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Authors: Julio Verne

Tags: #Ciencia ficción

La caza del meteoro

 

Dos astrónomos aficionados estadounidenses residentes en la misma ciudad descubren a la par un meteoroide, y ambos reclaman el derecho del descubrimiento y el de darle su apellido, lo que origina una gran rivalidad entre ellos. Mientras, otro personaje muy excéntrico (un inventor francés), ha emprendido la tarea de atraer hacia la Tierra, y a un punto en concreto, el dichoso meteoroide, que sería así un meteorito y que además tiene características sorprendentes. "La caza del meteoro" ("La Chasse au météore") es una novela del escritor francés Jules Verne publicada en "Le Journal" desde el 5 de marzo hasta el 10 de abril de 1908, e íntegramente el 30 de abril de ese mismo año en un volumen doble junto con "El piloto del Danubio". La novela fue escrita alrededor del año 1898, y sería modificada después por el el hijo del escritor: Michel Verne.

Julio Verne

La caza del meteoro

(La Chasse au météore)

ePUB v1.0

Molcajete
11.11.2011

Título original:
La Chasse au météore.

Traducción: Juan Manuel González Cremona.

Autor: Julio Verne, 1908.

Temas vernianos tratados: astronomía, química, física atómica.

Capítulo I

En el cual el Juez John Proth llena uno de los más gratos deberes de su cargo antes de volver al jardín

No existe ningún motivo que impida decir a los lectores que la ciudad en que comienza esta singular historia se halla en Virginia (Estados Unidos de América). Si les parece bien, llamaremos a esta ciudad Whaston, y la colocaremos en el distrito oriental, sobre la margen derecha del Potomac; pero nos parece inútil precisar más las coordenadas de esta ciudad, que se buscaría en vano aun en los mejores mapas de la Unión.

El 12 de marzo de ese año, aquellos de los habitantes de Whaston que atravesaron Exeter Street en el momento preciso, pudieron ver, en las primeras horas de la mañana, a un elegante caballero que, al paso lento de su caballo, subía y bajaba la calle, muy pendiente, y se detenía por fin en la plaza de la Constitución, casi en el centro de la ciudad.

Este caballero, de puro tipo yanqui, tipo éste que no se halla exento de una original distinción, no debía tener más de treinta años. Era de una estatura algo más que mediana, de bella y robusta complexión, de cabellos negros y barba castaña, cuya punta alargaba su semblante de labios perfectamente afeitados. Una amplia capa le cubría hasta las piernas y caía sobre la grupa del caballo. Guiaba su montura con gran soltura, pero firmemente. Todo en su actitud indicaba al hombre de acción, resuelto, y también al hombre de primer impulso; no debía oscilar jamás entre el deseo y el temor, que es lo que constituye el rasgo de un carácter vacilante. Finalmente, un observador atento habría podido descubrir que apenas lograba disimular su impaciencia natural bajo una apariencia de frialdad.

¿Por qué se hallaba este caballero en una ciudad en que nadie le conocía, en que nadie le había visto jamás? ¿Se limitaba a atravesarla o se proponía permanecer algún tiempo en ella? En este último caso, para encontrar un hotel no habría tenido otra molestia que la de elegir. En ningún otro punto de Estados Unidos, o de cualquier otra parte, el viajero podía encontrar mejor acogida, mejor servicio, mesa, confort tan completo por unos precios tan moderados. Es ciertamente lamentable que los mapas sean tan imprecisos al omitir indicar una ciudad provista de tales ventajas.

No, en manera alguna parecía que el extranjero estuviese en disposición de permanecer en Whaston, y seguramente no harían presa en él las seductoras y atrayentes sonrisas de los hosteleros. Absorto, indiferente a cuanto le rodeaba, seguía la calzada que diseña la periferia de la plaza de la Constitución, cuyo centro ocupaba un vasto terraplén, sin sospechar siquiera que despertaba la curiosidad pública.

¡Y bien sabe Dios, con todo, si esta curiosidad se hallaba excitada! Desde el momento en que apareció el caballero, hosteleros y sirvientes cambiaban desde las puertas estas y otras frases análogas:

—¿Por dónde ha llegado?

—Por Exeter Street.

—¿Y de dónde venía?

—Según dicen, entró por el Faubourg de Wilcox.

—Hace ya media hora bien corrida que su caballo da vueltas a la plaza. Estará esperando a alguien.

—Es muy probable; y hasta se diría que espera con impaciencia.

—Y no cesa de mirar hacia Exeter Street.

—Por ahí llegará la persona a quien espera.

—Y ¿quién será...? ¿Él o ella?

—¡Eh, eh...! Pues tiene muy buen talante.

—¿Será entonces una cita?

—Sí, una cita..., pero no en el sentido en que vosotros lo entendéis.

—¿Usted qué sabe?

—Observad que ya por tres veces el extranjero se ha detenido ante la puerta de Mr. John Proth...

—Y como Mr. John Proth es juez de Whaston...

—Entonces es que ese hombre tiene algún proceso...

—Y que su adversario llega con retraso.

—Tiene usted razón.

—¡Bien! El juez Proth los conciliará y reconciliará en un santiamén.

—Es un hombre habilísimo.

—Y muy honrado.

Posible era en verdad que éste y no otro fuera el motivo de la presencia de aquel caballero en Whaston. Efectivamente, muchas veces había hecho alto, sin echar pie a tierra, ante la casa de Mr. John Proth. Quedábase mirando a la puerta y a las ventanas y permanecía luego inmóvil, como si esperase que alguien apareciese en los umbrales, hasta el momento en que su caballo, que piafaba impaciente, le obligaba a emprender nuevamente la marcha.

Ahora bien: al detenerse una vez más, se abrió súbitamente la puerta principal y un hombre apareció en la meseta de la pequeña escalinata que daba acceso a ella desde la acera.

Tan pronto como el extranjero descubrió a este hombre, preguntó quitándose el sombrero:

—¿Es Mr. John Proth, según creo?

—El mismo —contestó el juez muy amablemente.

—Una sencilla pregunta, que sólo exigirá un sí o un no de su parte.

—Hágala usted, caballero.

—¿Ha venido alguien esta mañana preguntando por Mr. Seth Stanfort?

—No, que yo sepa.

—Gracias.

Dicho esto, y descubriéndose por segunda vez, tendió la mano y subió por Exeter Street al trote corto de su caballo.

Ahora ya no podía dudarse —al menos tal fue la opinión general— de que el desconocido tenía algún negocio con Mr. John Proth. En el modo de hacer aquella pregunta se conocía que él mismo era Seth Stanfort, el primero en acudir a una cita convenida de antemano. Pero otro problema no menos importante se planteaba ahora. ¿Había pasado la hora de la cita y el caballero desconocido iba a abandonar la ciudad para no volver a ella?

Se creerá sin dificultad, ya que nos encontramos en América, es decir, en el pueblo de este mundo más aficionado a apostar, que en seguida se hicieron apuestas sobre el próximo retorno o la partida definitiva del desconocido. Algunas apuestas de medio dólar o hasta de cinco o seis centavos, entre el personal de los hoteles y los curiosos detenidos en la plaza, nada más, pero apuestas al fin, que serían religiosamente pagadas por los perdidosos y que se embolsarían tan guapamente los afortunados.

En cuanto al juez John Proth, se había limitado a seguir con la mirada al caballero que subía hacia el Faubourg de Wilcox. El juez John Proth era todo un filósofo, un prudente magistrado que no contaba menos de cincuenta años de prudencia y de filosofía, aun cuando no tuviese más que medio siglo de edad —modo éste de decir que al venir al mundo era ya filósofo y sabio prudente—. Añádase a eso que en su calidad de solterón —prueba incontestable de prudencia— jamás había visto perturbada su vida por ningún cuidado; lo cual, fuerza será convenir en ello, facilita en gran manera la práctica de la Filosofía. Nacido en Whaston, ni siquiera en su primera juventud había abandonado más que muy poco su ciudad natal, y era considerado tanto como querido por sus justiciables, que sabían se hallaba desprovisto de toda ambición.

Un solo derecho le guiaba. Siempre se mostraba indulgente con las debilidades y a veces con las faltas ajenas. Arreglar los asuntos que se llevaban ante él, reconciliar a los adversarios que se presentaban a su modesto tribunal, redondear los ángulos, aceitar las ruedas, suavizar los choques inherentes a todo orden social, por perfeccionado que pueda hallarse: así era como él comprendía su misión.

John Proth disfrutaba de cierta holgura. Si desempeñaba aquellas funciones de juez era por gusto y no soñaba con elevarse a altas jurisdicciones. Gustaba de la tranquilidad para sí mismo y para los otros; consideraba a los hombres como vecinos en la existencia y con los cuales es necesario vivir en buena armonía. Levantábase temprano y acostábase tarde; si bien leía algunos autores favoritos del Antiguo y del Nuevo Mundo, se contentaba en cambio con un honrado diario de la ciudad, el Whaston News, en el que los anuncios ocupaban más sitio que la política. Daba diariamente un paseo de una o dos horas, durante el cual gastábanse los sombreros a fuerza de saludarle, lo cual le obligaba a renovar el suyo cada tres meses. Fuera de esos paseos y salvo el tiempo dedicado al ejercicio de su profesión, permanecía en su casa, tranquilo y confortable, y cuidaba las flores de su jardín, que le recompensaban por sus cuidados encantándole con sus frescos colores y brindándole sus suaves perfumes.

Trazado en estas pocas líneas ese carácter, puesto en su verdadero marco el retrato de Mr. John Proth, se comprenderá fácilmente que dicho juez no quedase demasiado pensativo por la pregunta hecha por el extranjero. Si éste, en vez de dirigirse al dueño de la casa, hubiese interrogado a su anciana sirvienta Kate, tal vez ésta habría deseado saber algo más; habría insistido acerca de aquel Seth Stanfort y habría preguntado lo que debería decírsele en el caso de que acudiera a informarse de su persona. Y asimismo habría agradado a la digna Kate el saber si el extranjero volvería o no a casa de Mr. John Proth, ya aquella misma mañana, o durante la tarde.

Mr. John Proth, en cambio, no se hubiera perdonado esas curiosidades, esas indiscreciones, excusables en su sirvienta, pues por algo pertenecía al sexo femenino. No, Mr. John Proth ni siquiera se dio cuenta de que la llegada, la presencia y la partida después del extranjero habían sido notadas por los mirones de la plaza, y, después de cerrar la puerta, volvióse a regar las rosas, los iris, los geranios, las resedas, de su jardín.

En cambio, los curiosos permanecieron en observación.

El caballero, no obstante, había avanzado hasta la extremidad de Exeter Street, que dominaba la parte Oeste de la ciudad. Llegado al Faubourg de Wilcox, que une esta calle con el centro de Whaston, detuvo su caballo y, sin desmontar, miró en torno suyo. Desde ese punto sus miradas podían extenderse en una milla aproximadamente y seguir la sinuosa ruta que desciende hasta el pueblecillo de Steel, que perfilaba sus campanarios en el horizonte, más allá del Potomac. En vano sus miradas recorrían esta ruta; era indudable que no descubría lo que buscaba; lo que dio motivo a vivos movimientos de impaciencia que se transmitieron al caballo cuyos fogosos ímpetus hubo necesidad de contener.

Transcurridos diez minutos, el caballero, volviendo por Exeter Street, se dirigió por quinta vez hacia la plaza.

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