El jardín colgante (30 page)

—A mí no me gusta más que a ti, chata —dice—. Esto es
asqueroso.
Mientras nosotros estamos aquí persiguiéndonos y torturándonos, los jefes del CESID y de la TOD se dedican a reunirse y a consultar sus agendas para ver cuándo les va mejor hacer un atentado y a cuántos les va bien detener.

Sara Arta suelta una risa.

—Ah, ¿con que ahora resulta que vosotros y nosotros somos lo mismo, eh? Entonces supongo que no debería preocuparme por nada de lo que estoy haciendo. Qué bien pensado lo tenéis todo, cabrones.

Muria levanta una mano para interrumpirla.

—El alemán ese, Tunze —dice—. ¿Por qué me pediste que lo rastreara? ¿Qué te hace pensar que puede estar relacionado con el escondite de Barbosa?

Sara Arta mira por el ventanal. Aunque ya está oscureciendo, el calor hace que la mayoría de camioneros que salen de sus vehículos y caminan por el aparcamiento de cemento vayan con el pecho descubierto.

—Le he estado revisando las agendas a Blanco —dice por fin—. Todos los demás encuentros que ha tenido este mes han sido con colaboradores habituales y gente sin relevancia táctica. Además, después de cada encuentro con Tunze ha habido movimientos de dinero en el banco y más reuniones.

—Entiendo. ¿O sea, que crees que Barbosa está en Alemania? ¿Que es allí donde están los terroristas de la TOD?

—¿Terroristas? —dice ella en tono de burla.

—Hay una conexión que es posible que no conozcas, Sarita. —Muria se termina su whisky y deja el vaso vacío al lado del de ella—. Heeg-Kohler ayudó a fundar el GSG-9. Pero también fue el GSG-9 el que entrenó a Barbosa y a dos agentes más de nuestro Servicio. Los tres agentes que iban a infiltrarse en la TOD.

Sara Arta se saca un cigarrillo del bolso y lo enciende con la mano un poco temblorosa.

—No pienso necesariamente que estén en Alemania —dice por fin, soltando una bocanada de humo—. Es muy posible que tengan un sitio en España. La misma agencia contraterrorista, o el tal Heeg-Kohler.

—Lo he comprobado —dice Muria—. Heeg-Kohler no tiene propiedades en España. Tampoco Tunze. Y hay una cosa que no entiendo.

Sara Arta se queda mirando a Muria con las cejas enarcadas.

—Dices que has revisado las agendas del camarada Blanco —dice Muria—. ¿Cómo es posible que accedas a los documentos privados de vuestro líder con tanta libertad?

Ella niega con la cabeza, con cara de no entender.

—¿Qué quiere decir eso? —pregunta.

—¿Te has acostado con Blanco?

Ella parece escandalizada.

—¿Y a ti qué coño te importa? —dice.

—Eras la novia de Barbosa —empieza a decir Muria.

Sara Arta se levanta de golpe de la mesa. Varias cabezas de las mesas vecinas se giran para mirarla. Muria la agarra otra vez de la muñeca.

—Espera.

—Déjame ir o te juro que te vas a arrepentir —le dice ella entre dientes.

—Siéntate, coño. Un minuto.

Ella se sienta. Los dos esperan un momento hasta que ya no hay nadie mirándolos. Al otro lado del ventanal, los coches van y vienen por la autopista. Los camiones entran y salen del aparcamiento.

—Sé por qué estás haciendo esto —continúa Muria—. He leído el expediente de la operación. Lo estás haciendo por amor.

—Cállate, por favor —dice ella, asqueada—. No tienes ni puta idea.

—Por eso pienso que no eres como los demás —continúa Muria—. A los demás de vuestro grupo los colgaba yo del cuello mañana mismo. Una panda de indeseables y facinerosos. Un cáncer para la sociedad. Pero tú eres distinta, chata. Tú te mereces que alguien te saque de toda esta mierda. Me he dado cuenta. Yo soy listo para estas cosas. —Se toca un ojo en un gesto de astucia—. Os voy a salvar a ti y a Barbosa.

—No necesito ayuda, gracias —dice ella, aplastando su cigarrillo en el cenicero—. Y mucho menos de un mamarracho como tú.

Muria se enciende un cigarrillo.

—Os sacaré de esta mierda a ti y a Barbosa y luego desapareceré yo también —dice—. Estoy hasta los cojones de todo. Si puedo, ahorraré y me compraré una gasolinera. Y que les den a todos por el culo, a los unos y a los otros. Sara Arta se vuelve a poner de pie.

—Eso será si no te encontramos nosotros —dice, y se marcha.

Muria se queda mirando a través del ventanal cómo Sara Arta se aleja correteando por el aparcamiento. Sin mirar a los camioneros que le lanzan silbidos desde sus cabinas.

44. Las Antipáticas

Desde la terraza de Can Arañas, Teo Barbosa mira con sus prismáticos cómo el Rey Rana chapotea con cara de perplejidad por la laguna, con el agua cubriéndole hasta los tobillos, intentando coger puñados del agua cristalina y mirando cómo se le escurren entre los dedos. Sin dejar de mirar con los prismáticos, Barbosa se mete dos anfetaminas más en la boca y las mastica distraídamente. Entre los dos hombres no puede haber más de veinte metros de distancia, de manera que Barbosa se ve obligado a mover los prismáticos de un lado a otro para poder abarcar toda la figura del tipo gordito que está chapoteando bajo la luz blanca. El cielo vespertino se ha vuelto blanco poco después de que Barbosa y los demás empezaran a comerse los ácidos del costurero de los alemanes.

—¿Cómo me llaaamo? —pregunta R. T. detrás de su espalda, con voz cantarina de duende de cuento de hadas.

Barbosa baja los prismáticos y se gira para mirar a R. T.

—¿Eso que haces es seguro? —le pregunta.

R. T. no contesta. Se ha rodeado la cintura con una ristra de bengalas de posición y ahora se las está atando al cuerpo con una cuerda. Un poco más allá, la Madre Nieve se pasea de un lado a otro de la terraza con un cuchillo de monte en la mano y movimientos de animal enjaulado. Lleva su túnica y una corona de alcaduceas silvestres en el pelo. La extraña luz vespertina lo tiñe todo de blanco: las bengalas, el cuchillo, la laguna.

Barbosa se ha traído el costurero rojo con dibujos chinos de la Casa del Viento poco después de mediodía y todos los habitantes de la casa, con la excepción del camarada Cuervo, Blancanieve y Rojaflor, han estado tomando anfetaminas y fumando marihuana durante un par de horas, antes de que Barbosa se pusiera a repartir las tabletas de ácido. El camarada Cuervo no ha salido de su habitación ni siquiera cuando la droga ha empezado a surtir efecto y se han empezado a oír gritos y carreras por los alrededores de la laguna. En un momento dado, a la Dama Raposa le ha parecido ver una cara asomada a una de las ventanas de la casa, pero a estas alturas es muy difícil saber quién ha visto realmente qué. Ahora mismo la Dama Raposa está despatarrada boca abajo sobre las piedras de la playa, soltando alguna risita de vez en cuando, tal como se ha quedado después de la segunda o la tercera vez que el camarada Piel de Oso se la ha follado por detrás.

Barbosa contempla con los ojos muy abiertos la geografía del interior del risco.

—Esto deben de ser las Antipáticas —dice en tono de asombro.

R. T. hace una pausa en la delicada operación de atarse las bengalas al cuerpo para mirarlo sin demasiada curiosidad.

—¡Las Antipáticas! —repite Barbosa, mirando a los demás—. «Me debo de estar acercando al centro de la Tierra» —recita de memoria—. «¡Me pregunto si saldré
por el otro lado!
¡Qué gracioso será salir por entre la gente que camina cabeza abajo! Las Antipáticas, creo que se dice…» ¡Las Antipáticas!

R. T. lo mira con cara de no entender.

—¡El País de las Maravillas! —exclama Barbosa—. ¡Ahí es donde estamos cuando pasamos al otro lado! ¡En las
Antipáticas!

Piel de Oso se le acerca con una botella de vino en la mano. Da un trago y lo señala con la botella.

—Calla la puta boca —dice—. Estoy harto de tus chifladuras. No vuelvas a hablar de ese país de las maravillas ni de ningún otro país. Aquí solamente se habla de España. Todo lo demás no nos incumbe. A efectos prácticos, no existe
nada
que no sea España. ¿Entendido?

—No existe nada que no sea España… —repite Barbosa en tono pensativo.


¡Callad!
—chilla de repente la Madre Nieve.

Todos se giran para mirarla. La Madre Nieve tiene la cara crispada y está señalando algo con la punta de su cuchillo de monte. La punta del cuchillo tiembla anfetamínicamente.

—¡He visto algo que se intenta escapar! —grita—. ¡Ahí!

Antes de que nadie pueda reaccionar, el camarada R. T. se arranca una bengala del cinturón y la enciende. La sostiene con el brazo muy extendido y una erupción de llamaradas de magnesio ilumina la terraza. Barbosa y los demás se protegen los ojos con la mano.

—¿Cómo me
llaaamo?
—chilla R. T., eufórico.

—¡Ahí! —dice Barbosa, señalando la figura que se arrastra junto al costado de la casa y que acaba de quedar iluminada por la bengala.

La Madre Nieve echa a correr. Cuando los demás la alcanzan, está sentada a horcajadas sobre la camarada Rojaflor, tirándole del pelo castaño y apretándole la hoja del cuchillo contra el cuello.


¿Adónde te creías que ibas, eh?
—le chilla a la cara—.
¿Adónde ibas?

A punta de cuchillo y a empujones, la Madre Nieve lleva a la camarada Rojaflor de vuelta al interior de la casa. Las siguen Barbosa, Piel de Oso, R. T., la Dama Raposa y el Rey Rana. Una vez dentro, la Madre Nieve la agarra del pelo y le estampa la cara contra la puerta cerrada con llave del camarada Cuervo. Se la estampa una y otra vez, dejando una mancha cada vez más grande de sangre en la hoja de la puerta. La visión de los golpes y la sangre lleva a R. T. a un paroxismo de euforia, que lo pone a trazar arcos en el aire del pasillo con su bengala encendida, provocando una lluvia de chispas de magnesio encima de todos los presentes.

—¿CÓMO ME LLAAAAMO? —aúlla en medio del pasillo.

La Madre Nieve golpea la puerta con la cabeza de Rojaflor.

—¡RÚMPELES TÍJELES! —se responde a sí mismo.

La Madre Nieve golpea la puerta con la cabeza de Rojaflor.

—¿CÓMO ME LLAAAAMO?

La cerradura de la puerta hace clic.

—¡RÚMPELES TÍJELES!

La puerta se abre.

—¿CÓMO ME LLAAAAMO?

La Madre Nieve empuja a Rojaflor al interior de la habitación del camarada Cuervo. La chica se desploma en la alfombra, boqueando y escupiendo trozos de dientes. La camarada Blancanieve se arrodilla para atender a su amiga. La luz que entra por las ventanas sigue tiñéndolo todo de blanco. El camarada Cuervo apunta a los asaltantes con su Star M30.

—Si no llevaras una criatura dentro, camarada —le dice a la Madre Nieve—, te juro que te volaba la cabeza ahora mismo.

Ella se lo queda mirando con su ojo ciego. El camarada Cuervo se dirige a los demás:

—Tengo suficientes balas para todos, os lo advierto.

—Puedes empezar cuando quieras,
camarada
—le escupe Piel de Oso.

—No me hace falta. Sois tan idiotas que no os dais cuenta de que en cuanto vuelvan los alemanes, vais a estar de mierda hasta el cuello. —Niega con la cabeza, sin dejar de encañonarlos con la pistola—. Vais a pagar por esto, ya lo creo. Me da igual lo que os hayáis tomado. Estáis todos acabados. No encontrarán nunca vuestros cuerpos.

—Eres muy valiente, ahora que tienes la única pistola —dice Piel de Oso—. Más te vale que no encontremos dónde has escondido las demás.

El suelo de la casa ha empezado a temblar. Son unos temblores rítmicos, como los pasos de una bestia antediluviana. Cada vez más cercanos. Al temblor se le suma un retumbar. Barbosa sabe que es un efecto de los ácidos que se ha tomado, pero el hecho de saberlo no hace que le inquiete menos. Los muebles tiemblan. Los estantes se tambalean. Los vasos y los platos tintinean. Por fin todos los presentes se giran, para ver qué está pasando. Para ver de dónde viene el retumbar que ahora hace que la casa entera se tambalee. Sea lo que sea que se está acercando, debe de haber entrado en la casa, porque ahora el resplandor blanco es insoportable. Barbosa se ve obligado a taparse los ojos. Hay un momento de silencio. Por fin Barbosa se aparta la mano de la cara lo justo para echar un vistazo.

Delante de ellos, irradiando una luz blanca cegadora, está el camarada Ogro. Desnudo y con su máscara de perro pintada.

—¿Qué haces aquí, camarada? —le pregunta alguien.

El camarada Ogro los mira.

—El Libro de Sirio ya está terminado —dice.

Barbosa mira al camarada Ogro por entre los dedos de la mano.

—Mañana celebraremos el fin del mundo —continúa el camarada Ogro—. Este mundo se tiene que terminar para que empiece la Era de Sirio. Hay que empezar con los preparativos.

De repente un nuevo retumbar. Un nuevo temblor. Mucho más fuerte que los anteriores. Las paredes experimentan una sacudida violenta. Y esta vez no viene del exterior de la casa. Esta vez viene de mucho más lejos. Del fondo mismo del cielo.

45. Metamorfosis completa

Sara Arta baja las escaleras de la oficina del catastro, examinando la calle en ambas direcciones, y por fin echa a andar por la acera, con los ojos guiñados para protegerse del sol. Su metamorfosis ya parece completa. El pelo cardado caóticamente y la cara pálida con dos manchas oscuras alrededor de los ojos, a ese estilo en que muchos clientes del bar Texas han empezado a peinarse y pintarse para parecer personajes de tebeo a quienes les acaban de dar un sobresalto terrorífico. La ropa rota y parcialmente sujeta con imperdibles. España empieza a no ser el mismo lugar que la semana anterior. Que hace dos días. Los clientes del bar Texas tienen algo sacerdotal en su forma de intuir la manera en que el futuro de España está desapareciendo. Por supuesto, es la desaparición del pasado lo que está haciendo que desaparezca el futuro. Todo se está yendo por el mismo desagüe, al ritmo de la música del bar Texas.

Todavía no ha llegado a la esquina de la calle cuando se abren de golpe las portezuelas de un Renault 5 azul que hay aparcado junto a la acera y dos personas salen al mismo tiempo del asiento del pasajero y el asiento de atrás. A Sara no le da tiempo a reaccionar. Uno la coge del brazo y el otro le empuja el cuello hacia abajo para meterla en el Renault. Le tapan la cabeza con una capucha y la empujan hasta tumbarla en el suelo del asiento de atrás. Durante los cuatro segundos que dura toda la operación, nadie dice ni una palabra. Por fin dos pares de zapatos pisan su cuerpo y Sara oye el ruido de las portezuelas al cerrarse y de alguien que amartilla una pistola.

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