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Authors: Arturo Pérez-Reverte

El puente de los asesinos (3 page)

BOOK: El puente de los asesinos
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—Venecia... Esa puta del mar, desvergonzada e hipócrita.

Un dedo de don Francisco se detuvo sobre la cuña de territorio que se adentraba en el norte de la península, desde el golfo Adriático hasta los confines españoles del Milanesado. El poeta casi escupía las palabras, y Diego Alatriste supo por qué. Ni a Quevedo ni a nadie se les escapaba que en la desgracia del duque de Osuna habían tenido mucho que ver las envidias e intrigas de la corte de Madrid, pero también el oro de la Serenísima.

—República parásita —continuó diciendo Quevedo—, aristocracia de mercaderes, vive de promover disturbios a otros. Se alía con príncipes a los que teme, para destruirlos a la sorda. Más paz y victorias le dan las guerras en las que mete a sus amigos que las que declara a sus enemigos... Sus embajadores son espías, su oro estímulo de sediciones. Es gente sin más religión que su interés. Permite en su suelo escuelas públicas de las sectas de Calvino y de Lutero. Alquilados sus ejércitos, vence vendiendo y comprando, no peleando... Venecia es una ramera, como digo, que gana con su cuerpo para que otros la defiendan, y tiene por chulos a Francia y Saboya. Y siempre fue así. Después de Lepanto, cuando Roma, España y toda Europa fiaban en los pactos establecidos, la Serenísima Zorra se apresuró a firmar en secreto las paces con el turco.

La elocuencia de don Francisco era casi literaria, observó Diego Alatriste. Incluso en un antiveneciano convencido, como era su viejo amigo, la retórica parecía excesiva. Se diría que recitaba de memoria uno de aquellos opúsculos que en los últimos tiempos escribía a satisfacción del conde-duque. Al fin, mirando de reojo al caballero que seguía apoyado en la chimenea y escuchaba el discurso con manifiesta aprobación, creyó comprender la causa: Quevedo estaba planteando en voz alta la doctrina oficial. La justificación, que en algún momento posterior sería pública, de lo que allí se tramaba, o empezaba a tramar. Y como el gato escaldado hasta del agua fría recela, Alatriste se preguntó, con un nuevo estremecimiento de inquietud, qué parte de todo aquello —nunca la más grata ni la mejor pagada, como de costumbre— acabaría cayendo sobre sus espaldas.

—Esos republicones —remataba Quevedo— han puesto toda su atención en el Adriático, llamándolo golfo suyo... Y con la fábula de apellidarse defensores de Italia y la fe cristiana, diciendo que les pertenece el dominio de ese mar para limpiarlo de corsarios, dejan que lo naveguen a su placer holandeses, moros y turcos, enemigos todos de la religión católica.

Se interrumpió de pronto, cual si hubiera agotado los argumentos. Fruncía el ceño, pareciendo considerar si olvidaba algo. Sus lentes cayeron del puente de la nariz, colgando del cordón. Después miró al caballero de la chimenea, vertió vino en la otra copa y la apuró de un largo trago, sin respirar, como si necesitara remojar la palabra. Fue entonces cuando el otro se apartó de la chimenea, vino hasta la mesa y contempló pensativo el mapa de Italia. Aún tenía una mano apoyada en la cadera y sonreía de una manera extraña, consideró Alatriste. Como el garitero que baraja naipes con más flores que mayo.

—Vamos a darles una lección —dijo.

—A esos hideputas —remachó el poeta, brutal, chasqueando la lengua mientras dejaba sobre los papeles la copa vacía.

Se trataba de eso, entonces. Diego Alatriste se estremeció de nuevo en sus adentros. Era mastín viejo. Empezaba a cuajar lo que hervía en la olla.

—¿Como la conjura de hace nueve años?

Arriesgó esa idea y luego aguardó, impasible. Los ojos del caballero desconocido lo cribaron de arriba abajo, arrogantes al principio y reflexivos después. Parecieron concluir, al cabo, que las circunstancias justificaban aquella pregunta. También una respuesta.

—Nunca la hubo —dijo, sereno—. No, al menos, como se cuenta. Y podéis creerme, pues yo también, como don Francisco, estaba cerca del duque de Osuna en aquella ocasión... El año dieciocho, alarmados los venecianos por la turba de aventureros, espadachines, corsarios y ladrones que componían sus tropas asalariadas a punto de amotinarse, limpiaron sentinas usando a España como pretexto... ¿Iban a derrocar a la República dos corsarios, un viejo borracho y unos cuantos buscavidas sin fama, créditos ni recursos?

Se quedó callado, mirando primero a Quevedo y luego otra vez a Alatriste. El silencio fue tan largo que éste creyó oportuno decir algo. Cual si los otros pareciesen esperar que lo hiciera.

—No creo —aventuró.

Lo dijo inseguro, pero el caballero pareció satisfecho al oír aquello. Se volvía ahora a medias hacia Quevedo tocándose la barba, como si acabasen de entrar, a satisfacción suya, en otra clase de terreno. La idea de la conspiración, explicó en tono algo más afable, les había ido de perlas a los venecianos. Gracias al escándalo que organizaron, ya no estaba en Italia aquel insigne triunvirato que sostenía en Italia los blasones de Castilla: el embajador Bedmar en Venecia, el marqués de Villafranca en Milán y el duque de Osuna en Nápoles. A este último le envenenaron gloria y fama hasta hundirlo con el proceso que lo hizo morir en prisión. Con ello, la política del Consejo de los Diez había triunfado: apenas salió Osuna de Italia, negoció Venecia con el turco, estrechó la amistad con saboyanos y piamonteses, encendió de nuevo la contienda de la Valtelina, y hacía dos años había logrado que se formara la Liga de Aviñón: esa alianza contra natura sólo explicable por el terror que a todos causaba España. Una liga con la que el papa, Francia, Inglaterra, Dinamarca, Holanda, Saboya y los estados protestantes de Alemania buscaban la ruina de la monarquía católica y la casa de Austria.

—Tarde advirtió la corte española sus errores —concluyó—. Iban el rey Felipe y el emperador Fernando a enviar ejércitos que aplastasen a Venecia, cuando la guerra en Flandes y en Europa nos distrajo tropas y energías... No puede haber ya campaña abierta en el norte de Italia. Pero sí hay oportunidad para poner las cosas en su sitio, de otra manera, haciendo lo que no se hizo hace nueve años... Haciéndolo de verdad.

Digirió Alatriste aquello lo mejor que pudo. Lo que más lo inquietaba era el tono de confidencia. Que se lo contaran de esa manera, casi de vuestra merced a vuestra merced, cual si todos estuviesen metidos en idéntico negocio. Don Francisco y el desconocido lo miraban ahora como alanos rondando un hueso con mucho tuétano. Tragó saliva. En qué maldito embrollo, se dijo desolado, me están metiendo.

—¿Una segunda conjura? —aventuró de nuevo.

Alzó el caballero un dedo admonitorio, aunque sin severidad. Parecía un gesto divertido. Cómplice. Eso intranquilizó a Alatriste todavía más.

—Ya os digo que nunca hubo primera. Aquello fue más propaganda veneciana que otra cosa... Lo de ahora va en serio.

—¿Y qué tengo yo que ver?

Con una sonrisa de afecto, sin duda sincera, don Francisco de Quevedo cogió su copa vacía de la mesa, y tras llenarla de nuevo se la ofreció a Diego Alatriste. La sostuvo éste un momento en la mano, y tras una corta vacilación mojó el mostacho, sin apartar los ojos de la cruz de Calatrava que el caballero desconocido lucía en el lado izquierdo del pecho. Que le ofrecieran vino lo asustaba todavía más que una parla a gaznate seco.

Entonces recordó el viejo refrán: cuando al soldado le dan de beber, o está jodido o lo van a joder.

—Voto a Cristo, Íñigo. Estás hecho un hombretón.

Me sentía feliz por ver de nuevo a don Francisco. Había pasado un año y medio desde la última vez, cuando nos despedimos en Madrid tras el asunto del jubón amarillo y la conspiración que estuvo a punto de costar la vida al rey nuestro señor durante una cacería en El Escorial.

—Un hombre de una pieza, joven y gallardo... No como nosotros, querido capitán, que empezamos a aparentar la edad que tenemos.

Era de nuevo el afecto habitual. La vieja intimidad entre nosotros, felizmente recobrada. Celebrábamos nuestro reencuentro con una comida para tres en una hostería de Pizzo-falcone, bajo un emparrado seco y un toldo de lona que nos protegía del sol napolitano, espléndido pese a lo avanzado de la estación: zuquinis en aceite y vinagre, pichones asados, jigote de cabrito y buena provisión líquida de greco y lacrimachristi. El paisaje era soberbio: el mar de un azul intenso surcado por velas blancas, el Vesubio lejano, humeante sobre su ladera oscura, y la ciudad hermosa que se extendía a nuestros pies, en torno a las faldas de la colina. El puerto con sus galeras y naves amarradas, Castilnuovo y el palacio del virrey a un lado, la eminencia fortificada de San Elmo a nuestra espalda, y la playa de Chiaia a la otra parte, con sus palacios alineados, la arboleda inicial y la hermosa playa que se curvaba, semicircular y franca, hacia Mergelina y las verdes alturas del Posílipo.

—Intervendrá en el negocio, supongo.

Don Francisco había pronunciado esas palabras entre dos tientos al vino, como al descuido, pero observando de reojo al capitán Alatriste. Advertí que éste me miraba del mismo modo por un breve instante. Después se echó hacia atrás en la silla —tenía desabrochado el jubón y abierto sobre el pecho el cuello de la camisa— y perdió la vista en el horizonte azul, allí donde la isla de Capri se difuminaba en la distancia.

—Depende de él —dijo, inexpresivo.

Me lo habían contado con los pichones, muy por encima, sin entrar en detalles. Un golpe de mano en Venecia, por Navidad. Ajuste de cuentas con aquellos comedores de hígado encebollado, tornadizos como cantoneras de todo trance. La letra menuda se le contaría al capitán más adelante. Se nos contaría, si yo terminaba pidiendo naipe de aquella descuadernada.

—Depende de ti —repitió don Francisco, mirándome con franqueza.

Encogí los hombros. La vida junto a mi antiguo amo, Madrid, Flandes y el Mediterráneo, había hecho de mí lo que era: un mozo de manos recias y buen ojo, sereno a la hora de desnudar la sierpe, diestro en el oficio de acuchillar y ser acuchillado. Con maneras de soldado y edad suficiente para tomar decisiones.

—Con el capitán —dije— bajo al infierno.

Sonó a bernardina de jaque, y sólo me faltó añadir «digo, y no digo más», para sentar plaza de bravonel en la hostería. Yo era en aquel tiempo mozo audaz y reñidor, quisquilloso como buen vascongado, celoso de mi reputación y amigo de pregonarla; pues la juventud, como es sabido, muchas veces gana en alientos lo que pierde en prudencia.

—No sería la primera vez —apuntó don Francisco.

Sonreía, un punto irónico, por los fieros leonescos de mi arrebato. Pero eso no me ofendió en absoluto, pues su afecto incondicional y generoso me lo había demostrado mil veces. Por su parte, el capitán Alatriste entornaba los ojos sin dejar de mantenerlos fijos en el mar, por donde una galera con las velas aferradas en las entenas venía bogando a manera de ciempiés, desde levante.

—La idea —dijo don Francisco bajando la voz, aunque estábamos solos— es concentrar a varios grupos de gente segura a partir de Milán, y meterlos poco a poco en la ciudad, con disimulo. Otros llegarán por mar. Todos deberán estar dispuestos para actuar el día y la hora previstos.

—¿Españoles?

—En parte. Pero también de otras naciones. Se cuenta con algunas tropas mercenarias dálmatas y tudescas al servicio de la República... Sus jefes están ganados para la causa. También hay venecianos implicados.

Don Francisco le dio otro tiento al lacrimachristi, del que habíamos liquidado entre los tres casi azumbre y medio. Los años, observé, no le habían cambiado los hábitos. Seguía siendo concienzudo escurridor de jarros, como en Madrid. Gran bebedor bajo buena o mala capa, aunque no tanto como el capitán Alatriste, que parecía tener de esponja las asaduras. Esta vez la suerte favorecía al poeta y la capa era buena; estaba doblada sobre una silla de la hostería: negra, de terciopelo con vueltas de seda. Los que vivía eran tiempos felices, de posición y privanza. La muerte reciente de una tía rica —doña Margarita Quevedo— y el favor del conde-duque y la reina lo tenían, de momento, en lo alto de su fortuna. En la cumbre de las letras y la política.

—Todo lo lleva el gobernador de Milán —prosiguió—. Dentro de un par de semanas empezará a disponer tropas en la frontera con el estado veneciano, que en caso necesario avanzarán por Brescia, Verona y Padua, a fin de respaldarlo todo. Al mismo tiempo, diez galeras con bandera austríaca e infantería española, gente de los tercios de Nápoles y Sicilia, forzarán la entrada del Adriático, con el pretexto oficial de dirigirse a algún puerto del emperador, en el Friuli.

—Diciembre no es tiempo de galeras —objeté.

—De ésas, sí. Para este asunto, cualquier tiempo resulta bueno.

—¿Y qué se espera de nosotros?

—Lo conocerás a su debido tiempo —don Francisco miró a mi antiguo amo, que seguía contemplando el mar—. El papel de vuestra merced es importante, de todas formas. Y secreto. Se le comunicará por partes, durante el viaje... Hay dos etapas previstas: Roma y Milán. Yo os acompañaré hasta la primera, y allí os desearé suerte después de poneros en buenas manos.

El capitán Alatriste permanecía inmóvil, recostado en el respaldo de su silla. En el perfil tostado y aguileño, la claridad del día y el reflejo del sol en el mar le aclaraban aún más la mirada. Los ojos, absortos en la distancia, se veían de un color verde muy claro, casi transparente.

—Nunca hubiera imaginado veros en negocio de tal calibre.

Lo dijo pensativo, sin mirar al poeta. Sonrió éste y dijo que tampoco él se hubiera imaginado a sí mismo, pero que nadie escapaba a ciertos fantasmas. Sabedor de su intenso pasado italiano, explicó, el conde-duque había requerido sus servicios sin darle opción a negarse. Todo muy al estilo Olivares, que acostumbraba hacer las cosas en plan ordeno y mando. Además, en la trama había personas a las que don Francisco conocía bien: el embajador de España en Roma era íntimo suyo, con el gobernador de Milán mantenía correspondencia desde mucho tiempo atrás, y de la época junto al duque de Osuna conservaba material valioso, documentos y contactos utilísimos para la empresa. En cuanto al caballero con el que se habían visto en la vía Piedegruta, era nada menos que don Francisco Vázquez de La Coruña, marqués de los Mariscales, viejo amigo suyo y brazo derecho del virrey de Nápoles. Imposible zafarse del compromiso.

—Así que, con mi actual posición en la Corte, no podía esquivar el bulto —concluyó—,
Oboedite praepositis
, como decía San Pablo... Tampoco me habría negado, en cualquier caso. El de Osuna era mi amigo, y no olvido el papel que Venecia tuvo en su ruina. El nunca toleró a la República sus demasías e insolencias, el obstaculizar nuestra presencia en el Adriático, la poca religión y la mucha desvergüenza... Arrieros somos, y ya es hora de encontrarnos en el camino.

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