Read La caza del meteoro Online

Authors: Julio Verne

Tags: #Ciencia ficción

La caza del meteoro (5 page)

Pero el doctor no escuchaba nada y desafiaba muchas veces los siete y ocho grados centígrados bajo cero de las grandes heladas del invierno, cuando el firmamento aparecía en toda su azul pureza.

Desde el observatorio de la casa de Moríss Street se distinguían, sin trabajo, la torre de la casa de Elisabeth Street. Media milla, a lo sumo, las separaba, y ningún monumento se elevaba entre ellas y ningún árbol se interponía con su ramaje.

Sin utilizar siquiera el telescopio de largo alcance, reconocíanse muy fácilmente con unos buenos gemelos, las personas que se hallaban sobre la torre o sobre la torrecilla. Seguramente que Dean Forsyth tenía otra cosa que hacer que mirar a Sydney Hudelson, y Sydney Hudelson no quería perder tiempo en mirar a Dean Forsyth. Sus observaciones iban más alto, mucho más alto. Pero era muy natural que Francis Gordon quisiera ver si Jenny Hudelson se encontraba sobre la terraza, y con frecuencia sus ojos se hablaban a través de los gemelos. Ningún mal había en ello, naturalmente.

Fácil habría sido establecer una comunicación telegráfica o telefónica entre ambas casas; un hilo tendido desde la torrecilla hubiera transmitido muy agradables frases de Francis Gordon a Jenny y de Jenny a Francis Gordon. Pero como Dean Forsyth y Sydney no tenían manera alguna de cambiar semejantes ternezas, jamás habían proyectado la instalación de ese hilo. Tal vez cuando ambos prometidos fueran esposos, se llenase este vacío; tras el lazo matrimonial, el lazo eléctrico para unir más estrechamente aún a ambas familias.

En la tarde de aquel mismo día en que la excelente pero avinagrada Mitz ha dado al lector un bosquejo de su elocuencia sabrosísima, fue Francis Gordon a hacer su visita habitual a Mrs Hudelson y a sus hijas.

«Y a su hija», rectificaba Loo, dándose aires de ofendida. Se le recibió, licito sería decirlo, como si fuera el dios de la casa. Si bien no era aún el marido de Jenny, Loo quería que fuese ya para ella su hermano.

En cuanto al doctor Hudelson, estaba encerrado en la torrecilla desde las cuatro de la mañana. Después de haber aparecido retrasado para el almuerzo, exactamente lo mismo que Dean Forsyth, viósele subir de nuevo precipitadamente a la terraza, siempre, como Dean Forsyth, en el momento en que el Sol aparecía entre las nubes. No menos apasionado que su rival, no parecía hallarse dispuesto a volver a bajar.

Y no obstante, imposible decidir sin él la gran cuestión que iba a ser discutida en asamblea general.

—¡Toma! —exclamó Loo, tan pronto el joven franqueó la puerta del salón—, ¡He aquí a Mr. Francis, el eterno Mr. Francis...! ¡A fe mía, no se ve aquí a nadie más que a él!

Francis Gordon contentóse con amenazar con el dedo a la muchacha, y, una vez sentado, entablóse la conversación, llena de sencilla y natural cordialidad; parecía que no habían dejado de verse, y en realidad, con el pensamiento al menos, ambos prometidos jamás se separaban uno de otro. Miss Loo llegaba hasta pretender que «el eterno Francis» estaba siempre en la casa, que si fingía él salir por la puerta de la calle, era para penetrar en seguida por la del jardín.

Hablóse aquel día de lo mismo de que se hablaba todos los días. Jenny escuchaba lo que le decía Francis con una seriedad que no le quitaba ninguno de sus encantos. Se miraban, formaban proyectos para el porvenir, proyectos cuya realización no debía estar lejana; ¿por qué, en efecto, podía preverse un retraso? Francis Gordon había encontrado ya en Lambeth Street una linda casita que convendría perfectamente al joven matrimonio. Era en el barrio del Oeste, con vistas al Potomac y no lejos de Moriss Street. Mrs. Hudelson prometió ir a visitar esta casa, y por poco que agradase a su futura inquilina, se alquilaría en seguida. Loo, por supuesto, había de acompañar a su madre y a su hermana; en modo alguno habría tolerado que se pasasen sin su opinión.

—A propósito —exclamó de pronto—. ¿Y Mr. Forsyth? ¿Es que no ha de venir hoy?

—Mi tío —respondió Francis Gordon —llegará hacia las cuatro.

—Es que su presencia es indispensable para resolver la cuestión —hizo observar Mrs. Hudelson.

—Lo sabe y no faltará a la cita.

—Si faltase —declaró Loo, que extendió una manita amenazadora—, tendría que vérselas conmigo, y no se lo perdonaría.

—¿Y Mr. Hudelson? —preguntó Francis—. No necesitamos de él menos que de mi tío.

—Mi padre está en la torrecilla —dijo Jenny—. Bajará tan pronto como se le avise.

—Yo me encargo de ello —repuso Loo—; pronto habré escalado sus seis pisos.

Importaba, en efecto, que Mr. Forsyth y Mr. Hudelson estuviesen allí. ¿No se trataba acaso de fijar la fecha de la ceremonia? En principio el matrimonio debía celebrarse en el más breve plazo, pero a condición, no obstante, de que la señorita de honor tuviese tiempo de hacerse confeccionar un lindo vestido, «un vestido largo de señorita, sépalo usted», que contaba ella estrenar en aquel día memorable.

De aquí la siguiente observación que bromeando se permitió hacer Francis:

—¿Y si no está dispuesto ese famoso vestido?

—¡En ese caso se diferiría la boda! —decretó la imperiosa personita.

Y esta respuesta fue acompañada de tal carcajada, que Mr. Hudelson debió oírla seguramente desde las alturas de su torrecilla.

La aguja del reloj franqueaba, empero los minutos de la esfera, y Mr. Dean Forsyth no aparecía. En vano se asomaba Loo a la ventana, desde donde descubría la puerta de entrada. ¡No se veía a Mr Forsyth...! Preciso fue armarse de paciencia; un arma ésta cuyo manejo apenas conocía Loo.

—Mi tío, sin embargo, me prometió... —repetía Francis Gordon—; pero desde hace unos días no sé lo que tiene.

—¿No estará enfermo, Mr. Forsyth? —preguntó Jenny.

—No; distraído... Pensativo... No se le pueden sacar dos palabras. No sé lo que puede tener metido en la cabeza.

—¡Alguna astilla o un casco de estrella! —exclamó la muchacha.

—Lo mismo le sucede a mi marido —dijo Mrs. Hudelson—. Esta semana me ha parecido más absorto que nunca; imposible arrancarle de su observatorio; fuerza es que algo extraordinario pase en el Cielo.

—¡A fe mía! —respondió Francis—. Me siento inclinado a creerlo al ver como se conduce mi tío; ni sale, ni duerme, y apenas come; se olvida de las horas de comer...

—Por lo cual Mitz debe de estar contenta —observó Loo.

—Riñe —replicó Francis—, pero nada consigue. Mi tío, que hasta ahora temblaba ante los sermones de su vieja sirvienta, los oye ya como quien oye llover.

—Lo mismo que aquí —dijo Jenny, sonriendo— Mi hermana parece haber perdido su influencia sobre papá... ¡Y bien sabe Dios que era grande!

—¿Es posible, señorita Loo? —dijo Francis en el mismo tono.

—Nada más cierto —repuso la muchacha—; pero paciencia..., paciencia. Será menester que Mitz y yo acabemos por enderezar al padre y al tío.

—Pero, en resumidas cuentas —repuso Jenny—, ¿qué les sucederá a uno y a otro?

—Sin duda es algún planeta de valor que se les habrá extraviado. ¡Dios mío, con tal que lo hayan encontrado antes de la boda!

—Estamos bromeando —interrumpió Mrs. Hudelson—, y, entretanto, Mr. Forsyth no llega.

—¡Y van a dar las cuatro y media! —añadió su hija Jenny.

—Si dentro de cinco minutos no está aquí mi tío —decidió Francis Gordon— iré a buscarlo.

En aquel instante dejóse oír la campanilla de la puerta de entrada.

—Es Mr. Forsyth —afirmó Loo—. ¡Anda...! Y la campanilla continúa sonando; ¡qué repique...! Apuesto cualquier cosa a que oye volar una cometa y no se da cuenta de que está haciendo sonar la campanilla.

Era, en efecto, Mr. Dean Forsyth. Casi en seguida penetró en el salón, en el que le acogió Loo con vivos reproches.

—¡Retrasado! ¡Retrasado! ¿Quiere usted, pues, que le regañe?

—Buenos días, Mrs. Hudelson; buenos días, mi querida Jenny —dijo Mr. Forsyth, abrazando a la joven—. Buenos días —repitió dando unos golpecitos en las mejillas de la niña.

Todas estas cortesías estaban hechas con un aspecto distraído. Como Loo presumiera, Mr. Dean Forsyth tenía, como suele decirse, la cabeza a pájaros.

—Mi querido tío —dijo Francis Gordon—, al ver que no llegaba usted a la hora convenida, creí que se había olvidado de nuestra cita.

—Un poco, lo confieso y me excuso por ello, Mrs. Hudelson. Afortunadamente, Mitz me lo ha recordado.

—He hecho muy bien —declaró Loo.

—Preocupaciones graves... Me encuentro tal vez en vísperas de un descubrimiento de los más interesantes.

—Vamos, lo mismo que papá... —comenzó a decir Loo.

—¡Qué —gritó Mr. Dean Forsyth, alzándose de un salto, como empujado por un resorte—. ¡Dice usted que el doctor...!

—No decimos nada, mi buen Mr. Forsyth —apresuróse a decir Mrs. Hudelson, temerosa siempre y no sin razón, que una causa nueva de rivalidad surgiese entre su marido y el tío de Francis Gordon. Luego añadió para cortar en seguida el incidente—: Loo, ve a buscar a tu padre.

Ligera como un pájaro, lanzóse la niña a la escalera. No hay duda de que, si tomó por la escalera, en vez de volar por la ventana, fue porque no quiso servirse de sus alas.

Un minuto después, Mr Sydney Hudelson hacía su entrada en el salón. Fisonomía grave, ojos fatigados, cara amoratada, hasta el punto de hacer temer una congestión.

Cambiaron ambos amigos un apretón de manos sin calor, sondeándose recíprocamente con una mirada oblicua. Mirábanse a hurtadillas, como si tuviesen desconfianza uno de otro.

Pero, después de todo ambas familias se habían reunido con el objeto de fijar la fecha del matrimonio, o, para servirnos del lenguaje de Loo, de la conjunción de los astros Francis y Jenny. No había, por tanto, más que hacer que fijar esta fecha. Siendo todo el mundo de opinión de que la ceremonia debía tener lugar en el plazo más breve posible, la conversación no fue larga ni ceremoniosa.

¿Concedieron a todo ello gran atención Mr. Forsyth y Mr. Hudelson? Lícito es más bien creer que habían partido a la persecución de algún asteroide perdido a través del espacio, preguntándose cada uno si no se hallaba el otro a punto de encontrarlo.

En todo caso, ninguna objeción hicieron a que el matrimonio se celebrase algunas semanas más tarde. Estaban a 21 de marzo; y la boda se celebraría el 15 de mayo.

De esta manera, apresurándose un poco, habría tiempo de arreglar la nueva casa.

—Y de acabar mi vestido —añadió Loo muy seriamente.

Capítulo IV

Cómo dos cartas, dirigidas la una al Observatorio de Pittsburg y al Observatorio de Cincinnati la otra, fueron clasificadas en el legajo de los bólidos

Al señor director del Observatorio de Pittsburg, Pensylvania.

Whaston, 24 de marzo...

Señor director:

Tengo el honor de poner en su conocimiento el siguiente hecho de interés para la ciencia astronómica. En la mañana del 16 del corriente mes de marzo, descubrí un bólido que atravesaba la zona septentrional del cielo con una velocidad considerable. Su trayectoria, sensiblemente Norte-Sur, formaba con el meridiano un ángulo de 3º 31', que pude medir exactamente. Eran las siete y treinta y siete minutos y veinte segundos cuando apareció en el objetivo de mi anteojo; y las siete y treinta y siete minutos y veintinueve segundos cuando desapareció. Después, me ha sido imposible volver a verle, a pesar de las más minuciosas investigaciones. Por esto le ruego tenga a bien tomar nota de la presente observación y darme acta de la presente carta, la cual en el caso de que el meteoro fuera visible de nuevo, me aseguraría la prioridad de este gran descubrimiento.

Reciba usted, señor director, la seguridad de mi mayor consideración y téngame por su más humilde servidor.

DEAN FORSYTH

Elisabeth Street.

Al señor director del Observatorio de Cincinnati, Ohio.

Whaston, 24 de marzo...

Señor director:

En la mañana del 16 de marzo, entre las siete, treinta y siete minutos y veinte segundos y las siete, treinta y siete minutos y veintinueve segundos, tuve la fortuna de descubrir un nuevo bólido que se desplazaba del Norte-Sur, en la zona septentrional del cielo, no formando su dirección aparente con el meridiano más que un ángulo de 3° 31'. Después no pude volver a seguir la trayectoria de este meteoro. Pero si reaparece sobre nuestro horizonte, lo que no dudo, paréceme justo ser considerado como el autor de este descubrimiento, que merece ser clasificado en las anales astronómicos de nuestro tiempo. Con este objeto, me tomo la libertad de dirigirle la presente carta, cuyo acuse de recibo le agradecería tuviese la bondad de darme.

Reciba usted, señor director, con mi humilde saludo, la seguridad de mis respetuosos sentimientos.

DOCTOR SYDNEY HUDELSON.

17, Moris Street.

Capítulo V

En el que, a pesar de su encarnizamiento, Mr. Dean Forsyth y el Doctor Hudelson, sólo por los diarios tienen noticias de su meteoro

A respuesta a las dos cartas antes citadas, enviadas certificadas y bajo triple sello a la dirección del observatorio de Pittsburg y del observatorio de Cincinnati, debería consistir en un simple acuse de recibo con el aviso de la clasificación de dichas cartas; los interesados no pedían más. Ambos contaban con encontrar el bólido en breve plazo. Que el asteroide se hubiese perdido en las profundidades del cielo, y que no debiese, por ende, reaparecer jamás a la vista del mundo sublunar era cosa que se negaban a admitir No; sometido a las leyes formales volvería sobre el horizonte de Whaston; podría percibírsele al paso, señalar de nuevo, determinar sus coordenadas y figuraría en los mapas celestes bautizado con el glorioso nombre de su descubridor.

Pero, ¿quién era ese descubridor? Punto sumamente delicado que no habría dejado de causar embarazo a la misma justicia de Salomón. En el día de la aparición del bólido, serían dos a reivindicar esta conquista. Si Francis Gordon y Jenny Hudelson hubiesen conocido los peligros de la situación, habrían seguramente suplicado al cielo que el retorno de ese malaventurado meteoro ocurriera después de consumado su matrimonio. Y no menos seguramente se hubieran unido de todo corazón a este ruego Mrs. Hudelson, Loo, Mitz y todos los amigos de los dos familias.

Pero nadie sabía nada, y, a pesar de la preocupación creciente de ambos rivales, preocupación que se notaba sin poderla explicar, ningún habitante de la casa de Moriss Street, salvo el doctor Hudelson, se inquietaba por lo que ocurría en las profundidades del firmamento. Preocupaciones, ninguna había en la casa; pero había muchas ocupaciones; visitas y cumplimientos que recibir y devolver, cartas e invitaciones que enviar, preparativos del matrimonio y elección de los regalos de boda, todo esto, según la pequeña Loo, era comparable a los doce trabajos de Hércules, y no había una hora que perder.

Other books

Let the Night Begin by Kathryn Smith
Scorcher by Viola Grace
A Man Called Sunday by Charles G. West
Queen of the Summer Stars by Persia Woolley
Moonlight Man by Judy Griffith Gill
Rise of the Blood by Lucienne Diver


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024