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Authors: Frederick Forsyth

Tags: #Intriga, Policíaco

La alternativa del diablo

 

En la Unión Soviética se da una mala cosecha de cereal y en Ucrania se manifiestan inquietudes nacionalistas. Y esta es la punta del iceberg que puede conducir a un choque frontal entre las dos superpotencias mundiales durante la guerra fría.

La trama, elaborada y apasionante, mezcla política internacional, amor, nacionalismo y una galería de personajes redondos y convincentes.

Frederick Forsyth

La alternativa del diablo

ePUB v1.1

GONZALO
08.07.12

Corrección de erratas por dbooti

Título original:
The Devil's Alternative

Traducción de J. Ferrer Aleu

© 1979, Frederick Forsyth

A Frederick Stuart, que todavía no lo sabe

I
NTRODUCCIÓN

El presidente de los Estados Unidos leyó el informe con expresión de creciente terror.

—Esto es espantoso —dijo, cuando hubo terminado—. No tengo alternativa. Mejor dicho, elija lo que elija, mucha gente va a morir.

Adam Munro le miró, sin pizca de compasión. Había tenido tiempo de aprender que, en principio, las pérdidas de vidas interesan poco a los políticos, con tal de que no se advierta públicamente que tienen algo que ver con ello.

—No será la primera vez, señor presidente —dijo, con firmeza—, y, sin duda alguna, tampoco la última. En la Empresa lo llamamos «La Alternativa del Diablo».

P
RÓLOGO

El náufrago habría muerto antes de ponerse el sol, de no haber sido por la aguda visión de un marinero italiano llamado Mario. Cuando le descubrieron estaba ya sumido en una ínconsciencia total; las partes descubiertas de su cuerpo casi desnudo mostraban quemaduras de segundo grado, producidas por el implacable sol, y las partes sumergidas en agua de mar aparecían blandas, blancas y ulceradas, como los miembros de un pato en putrefacción.

Mario Curcio era el cocinero-camarero del
Garibaldi
, simpatico, viejo y enmohecido cacharro que había zarpado de Brindis con rumbo al Este, en dirección al cabo Ince y a Trebisonda, en el extremo oriental de la costa norte de Turquía. Tenía que recoger un cargamento de almendras de Anatolia.

Nadie preguntó por qué había decidido Mario, precisamente aquella mañana de la última decena de abril de 1982, vaciar su cubo de mondaduras de patata por la borda, en vez de hacerlo por el canal de la basura situado a popa, y, si se lo hubiesen preguntado no habría podido explicarlo. Quizá fue para respirar un poco de aire fresco del mar Negro y romper la monotonía del humo y el calor de la estrecha cocina, pero lo cierto es que salió a cubierta, se dirigió a la barandilla de estribor y vertió la basura en el indiferente, pero paciente mar. Después, dio media vuelta y echó a andar, para volver a sus deberes. Pero, a los dos pasos, se detuvo, frunció el ceño, se volvió y retrocedió hacia la barandilla intrigado e inseguro.

El barco seguía el rumbo Este-Nordeste, para salvar el cabo Ince, y por esto, al hacer el hombre visera con la mano para mira a popa, el sol del mediodía le dio casi de lleno en la cara. Pero estaba seguro de que había visto algo allí, sobre las olas verdeazules, entre el barco y la costa de Turquía, que se extendía a veinte millas al Sur. Incapaz de verlo de nuevo, trotó por la cubierta de popa, subió la escalerilla exterior del puente y volvió a mirar. Y entonces lo vio con toda claridad, durante medio segundo, entre dos olas que oscilaban suavemente. Se volvió hacia la puerta abierta que había detrás de él y conducía a la caseta del timón, y gritó:


Capitano!

El capitán, Vittorio Ingrao, tardó un poco en dejarse persuadir, pues Mario era un zoquete; pero, como buen marino, sabía que ante la posibilidad de que hubiese un hombre en el agua, su deber era virar y comprobarlo más de cerca; además, el radar había revelado algo. Le costó media hora conducir el barco al sitio indicado por Mario, pero entonces también él lo vio.

El bote tenía menos de cuatro metros de largo y no era muy ancho. Era una embarcación ligera, como las que a veces llevan a remolque los barcos más grandes. Un poco a proa de la mitad del bote había un solo banco, con un agujero para plantar un mástil. Pero, o nunca había existido el mástil, o éste estaba flojo y había saltado por la borda. Con el
Garibaldi
parado y meciéndose en las olas, el capitán Ingrao se apoyó en la barandilla del puente y observó a Mario y al contramaestre Paolo Longhi, que ponían en marcha el bote salvavidas para ir en busca del náufrago. Desde su puesto elevado, pudo mirar al interior del esquife al ser éste remolcado.

El hombre yacía boca arriba, sobre varios centímetros de agua de mar. Estaba flaco y demacrado, tenía crecida la barba y se hallaba inconsciente, ladeada la cabeza y respirando en breves jadeos. Gimió varias veces cuando le izaron a bordo y los marineros tocaron sus llagados hombros y pecho.

En el
Garibaldi
había siempre un camarote vacío, para que hiciese las veces de enfermería en caso necesario, y el náufrago fue depositado en él. Mario pidió y recibió autorización para cuidarle, y pronto le consideró como algo propio y le prestó atención especial, como habría hecho un chiquillo con un perrito al que hubiese salvado de la muerte. Longhi administró al hombre una inyección de morfina, tomada del botiquín, para aliviarle el dolor, y los dos marineros empezaron a curar las quemaduras.

Por su condición de calabreses, sabían algo sobre las quemaduras por el sol y prepararon el mejor remedio para ellas. Mario trajo de la cocina, en una jofaina, una mezcla, a partes iguales, de zumo de limón y vinagre; un paño de algodón cortado de la funda de su almohada y un cuenco lleno de cubitos de hielo. Después de mojar el paño en la mezcla y envolver en él una docena de cubitos, aplicó suavemente la compresa sobre las zonas más dañadas, donde los rayos ultravioleta habían penetrado casi hasta los huesos. Pequeñas nubecillas de vapor brotaron del hombre inconsciente, al absorber el astringente helado el calor de la carne tostada. El hombre se estremeció.

—Más vale un poco de fiebre que morir de quemaduras —le dijo Mario, en italiano.

El hombre no podía oírle, y, si le hubiese oído, no le habría comprendido.

Longhi fue a reunirse con su patrón en la popa, donde había sido izado el bote.

—¿Hay algo ahí? —preguntó.

El capitán Ingrao movió la cabeza.

—El hombre no lleva nada encima. Ni reloj, ni chapa con su nombre. Sólo unos calzoncillos baratos, sin marbete. Su barba parece de unos diez días.

—Aquí tampoco hay nada —informó Ingrao—. Ni mástil, ni vela, ni remos. Ni comida, ni un frasco de agua. Y ni siquiera el bote lleva un nombre. Aunque tal vez haya saltado.

—¿Un turista en vacaciones, arrastrado hacia alta mar? —preguntó Longhi.

Ingrao se encogió de hombros.

—O el superviviente de un pequeño carguero —repuso—. Dentro de dos días estaremos en Trebisonda. Las autoridades turcas podrán averiguarlo cuando él se despierte y empiece a hablar. Mientras tanto, sigamos nuestra ruta. ¡Ah! Debemos cablegrafiar a nuestro agente allí y decirle lo que ha pasado. Necesitaremos una ambulancia cuando atraquemos.

Dos días más tarde, el náufrago, todavía medio inconsciente e incapaz de hablar, fue acostado entre blancas sábanas en una sala del pequeño hospital municipal de Trebisonda.

Mario, el marinero, había acompañado a su náufrago en la ambulancia, desde el muelle hasta el hospital, junto con el agente del barco y el oficial médico de Sanidad, que había insistido en reconocer al hombre delirante, por si tenía alguna enfermedad contagiosa. Después de esperar una hora al lado de la cama, Mario se había despedido de su inconsciente amigo y regresado al
Garibaldi
para preparar el almuerzo de la tripulación. La noche del día siguiente, el viejo carguero había zarpado.

Ahora, otro hombre estaba junto al lecho, acompañado de un oficial de Policía y del médico vestido de blanco. Los tres eran turcos, pero el hombre rechoncho vestido de paisano, hablaba un inglés aceptable.

—Puede salvarse —dijo el médico—, pero de momento, está muy grave. Insolación, quemaduras de segundo grado, agotamiento general y, a juzgar por su aspecto, no ha comido en muchos días. Está muy débil.

—¿Qué es eso? —preguntó el paisano, señalando los tubos insertos en ambos brazos del hombre.

—Gota a gota, para alimentarle; suero glucosado para contrarrestar el shock —respondió el médico—. Probablemente, los marineros le salvaron la vida al extraer el calor de las quemaduras; pero nosotros le hemos bañado en calomina para ayudar al proceso de cicatrización. Ahora, todo depende de Alá.

Umit Erdal, socio de la Compañía naviera y comercial «Erdal y Sermit», era subagente del
Lloyd
en el puerto de Trebisonda, y el agente del
Garibaldi
se alegraba de haber podido endosarle el caso del náufrago. El moreno y barbudo enfermo parpadeó ligeramente. Erdal carraspeó, se inclinó sobre aquél y dijo, en su mejor inglés, lentamente y con claridad:

—¿Cómo... se... llama?

El hombre gimió y movió varias veces la cabeza de un lado a otro. El hombre del
Lloyd
acercó más la cabeza al enfermo para escuchar.

—Zradzhenyi
—murmuró el enfermo—,
zradzhenyi
. Erdal se irguió.

—No es turco —dijo, rotundamente—, pero parece que se llama Zradzhenyi. ¿De qué país puede proceder este nombre?

Sus dos acompañantes se encogieron de hombros.

—Informaré al
Lloyd
de Londres —dijo Erdal—. Quizás ellos tengan noticia de algún barco perdido en el mar Negro.

La biblia de uso cotidiano de la hermandad mundial de la Marina Mercante es la
Lloyds List
, que se publica desde el lunes hasta el sábado y contiene editoriales, comentarios y noticias sobre temas exclusivamente navales. Su compañero de equipo, el
Lloyds Shipping Index
, consigna los movimientos de los 30.000 buques mercantes en activo del mundo: nombre del barco, propietario, pabellón, año de construcción, tonelaje, último lugar de procedencia y lugar de destino.

Ambos órganos se editan en un complejo de edificios de Sheepen Place, Colchester, en el condado inglés de Essex. Umit Erdal comunicó por télex a uno de estos edificios los movimientos de entrada y salida de buques del puerto de Trebisonda, añadiendo una breve nota a la atención de la unidad de Información Naval del
Lloyd
, radicada en el mismo edificio.

La unidad de Información Naval comprobó su registro de accidentes marítimos, confirmó que no había ninguna noticia reciente de desaparición, hundimiento o simple retraso de algún buque en el mar Negro, y pasó la nota a la oficina de redacción de la Lista. Aquí, un subdirector la incluyó como noticia breve en primera página, consignando el nombre que había dado el náufrago. La información apareció en el número de la mañana siguiente.

La mayoría de los que leyeron la Lista del
Lloyd
aquel día de finales de abril no prestaron atención al párrafo sobre el hombre no identificado del puerto de Trebisonda.

Pero la noticia captó la aguda mirada y el interés de un hombre de poco más de treinta años que trabajaba como primer oficial y empleado de confianza en una compañía de corredores de comercio marítimo situada en una callejuela londinense llamada Crutched Friars, situada en el centro de la City, esa milla cuadrada de actividades financieras y comerciales de la capital británica. Sus colegas en la empresa le conocían como Andrew Drake.

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