sin duda el peor pecado que puede cometer una reina, y si se ha volcado en los tapetes de juego y en las amistades inconvenientes, es porque el Rey, durante todo ese tiempo, ¡no le tocó ni un cabello!

Mis conocimientos en materia amatoria eran escasos, pero no tanto como para ignorar que aquello de no tocar ni un cabello era más que una simple metáfora. Así lo corroboró al punto el resto del discurso de madame Boisgeloup:

–En efecto, querida mía, pasaban los años y el Rey no sólo no mantenía relaciones sexuales con su mujer, sino que no se le conocía ni siquiera una amante. ¡Un rey de Francia casto, dónde se ha visto semejante cosa! Otros ha habido que no concibieron hijos con sus esposas hasta pasados diez o quince años de la boda, como Enrique II con Catalina de Medici, por ejemplo. Pero todos ellos tenían sanos y robustos bastardos con sus favoritas para demostrar que la infertilidad no era asunto suyo. Sin embargo, nuestro buen Luis XVI, rien de rien.
C'était un scandale
! Y lo más increíble del caso, niña, es que se sabía que él adoraba a su esposa, la quería de verdad, sólo que la dichosa pimosis era muy dolorosa y le obligaba a retirarse antes de tiempo de las reales entrañas y, claro, así,
rien de rien...
No son pocos los chistecillos y rimas que corren desde hace años al respecto. Como, por ejemplo, los que se publican en
Les nouvelles de la Cour
, uno de los muchos pasquines escandalosos que se venden en París. En él se llegó a contar, por ejemplo, cómo madame de Lamballe, la mejor amiga de la Reina, trabajaba «con sus pequeños dedos» para aliviar la frustración de la soberana. Otras publicaciones que circulan por ahí se hicieron eco, por su parte, de estos versos apócrifos que muchos atribuyen a la madre de María Antonieta, la emperatriz María Teresa de Austria, pero yo estoy segura de que son falsos porque riman pésimamente:

Para mi hija tener un delfín

poco importa que el hacedor

delante esté del trono o detrás, al fin.

»Tal era el estado de cosas entre la pareja real hace unos años –continuó madame Boisgeloup– que tuvo que venir el mismísimo José II, hermano de la Reina, a poner fin a tan lamentable situación. Dicen que habló con el Rey y que le dijo que debía someterse a una mínima operación mucho más indolora de lo que él temía. Hay quien sostiene, por el contrario, que el Rey nunca se sometió a intervención alguna para solucionar su problema, y que fueron las contundentes (y brutales) palabras de su cuñado las que obraron el milagro. «¡El rey de Francia –dicen que le espetó el austríaco a su cuñado– merece ser azotado hasta que eyacule de pura rabia, como hacen los burros!». En fin, querida, sea como fuere y
pimosis
o no
pimosis
, el caso es que al poco tiempo la Reina quedó por fin encinta. Pero me temo que para entonces su fama de casquivana y frívola había crecido ya demasiado. Luego, para colmo, vino el escándalo del collar que tú conoces, por el que la acusaron hasta de tener amores sacrílegos con un cardenal y...

De todas estas conversaciones con madame sobre temas mundanos y políticos saqué yo varias cosas en claro. La primera, algunas recomendaciones interesantes sobre la función reproductora de las mujeres, y la segunda, la gran importancia que en la vida de las personas mayores tenían las pequeñas cosas: París hacía años que hervía con canciones y libelos procaces contra
l’autrichienne
, y esto se debía, por un lado, a una pequeña porción de piel, y, por otro, a un collar; dos cosas de muy reducido tamaño como para causar tan grandes males. Si ése es el mundo de los adultos, me dije yo entonces, más vale ir tomando buena nota, porque por lo visto las pequeñas brisas podían con suma facilidad convertirse en huracanes.

Pero volvamos una vez más a los preparativos para mi entrada en sociedad y a los desvelos de madame Boisgeloup para convertirme en la más bella de las flores. Cuando por fin, gracias a monsieur Picard, mi vestuario estuvo listo y sin que terminaran empero las aburridas clases de música, declamación y filosofía que madame Boisgeloup consideraba esenciales para completar mi educación, empezamos a frecuentar nuestros primeros salones. Salones no muy elegantes en un principio, todo hay que decirlo, pero en los que tuve la fortuna de conocer un día a madame Stéphanie Félicité Du Crest, condesa de Genlis, una dama muy introducida en los círculos de la corte. Esta señora, que era de noble cuna, había sufrido tiempo atrás los rigores de pertenecer a una familia arruinada. Aun así tuvo la suerte –o, mejor dicho, la gran habilidad– de saber abrirse camino en sociedad gracias a un raro don: tocaba el arpa. Por lo visto, debido a su virtuosismo con dicho instrumento que, según me explicó madame Boisgeloup, había estado en desuso en Francia casi desde el Renacimiento, logró inmediatamente destacar en los más distinguidos salones, siempre ávidos de sensaciones nuevas, de originalidades. La condesa era la institutriz de los hijos del duque de Orléans y se rumoreaba que también su amante.

Nada más conocernos, la condesa de Genlis y yo entablamos amistad, tal vez porque yo también tenía un don «raro», aunque, a decir verdad, el mío era más bien... una invención de mi casera.

–Vamos a ver, niña, ¿sabes bailar el bolero? –me había preguntado un día madame Boisgeloup durante mis meses de aburrido aprendizaje.

–En absoluto, madame, lo ignoro –le contesté.

–Pues a partir de ahora no sólo sabrás, sino que lo harás con mucho donaire –sentenció mi tutora.

–¿Qué me quiere decir? –pregunté muy sorprendida.

Pero ella lo tenía todo planeado. Con la ayuda de una ilustre fregona cordobesa que se ocupaba primordialmente de abrillantar los salones de nuestra casa parisina, inventamos un baile, mitad insinuante mitad acrobático, en el que no faltaban las castañuelas.


Voilá le célébre boléro espagnol!
–sentenció madame Boisgeloup al cabo de unas semanas.

Y debo reconocer que aquello no se me daba mal del todo. Se dice siempre que por los cuerpos mediterráneos corre música a raudales, y aunque el mío sólo es mediterráneo a medias, lo cierto es que cumplía con el adagio. Al conocernos en uno de esos oscuros salones que madame Boisgeloup y yo frecuentábamos al principio de mi ingreso en sociedad, madame de Genlis quedó encantada con mis contoneos. Le parecieron
trés charmants, trés piquants,
y dijo que yo le recordaba mucho a ella cuando intentaba abrirse camino en sociedad con la sola ayuda de su arpa. «Venid la semana próxima; en casa se recibe los jueves, y no olvidéis traer las castañuelas», nos rogó mientras entregaba a madame Boisgeloup una bonita tarjeta rosa con su dirección privada.

Y fue así como, de la manera más imprevista, me vi cambiando de salones. De los mustios y poco interesantes de otras viudas de nobleza de toga y compañeras de naufragio de madame Boisgeloup a los chispeantes y muy concurridos de la condesa de Genlis. Y para ello no fueron necesarios ni el dinero de mi padre ni las recomendaciones de nadie, tan sólo unas castañuelas y unos arteros movimientos aprendidos de una ilustre fregona. París, me dije entonces, recordando a mi buen amigo el señor Moratín, era sin duda una ciudad ávida de cambio o, lo que es lo mismo, abierta a todas las innovaciones, sobre todo las más estrafalarias.

Futuros hombres ilustres

U
na vez en el salón de mi nueva amiga y protectora, y a pesar de que era tan sólo una niña que bailaba el bolero, tuve la oportunidad de conocer a algunos de los personajes más famosos de la época. El primero de ellos fue Talleyrand, ese gran hombre que estaba destinado a pasar a la posteridad como uno de los más portentosos equilibristas que recuerda la Historia. Su hazaña fue sobrevivir a todo lo que voy a enumerar a continuación y hacerlo siempre junto a los que ostentaban el poder: primero, a la Revolución; después, a la caída de la monarquía; luego, al Terror y al Directorio, y más tarde, a la era napoleónica, para acabar como hombre fuerte de la Restauración monárquica. Una pirueta extraordinaria, por cierto, para un funambulista... cojo. Sí, así era, puesto que, como diría madame Boisgeloup, por aquel entonces
tout Paris
sabía que la niñera de la familia Talleyrand lo había dejado caer de una cómoda a muy tierna edad, aplastándole para siempre los huesos del pie. Tullido y repudiado por su padre a consecuencia de su minusvalía, a Talleyrand se le cerraron a muy temprana edad las salidas habituales para un hombre de su noble cuna, como brillar en la corte o en los campos de batalla. Por eso no había tenido más remedio que recurrir a la tercera de las vías que llevan también a lo más alto: la carrera eclesiástica. De este modo, vestido de obispo, con los ojos puestos más en la carne mortal que en los goces del espíritu y arrastrando su pie tullido por los salones mientras sonreía a las damas, lo habría de conocer yo hacia 1787 o 1788.

–Querida niña –recuerdo que me dijo un día cuando después de mi bolero me disponía a guardar las castañuelas en una bolsita que madame Boisgeloup me había confeccionado a tal efecto–. Humilde es el receptáculo de tan bonita música, casi tanto como la modestia que acompaña a vuestra belleza.

Yo no estaba entonces acostumbrada a las lisonjas, menos aún si provenían de un obispo, de modo que enrojecí antes de responder que no se trataba de modestia, sino de la natural prudencia por encontrarme en compañía tan principal. Él rió.

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