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Authors: Denise Dresser

Tags: #Ensayo

El país de uno

 

Denise Dresser, la politóloga más severa de México entrega en este libro un diagnóstico audaz y demoledor de la situación política y social que impera en México; denuncia la corrupción de sus instituciones, la voracidad de los monopolios, la nociva parcialidad de las televisoras con el manejo de la información, y las componendas oscuras de líderes sindicales y de partidos.

El país de uno
es una denuncia valiente a los Salinas y sus pactos siniestros; a los Romero Deschamps que exhiben su riqueza con cinismo; a los Montiel que pasean su impunidad por el mundo; a La Maestra Gordillo y su ejercicio cuestionable del poder; a los Fox con su enorme presunción de ineptitud; a los Kamel Nacif y sus cómplices de la barbarie; a los políticos que encubren a pederastas, a los legisladores que mienten sin escrúpulos.

Denise Dresser

El país de uno

Reflexiones para entender y cambiar a México

ePUB v1.0

gosubUSK
19.08.12

Título original:
El país de uno

Denise Dresser, 2011.

Editor original: gosubUSK(v1.0)

ePub base v2.0

Para Germán Dehesa.

Recordado, extrañado.

Para Julia, Samuel y Sebastián.

Lo más importante.

PRÓLOGO:
LA TAREA QUE NOS TOCA

Los buenos ciudadanos no nacen, se hacen
.

S
PINOZA

MIRAR A MÉXICO CON MÁS HONESTIDAD

Alguna vez, el periodista Julio Scherer García le pidió a Ernesto Zedillo que le hablara de su amor por México. Le sugirió que hablara del arte, de la geografía, de la historia del país. De sus montañas y sus valles, sus volcanes, sus héroes y sus tardes soleadas. El expresidente no supo qué contestar. Hoy es probable que muchos mexicanos tampoco sepan cómo hacerlo. Hoy el pesimismo recorre al país e infecta a quienes entran en contacto con él. México vive obsesionado con el fracaso. Con la victimización. Con todo lo que pudo ser pero no fue. Con lo perdido, lo olvidado, lo maltratado. México estrena el vocabulario del desencanto. Se siente en las sobremesas, se comenta en las calles, se escucha en los taxis, se lee en las pintas, se lamenta en las columnas periodísticas, se respira en los lugares donde aplaudimos la transición y ahora padecemos la violencia.

México vive lo que el politólogo Jorge Domínguez, en un artículo en
Foreign Affairs
, baut izó como la “fracasomanía”: el pesimismo persistente ante una realidad que parece inamovible. Muchos piensan que la corrupción no puede ser combatida; los políticos no pueden ser propositivos; la sociedad no puede ser movilizada; la población no puede ser educada; los buenos siempre sucumben; los reformadores siempre pierden. La luz al final del túnel sólo ilumina el tren a punto de arrollar a quienes no pueden eludir su paso. El país siempre pierde. Los mexicanos siempre se tiran al vacío desde el Castillo de Chapultepec y no logran salir de allí. Por ello es mejor callar. Es mejor ignorar. Es mejor emigrar.

En México, como diría Elías Canetti, los pesimistas son superfluos y la situación actual demuestra por qué. Éstos son los tiempos nublados de muertos y heridos. De poderes fácticos y reformas postergadas. De priístas robustecidos y panistas divididos. De ciudadanos que quieren vigilar el poder y de partidos que abusan de él. Del sabotaje a las instituciones electorales y del auto-sabotaje de la izquierda.Todos los días leemos una crónica de catástrofes; una crónica de corruptelas; una crónica de personajes demasiado pequeños para el país que habitan.

México partido entre la “triste tristeza” de unos y la precaria tranquilidad de otros. México dividido entre la cabizbaja confusión de unos y la contundente certidumbre de otros. País que alberga a quienes compran en
Saks Fifth Avenue
e ignoran a quienes piden limosna en los camellones a unos metros de allí. País que preserva su pasado pero también lo habita. Orgulloso de la modernidad que ha alcanzado pero impasible ante los millones que no la comparten. Paraje peleado con sí mismo, impulsado por los sueños del futuro y perseguido por los lastres del pasado. El México nuestro. De rascacielos y chozas,
BMW
s y burros, internet y analfabetismo, murales y marginados, plataformas petroleras y ejidos disecados, riqueza descomunal y pobreza desgarradora. País sublime y desolador.

Habrá muchos que aplaudirán lo logrado en las últimas décadas: la transición electoral, la estabilidad macroeconómica, el Tratado de Libre Comercio, la creación de una clase media que comienza —poco a poco— a crecer, el ingreso per cápita de casi nueve mil dólares, el programa Oportunidades. Logros, sin duda, pero demasiado pequeños ante el tamaño de los retos que el país enfrenta. Democracia. Equidad. Buen gobierno. Justicia. La posibilidad de un México capaz de soñar en grande.

Ante esos retos surge el imperativo de que los mexicanos evalúen a su país y a sí mismos con más honestidad. Sin las anteojeras de los mitos y los intereses y los lugares comunes que buscan minimizar los problemas. Sin las máscaras que Octavio Paz describió en
El laberinto de la soledad
, y que contribuyen a nuestro pernicioso “amor a la Forma”. En México mostramos una peligrosa inclinación por ordenar superficialmente la realidad en vez de buscar su transformación profunda. México, la nación que no logra encarar sus problemas con la suficiente franqueza y por ello transita de acuerdo en acuerdo, de reforma minimalista en reforma minimalista, de paliativo en paliativo, del laberinto de la soledad al yugo de las bajas expectativas.

La reverencia al
statu quo
que tantos mexicanos despliegan contribuye a inhibir el cambio, a embargar el progreso, a coartar la creatividad. Convierte a los hombres y a las mujeres del país en espectadores, postrados por la devoción deferencial a una narrativa que necesitarán trascender si es que desean avanzar. Esa historia memorizada de tragedias inescapables, conquistas sucesivas, humillaciones repetidas, traiciones apiladas, héroes acribillados. Esa historia oficial, fuente de actitudes que dificultan la conversión de México en otro tipo de país. Actitudes fatalistas, resignadas, conformistas, profundamente enraizadas en la conciencia nacional.

Actitudes compartidas por quienes asocian el cambio con el desastre y perciben la estabilidad como lo más a lo que es posible aspirar. Actitudes desplegadas por los apologistas del pasado que obligan al país a cargar con su fardo. Incapaces de comprender que “todo eso que elogian es lo que hay que desmontar”, en palabras de Sebastián, el personaje modernizador de la novela
La conspiración de la fortuna
de Héctor Aguilar Camín. Incapaces de enderezar lo que la Revolución y el
PRI
, la reforma agraria y el corporativismo, y la corrupción, enchuecaron. Incapaces de entender que parte de México se ha modernizado pero a expensas de sus pobres. Incapaces de reconocer que la idea del gobierno como receptáculo del interés público es tan ajena como lo era en la época colonial.

Que las familias poderosas buscan proteger sus feudos tal y como lo han hecho desde la Independencia. Que la línea divisoria entre los bienes públicos y los intereses privados es tan borrosa como después de la Revolución. Que el ejido proveyó dignidad a los campesinos, pero no una ruta para que escaparan de la pobreza. Que el
PRI
creó instituciones pero también pervirtió sus objetivos. Que los políticos hábiles, fríos, camaleónicos cruzan de una pandilla a otra como lo han hecho durante décadas. Que la república mafiosa continúa construyendo complicidades con licencias y contratos, y concesiones y subsidios. Que la vasta mayoría de los mexicanos no puede influenciar el destino nacional, hoy como ayer. Que la falta de un gobierno competente está en el corazón de nuestra historia. Que México ha cambiado en los últimos doscientos años, pero no lo suficiente.

Aunque es cierto que algunas prácticas del pasado han sido enterradas, numerosos vicios institucionales asociados con el autoritarismo siguen allí, coartando la representación ciudadana y la gobernabilidad democrática. México no camina en una dirección lineal hacia un mejor estadío político y económico; más bien cojea hacia adelante para después retroceder. México parece vivir en un permanente estira y afloja entre la posibilidad de cambio y los actores que buscan evitarlo. Entre la ciudadanía anhelante y la clase política que se empeña en defraudar sus expectativas.

Porque la celebrada “transición votada” ha resultado ser un arma de doble filo. Durante la última década, las élites políticas del país se han centrado en el proceso electoral sin reformar el andamiaje institucional. Y ese andamiaje ya no funciona. El sistema político se ha convertido en un híbrido peculiar: una combinación de remanentes autoritarios que coexisten con mecanismos democráticos. La transparencia avanza pero la opacidad persiste. La apertura continúa pero la cerrazón también. La democracia electoral sobrevive pero con dificultades y demostrando sus límites. Reformas indispensables son saboteadas —una y otra vez— por intereses que se verían afectados con su aprobación.

Los sindicatos y los partidos, y los monopolios públicos y los emporios empresariales no han aprendido a adaptarse a las exigencias de un contexto más democrático. Al contrario, explotan la precariedad democrática en su favor, cabildeando para obstaculizar los cambios en lugar de sumarse a ellos. Resistiendo demandas a la rendición de cuentas, al estilo del
SNTE
. Rechazando el recorte a su presupuesto, al estilo de los partidos políticos. Obstaculizando la competencia, al estilo de los multimillonarios mexicanos en la lista de
Forbes
. Criticando la eliminación de los privilegios fiscales, al estilo de las cúpulas del sector privado. Chantajeando a la clase política, al estilo de Televisa. Condicionando cualquier reforma fiscal o laboral a la supervivencia de personajes impunes, al estilo del
PRI
. En la nueva era todavía andan sueltos los viejos demonios. La corrupción. El patrimonialismo. El rentismo. El uso arbitrario del poder y la impunidad con la que todavía se ejerce.

Por un lado existe una prensa crítica que denuncia; por otro, proliferan medios irresposables que linchan. Por un lado hay un federalismo que oxigena; por otro, hay un federalismo que paraliza. Por un lado hay un Congreso que puede actuar como contrapeso; por otro, hay un Congreso que actúa como saboteador. El poder está cada vez menos centralizado pero se ejerce de manera cada vez más desastrosa. Como lo escriben Sam Dillon y Julia Preston en
El despertar de México
, México pasa del despotismo al desorden. México es un país cada vez más abierto pero cada vez menos gobernable. México ha transitado del predominio priísta a la democracia dividida; del presidencialismo omnipotente a la presidencia incompetente; del país sin libertades al país que no sabe qué hacer con ellas. El país de la democracia fugitiva. El país de la violencia sin fin.

Las principales batallas no se están librando en torno a cómo construir un sistema político —y económico— más representativo y más eficaz, sino en cómo mantener el control de cotos y partidas y prerrogativas y privilegios. El gobierno quiere recaudar más, pero se muestra renuente a explicar para qué y en nombre de quién. El
PRI
quiere aumentar el flujo de recursos para sus gobernadores pero no está dispuesto a enjuiciarlos cuando han incendiado sus estados, o permitido la protección de pederastas en sus confines. Los partidos políticos quieren la reforma del Estado, pero siempre y cuando no incluya mecanismos indispensables para la rendición de cuentas a su actuación. Andrés Manuel López Obrador quiere la refundación del país, pero cree que sólo él tiene la legitimidad para encabezarla. Todos se posicionan para lucrar políticamente, sin mirar a la ciudadanía que paga el precio de ese afán.

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