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Authors: Iain M. Banks

Tags: #Ciencia Ficción

Excesión

 

En la Cultura, una vasta sociedad de dimensiones galácticas, los seres humanos tienen una placentera existencia. Sin embargo, nadie había contado con el extraño suceso que tiene lugar en un remoto y olvidado extremo del universo. Excesión ha aparecido donde dos milenios y medio antes una estrella se desvaneció por completo. En la disputa por la posesión de sus secretos tencológicos, la última esperanza de la Cultura es una mujer muerta que vivió dos mil quinientos años atrás, la única persona que pudo presenciar la desaparición de la estrella.

Iain M. 
Banks

Excesión

Subtítulo

ePUB v1.0

Superpollo1968
09.12.11

Título original: Excession

Traducción de Manuel Mata Álvarez-Santullano

Cubierta: Geest/Höverstad

Ilustración: Roy Virgo, Young Artists/Thomas Schlück

© 1996, lain Banks

© 2004, La Factoría de Ideas

ISBN 978-84-95024-11-4

Prólogo

Pasados pocos más de cien días del cuadragésimo año de su confinamiento, Dajeil Gelian recibió en la solitaria torre junto al mar la visita de un avatar de la gran nave que era su hogar.

En la lejanía, entre las crecidas olas grises, flotaban los lentos y gibosos cuerpos de los moradores más grandes del pequeño mar. Chorros de vapor brotaban de las cavidades respiratorias de los animales, como geiseres fantasmales e insustanciales entre las bandadas de aves que acompañaban al banco, haciéndolas ascender y virar y chillar, escorándose y batiendo las alas en el aire frío. En las alturas, apareciendo y desapareciendo entre las capas de nubes teñidas de rosa, como pequeñas nubéculas a su vez, se movían otras criaturas, dirigibles y cometas que recorrían la alta atmósfera con las alas y los doseles extendidos, calentándose bajo la luz acuosa de un nuevo día.

La luz provenía de una línea que cruzaba el cielo, no de un punto, porque el lugar en el que Dajeil Gelian vivía no era un mundo normal. La solitaria hebra de borrosa incandescencia nacía cerca del lejano horizonte oceánico, se extendía por el cielo y desaparecía sobre el labio erizado de follaje del acantilado de dos mil metros situado un kilómetro más allá de la playa y la solitaria torre. Al alba, parecería que la línea solar se habría levantado desde el horizonte de estribor. A mediodía estaría directamente sobre la torre y al llegar la puesta de sol parecería desaparecer en el mar, a babor. Ya era media mañana y la línea había completado la mitad de su recorrido de ascenso, describiendo un brillante arco por la bóveda como una comba en un eterno giro a cámara lenta sobre el día.

A ambos lados de aquel filamento de luz entre amarilla y blanca se veía el cielo –el cielo de verdad, el cielo que había sobre las nubes–: una presencia ominosa, de aspecto sólido, entre marrón y negra, que sugería las presiones y temperaturas extremas reinantes en su interior y en la que se movían otros animales por un paisaje de química completamente tóxica para el mundo inferior pero que, en su forma y su densidad, era el reflejo perfecto del océano gris azotado por el viento.

Una procesión regular de olas rompía contra el grisáceo glacis que formaban los guijarros de la playa, batiendo añicos de concha enterrados, diminutos fragmentos de caparazones vacíos, finas y frágiles lascas de restos marinos, astillas de madera barnizada de mar, guijarros de espuma de piedra picada que parecían delicadas canicas de hueso poroso y una colección variopinta de sedimentos marinos procedentes de un puñado de centenares de planetas diferentes dispersos por toda la enorme galaxia. La espuma saltaba allí donde las olas caían sobre la costa y arrastraba el olor salado del mar por toda la playa, por la maraña de raquítica vegetación que marcaba sus linderos, sobre el bajo muro de piedra que proporcionaba cierta protección al jardín de la torre, orientado hacia el mar y –tras enroscarse en la propia y achaparrada construcción y escalar el elevado muro que había más allá–, arrastraba de forma intermitente el fuerte olor a yodo hasta el jardín cercado del interior, donde Dajeil Gelian cuidaba de macizos elevados de brillantes flores desplegadas, de las formas crujientes y medio achaparradas de unos espinos y de una maleza salvaje de flores sombrías.

La mujer escuchó el tintineo de la campanilla de la entrada orientada a tierra firme pero ya sabía que tenía visita porque el pájaro negro, Gravious, se lo había dicho. Pocos minutos antes había descendido de los cielos nublados y había lanzado un graznido, "¡Compañía!", junto con una temblorosa recolección de presas que guardaba en el pico antes de volver a partir en busca de más insectos para su despensa invernal. Mientras el ave se alejaba, la mujer había respondido con un gesto afirmativo, al tiempo que enderezaba la espalda y se llevaba las manos a la región lumbar, y a continuación había acariciado con aire ausente su hinchado abdomen a través de la gruesa tela del pesado vestido que llevaba.

El mensaje que traía el ave no necesitaba mayor elaboración. En las catorce décadas que había vivido allí sola, Dajeil solo había recibido una visita, la del avatar del navío al que veía como anfitrión y protector, y que en aquel mismo momento estaba apartando con rapidez y precisión las ramas de un espino mientras bajaba por el camino de la entrada orientada a tierra. Lo único que Dajeil encontró sorprendente fue que su visitante estuviera allí en aquel momento. El avatar le hacía –siempre como si se dejara caer por allí en medio de un paseo por la costa– una corta visita cada ocho días y normalmente solía hacerle otra más larga y formal –en la que desayunaban, almorzaban o cenaban, según correspondiera– cada treinta y dos días. De acuerdo con este horario, Dajeil no esperaba una visita del representante de la nave hasta dentro de cinco días.

Con un movimiento cauto, introdujo un mechón suelto de su cabello bajo la sencilla banda con la que se recogía el pelo y saludó con un gesto de la cabeza a la alta figura que se le acercaba entre los retorcidos troncos.

–Buenos días –dijo.

El avatar de la nave se llamaba a sí mismo Amorphia, nombre que, según parecía, tenía un significado razonablemente profundo en una lengua que Dajeil no conocía y que nunca se había creído en la necesidad de aprender. Amorphia era una criatura enjuta, pálida y andrógina, tan flaca que era casi esquelética, y una cabeza más alta que Dajeil, que ya de por sí era esbelta y alta. Durante los últimos doce años, el avatar había adoptado la costumbre de vestir por completo de negro, y fue con pantalones negros, con una camisa negra y un chaleco corto y negro, y con el rubio y corto pelo rubio cubierto por un capacete del mismo color como se presentó ahora. Se quitó el capacete y se inclinó ante Dajeil, sonriendo como si se sintiera inseguro.

–Buenos días, Dajeil. ¿Te encuentras bien?

–Me encuentro bien, gracias.

Dajeil hacía tiempo que había dejado de protestar, y de hecho hasta de sentirse molesta, por unas formalidades que se le antojaban del todo redundantes. Estaba convencida de que la nave la vigilaba con el cuidado suficiente para conocer con toda precisión su estado de salud –que, de todos modos, siempre era perfecto– pero a pesar de todo estaba dispuesta a participar de la pretensión de que no era objeto de una vigilancia escrupulosa y que, por tanto, la pregunta tenía sentido. Sin embargo, lo que no estaba dispuesta a hacer era pagar a la nave con la misma moneda, preguntando por el estado de salud de lo que era, o bien una entidad con forma y constitución humana que ejercía únicamente –por lo que ella sabía– como representante de la nave ante ella, o bien la nave misma.

–¿Entramos? –preguntó.

–Sí. Gracias.

 

* * *

 

La cúpula de cristal traslúcido del edificio –orientada a un cielo cada vez más nuboso y grisáceo– iluminaba desde arriba la cámara superior, y desde los lados lo hacían unas pantallas holográficas de brillo suave, de las cuales una tercera parte mostraba escenas submarinas verdes y azuladas, protagonizadas normalmente por alguno de los grandes mamíferos y peces que habitaban el mar que se extendía al exterior, una tercera parte imágenes brillantes de nubes de vapor de agua de aspecto liviano y las criaturas gigantescas voladoras que jugueteaban entre ellas, y la última parte, aparentemente desenfocada –en frecuencias inaccesibles al ojo humano– el oscuro y denso marasmo de la comprimida atmósfera, más propia de un gigante gaseoso, del cielo artificial que había sobre ellos y en la que se movían criaturas aún más extrañas.

Sentada en un sofá y rodeada de cobertores, cojines y tapices de brillantes colores, Dajeil alargó la mano hacia una mesa baja hecha de hueso tallado de arremolinado trazo y sirvió una infusión caliente de zumos de hierbas de una jarra de cristal en una copa de vidrio vaciado con base de filigrana de plata. Se reclinó en su asiento. Su invitado, sentado con aire incómodo en el borde de una delicada silla de madera, levantó la copa, llena a rebosar, recorrió la habitación con la mirada y a continuación se la llevó a los labios y bebió. Dajeil sonrió.

El avatar Amorphia había sido moldeado de forma deliberada para que no pareciera un macho ni una hembra, sino tan perfecta y artificialmente suspendido entre la masculinidad y la feminidad como fuera posible, y la nave jamás había alimentado la pretensión de que su representante fuera otra cosa que una criatura de su hechura, dotada solo de la más superficial independencia intelectual. Sin embargo, a la mujer aún le divertía encontrar modos propios de verificar que aquel aparente ser humano no tenía nada de humano.

Se había convertido en uno de los pequeños juegos privados a que jugaba con la cadavérica y andrógina criatura: le ofrecía una copa, taza o vaso lleno hasta el borde de la bebida apropiada –de hecho, en ocasiones, lleno más allá del borde, de tal modo que lo único que impedía que el líquido se vertiera era la tensión superficial– y a continuación observaba cómo se la llevaba Amorphia a los labios y bebía, todas y cada una de las ocasiones, sin derramar una sola gota ni prestar al acto ninguna atención especial; una hazaña de la que ningún ser humano que ella hubiera conocido habría sido capaz.

Dajeil dio un sorbo a su propia copa y sintió cómo se abría camino por su garganta la calidez de la bebida. En su interior se agitó el niño y ella, sin pensarlo en realidad, se dio unas suaves palmaditas en el vientre.

La mirada del avatar parecía clavada en una pantalla holográfica concreta. Sin levantarse, Dajeil se volvió, miró en la misma dirección y descubrió el violento espectáculo desplegado en dos de las pantallas que mostraban el medio gaseoso de la alta atmósfera: un banco de los depredadores que coronaban la cadena trófica del hábitat –criaturas afiladas, con cabezas en forma de flecha, dotadas de aletas como los misiles, envueltas en los gases que expelían por sus orificios impulsores– estaba apareciendo desde ángulos distintos, saliendo de una gigantesca columna nubosa y precipitándose a través de una atmósfera más clara sobre un grupo de animales vagamente parecidos a aves que pastaban junto al borde de la cima de una nube alargada. Las aviarias criaturas se desperdigaron: algunas de ellas se encogieron y cayeron, otras se alejaron batiendo desesperadamente las alas y otras, paralizadas por el terror, desaparecieron en el interior de la nube. Los depredadores, rápidos como rayos, fueron tras ellas. La mayoría no logró alcanzar sus presas pero unos pocos, mordiendo, desgarrando y matando, se salieron con la suya.

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