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Authors: Pascal Quignard

Tags: #Ensayo, Filosofía

El odio a la música

 

No podemos no oír. Oímos desde antes de nacer y hasta mientras morimos. Oír proviene del latín obaudire, que en castellano terminó dando "obedecer". ¿Podemos no obedecer a la música? Hoy parece haber música en todas partes, continuamente, en los taxis, en los restaurantes, en la calle, en las casas… La sorpresa es el silencio, y el vértigo. Hoy, además, en el siglo XX, por primera vez, si escuchamos música, escuchamos la de otro siglo, no la que hoy se escribe y a veces se ejecuta. Considerando lo anterior -y mucho, mucho más-, Pascal Quignard indaga en las raíces de la música, en su invención, su creación, en el modo como nos afecta y se la ha utilizado y utiliza. Hace esto recurriendo a una erudición asombrosa y a una disciplina intelectual acreditada en decenas de libros publicados; disciplina y entusiasmo erudito que van acompañados -y esto es poco habitual y decisivo- por una imaginación aguda y flexible que le permite establecer conexiones inesperadas y generalmente insospechadas. El odio a la música está construido, además, "musicalmente", por ejemplo con temas que se insinúan, se anuncian o se desarrollan y que posteriormente se retoman, conectan, se replican y complican. Como otros libros de Pascal Quignard, este necesita de una lectura pausada y reiterada, obliga a relectura. El resultado: todo un territorio y un horizonte olvidados, poco dichos, en rigor nuevos.

Pascal Quignard

El odio a la música

Diez pequeños tratados

ePUB v1.0

MadHatter
30.07.12

Título original:
La Haine de la Musique

© 1996, Calmann-Lévy

© de la traducción y notas: Pierre Jacomet, 1998

ISBN 84-89691-48-7

Editor original: MadHatter (v1.0)

ePub base v2.0

PRIMER TRATADO

Las lágrimas de San Pedro

Rodeamos de lienzos una desnudez sonora, extremos a, lastimada, infantil, que perdura sin expresión en lo más hondo de nosotros. Estos lienzos son de tres clases: las cantatas, las sonatas, los poemas.

Lo que canta, lo que suena, lo que habla.

Con ayuda de estos lienzos, así como procuramos sustraer a la escucha ajena la mayoría de los ruidos de nuestro cuerpo, sustraemos a nuestro propio oído algunos sones, algunos gemidos más antiguos.

*

La
Mousiké
-dice un verso de Hesíodo- vierte pequeñas libaciones de olvido en la tristeza. La tristeza es al alma donde se depositan los recuerdos lo que el sedimento es al ánfora que contiene el vino. Sólo podemos anhelar que repose. En la antigua Grecia la
musa
de la
mousiké
tenía por nombre Erato. Profetisa de Pan,
{1}
dios del pánico, vagaba en trance por efecto de la bebida y del consumo de carne humana. Los chamanes eran inspirados por las fieras, los sacerdotes por los hombres inmolados, los aedos por las musas. Son siempre víctimas. Las obras -por modernas que pretendan ser- son siempre más inactuales que el tiempo que las acoge o las desecha. Se inspiran siempre en
pánikas.
Las Pánicas, acompañadas de tirsos chamánicos, flautas de Pan y roncos cantos miméticos, en latín las
bacchatio,
consistían en dar muerte a un joven que era descuartizado vivo y comido crudo en el acto. Orfeo es devorado crudo. La musa Euterpe lleva a su boca una flauta. Aristóteles dice en la
Política
que la musa tiene la boca y las manos ocupadas exactamente como una prostituta que engruesa con ayuda de sus labios y sus dedos la
physis
de su cliente para enderezarla contra su bajo vientre, para que emita su semilla. Las obras (las
opera)
no son el hecho de hombres libres. Todo lo que opera está ocupado. Es la "preocupación" de la tristeza. En castellano la "inquietud". Es el poso en el ánfora: el cadáver, el muerto propio del vino.

*

Atenea inventó la flauta. Preparó la primera
(tibia
en latín,
autos
en griego) para imitar los gritos que había oído escapar del gaznate de los pájaros-serpiente de alas de oro y defensas de jabalí. Su canto seducía, inmovilizaba y permitía matar en el momento del terror paralizante. El terror paralizante es el primer período de la pánica omofagica.
Tibia canere.
hacer cantar la tibia.

El Sileno Marsias hizo ver a Atenea que la boca se le distendía, las mejillas se le dilataban y los ojos se le desorbitaban cuando soplaba en las
tibiae
imitando el canto de la Gorgona. Marsias gritó a Atenea:

-Deja la flauta. Abandona esa máscara que desordena tu mandíbula y ese canto que espanta.

Pero Atenea no lo escuchó.

Un día, en Frigia, mientras la diosa tocaba a la vera de un río, vio su reflejo en el agua. Esta imagen de una boca ocupada la asustó. Arrojó de inmediato la flauta entre los cañaverales de la ribera. Huyó.

Entonces Marsias recogió la flauta abandonada por la diosa.

*

Interrogo los lazos que mantiene la música con el sufrir sonoro.

*

Terror y música.
Mousiké
y
pavor.
Estas palabras me parecen indefectiblemente ligadas -por más alógenas y anacrónicas que sean entre sí. Como el sexo y el lienzo que lo cubre.

*

Los lienzos son eso que estanca una herida que se expande, que disimula una desnudez vergonzante, que envuelve al niño cuando sale de la noche materna y descubre su voz al lanzar el primer aullido, desencadenador del ritmo propio de la pulmonación
{2}
"animal" que le pertenecerá hasta la muerte. El viejo verbo romano
solor
desvía lo que obsesiona. Apacigua lo que pesa en el fondo del corazón de un humano y suaviza el agror que allí se corrompe. Adormece lo que en él acecha dolorosamente y amenaza erguirse sin pausa, brincar en el pánico angustiado y enfebrecido. Por eso se dice en francés que la musa "amuse" (divierte) al dolor. De allí viene la voz
consolatio.
Cuando el imperio de Roma se dividió provincia por provincia, cuando la ligazón social y la
religio
que unían los territorios entre sí se desgarraron para ser recompuestos según la voluntad del partido cristiano y de los bárbaros igualmente cristianos (por lo menos arrianos), en los primeros años del siglo sexto, un letrado romano fue encerrado en un calabozo por orden del rey ostrogodo Teodorico, primero en Calvenzano, después en una torre de Pavía. Allí, el joven letrado, el patricio, el neoplatónico, el porfirio, el amonita Boecio, el consorte de la transbisnieta de Simaco, el esposo frustrado para siempre del cuerpo de su esposa, compuso
De consolatione philosophiae.
¿Hubo alguna vez
philosophia
más audaz que aquel
solor
del alma? Un hachazo interrumpió el libro, un día de otoño. Era el veintitrés de octubre del año quinientos veinticuatro. Se llamaba Anicius Manlius Torquatus Severinus Boetius. Antes de ser decapitado en el calabozo de Pavía, el espíritu del mundo de los muertos, la
imago,
la "figura consoladora", se le apareció en forma de mujer. Cito la
Prosa 1
del primer libro de la
Consolatio:
"mientras meditaba en silencio en lo profundo de mí mismo y con mi punzón anotaba en la tableta el gemido que callado pronunciaba, tuve la impresión de que por encima de mi cabeza se erguía una mujer inmensa, muy derecha, por turno joven y anciana. Sus ojos eran dos llamas" ... El Conservatorio. El Consolatorio. Joseph Haydn escribió, en los pequeños cuadernos de cuentas que llevaba en sus viajes, que intentaba calmar un antiguo sufrimiento sonoro procedente de Rorhau, en los confines de Austria y Hungría, originario de los años treinta del settecento: el murmullo de la Leitha
{3}
, el taller del mulero, el padre analfabeto, las leñas de carretería, el conocimiento del olmo, del fresno y del carpe, los varales, las ruedas y los timones, el yunque del herrero, las sacudidas de los mazos, las sierras y sus dientes -en suma, todo el patetismo del lazo infantil se precipitaba en sus ritmos. Se defendía componiendo. Hasta los meses que precedieron a su muerte, meses en que esos ritmos amortajaron a Haydn con una aceleración que le impedía no sólo transformarlos en melodías sino incluso anotarlos. A la vez todo lo que no puede ser traducido en forma de lenguaje para ser retenido y nada de lo que puede ser halado por el lenguaje para ser dicho y victimado. Lo inverbalizable. Haydn decía que en él eran golpes de martillo, tal como Dios los escuchó, clavando sus manos vivientes, martillando sus pies encimados y vivientes un día de tormenta, cuando estaba atado en una cruz en lo alto de un monte.

Nos sentamos en un sillón. Secamos viejas lágrimas pues son más antiguas que la identidad que nos inventamos. Lágrimas que son, como la mujer que se yergue al costado del lecho de Boecio, "por turno jóvenes y ancianas". Entre estas dos maneras de decir, "Escuchamos música", "Secamos lágrimas semejantes a las de San Pedro"-, me parece más precisa la segunda formulación. Un lejano canto de corral desploma de súbito en llanto a un hombre de pie bajo el alero de un portal, en los primeros días del mes de abril, minutos antes que el alba aclare la penumbra. Canto de un gallo que desde entonces fue fijado (sin duda para marcar el recuerdo de esos afiebramientos que los sonidos sancionan y además avisan al desencadenarlos) en el campanario de las iglesias del mundo cristiano.

El vestigio anuncia el clima que viene.

Algunos sonidos, algunas melodías dicen en nosotros qué "antiguo tiempo" hace hoy en nosotros.

*

Sei Shónagon
{4}
en el año mil, en el palacio de la emperatriz en Kyoto, en el diario íntimo que enrollaba y ocultaba en el hueco de la almohada de madera al momento de recostarse en el lecho, anotó varias veces los ruidos que la conmovían. Los sones que examinó con mayor cuidado sin que al parecer hubiera jamás calibrado su medida o percibido sus propias razones -a tal punto la ahogaban la soledad y el celibato- y que cada vez reeditaban en ella el sentimiento de la alegría (o la nostalgia de la alegría, acaso la ilusión actual, plena de encanto que caracteriza la nostalgia de la alegría) consistían en el rumor de carruajes de paseo en el camino seco, en verano, al final de la jornada, cuando la sombra gana el ámbito visible de la tierra.

*

La confidente de la emperatriz Sadako agregaba:

-Oír resonar tras el tabique las varillas que chocan entre sí.

-Oír el ruido que al caer hace el asa de la vasija donde se pone el

vino de arroz.

- El rumor apagado de las voces a través de un tabique.

*

La música está ligada de manera originaría al tema del "tabique sonoro". Los cuentos más arcaicos recurren al tema de aguzar el oído, de la confidencia sorpresa -allende la tapicería en los castillos de Dinamarca, allende la muralla en Roma o en Lidia, allende la empalizada en Egipto. Es posible que escuchar música consista menos en desviar la mente del sufrimiento sonoro que en esforzarse por refundar la alerta animal. La característica de la armonía es resucitar la
curiosidad sonora,
extinta desde que el lenguaje articulado y semántico se propaga en nosotros.

*

Apronenia Avida
{5}
, en Roma, en los primeros años del siglo quinto, en la carta que empieza con las palabras
Paene evenerat ut tecum ...
menciona en el esconce de una frase el "ruido apasionante del cubilete de dados", que la afecta con violencia. Enseguida pasa a otra cosa. Existen ruidos que se "han apasionado" en cada uno de nosotros. Aunque ella pertenecía al partido pagano, estaba emparentada por lazos de
gens
y de clientela con Proba (la patricia cristiana que abrió las puertas de Roma a las huestes góticas de Alarico) y con Paula (Santa Paula). Una tela del Lorenés conservada en el museo del Prado, titulada
El puerto de Ostia
y
el embarque de Santa Paula,
permite imaginar la silueta de Apronenia al lado de Eustoquia, en el año trescientos ochenta y cinco, acompañando al mar a Santa Paula.

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