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Authors: Orson Scott Card

Tags: #Terror

El cuerpo de la casa

 

Don Lark es un virtuoso artesano que puede arreglar todo lo que toca, pero cuya alma está irreparablemente rota. Después de haber vivido una tragedia de la que pocos podrían recuperarse, comenzó a buscar viejas casas venidas abajo y se dedicó a comprarlas, restaurarlas y venderlas, dando así a esas cáscaras vacías la segunda oportunidad que se negaba a sí mismo.

Entonces, en una tranquila ciudad del sur de Estados Unidos, Lark se encuentra con su mayor desafío: una mansión destartalada pero con buenos cimientos que ha sufrido décadas de maltrato a manos de caseros avariciosos e inquilinos de paso. Cuando empieza a trabajar en ella, dos excéntricas vecinas le ofrecen sus deliciosos platos y algo más: serias advertencias acerca del malvado pasado de la casa.

Pero hay algo en este edificio que empuja a Lark a continuar, a pesar de que su encanto se vuelve cada vez más ominoso. ¿Conseguirá terminar la restauración de la casa y redimirse con ello, o desencadenará sobre sí mismo las oscuras fuerzas de la maldición?

Orson Scott Card

El cuerpo de la casa

ePUB v1.0

Jianka
15.09.12

Título original:
Homebody

Orson Scott Card, 1998.

Traducción: Rafael Marín

Diseño/retoque portada: Alejandro Terán

Editor original: Jianka (v1.0)

ePub base v2.0

A Mike y Mary Bernice,

amigos y colegas civilizadores

de las hordas bárbaras

Agradecimientos

Quiero dar las gracias a:

Mi esposa, Kristine, que colaboró conmigo en la concepción de esta historia; y a Emily y Geoffrey Card, Erin y Phillip Absher, y Peter Johnson, cuyos comentarios en las primeras etapas me ayudaron a darle al primer borrador mejor forma y sustancia.

Clark y Kathy Kidd por su hospitalidad y mucho más cuando empecé el segundo borrador; y de nuevo a Kathy por leerlo con ojos nuevos.

Mark y Margaret Park, en cuya habitación de invitados escribí y envié por fax muchos capítulos.

Kathleen Bellamy, mi secretaria, que siempre espera a leer la última, para poder pillar los errores que todo el mundo pasó por alto.

Y (de nuevo y siempre) mi esposa, Kristine, y mis hijos, Geoff, Em, Charlie Ben, y Zina, que me han enseñado para lo que sirve una casa y lo que puede ser un hogar.

1

Nueva casa

1874

El doctor Calhoun Bellamy tuvo mucho cuidado de mantenerse apartado de su propiedad mientras la cuadrilla derribaba la vieja casa Varley. No quería recordar escenas de destrucción. Todo lo que quería ver era cada paso en la construcción de la casa nueva, la que había diseñado para Renée y para los niños que tendrían juntos.

Desde que su padre lo envió al extranjero tras la guerra entre los estados, lo único que quiso fue estudiar arquitectura. No fue la grandiosidad de los grandes edificios de Europa, las catedrales y palacios, monumentos y museos, lo que le hizo querer ser reformador de espacios humanos. Más bien, fueron las casas de campo de la Toscana, Provenza, e Inglaterra. En su mente formaron una extraña amalgama los interiores y exteriores conectados de las casas solariegas diseñadas para los perpetuos veranos y primaveras del Mediterráneo, y los apretados recintos de brillantes ventanas donde los ingleses conseguían retozar a pesar de los fríos inviernos y las interminables lluvias. Volvió a casa lleno de ideas para casas que transformarían la vida americana, sólo para descubrir que los arquitectos no estaban interesados en ideas nuevas. Nadie quiso aceptar como estudiante a ese joven loco. Al final, Cal tuvo que contentarse con estudiar medicina y seguir los pasos de su padre.

Pero ahora, a menos de un año de su matrimonio, se concedía un último capricho. Tras consultarlo con un arquitecto de Richmond, diseñó una casa que parecía de estilo Victoriano convencional por fuera, pero que conservaba por dentro algunas de las ideas que había desarrollado en el extranjero. Nada demasiado extraño, sólo un uso distinto del espacio que le hacía soñar con salones de baile, con arcos que le recordaban las puertas abiertas y los pasajes de la Riviera y las colinas cercanas a Florencia. El arquitecto trató de convencerlo de que nadie se sentiría cómodo con una casa semejante, pero Cal respondió con alegre obstinación. Ésta era la casa que quería; el trabajo del arquitecto era dibujar planos para la estructura que duraran, como Cal sugirió modestamente, hasta el Día del Juicio.

—¿Y sabe cuándo será eso? —preguntó el arquitecto, sólo un poco despectivo—. No querría malgastar su dinero en una robustez excesiva.

—Haga que dure eternamente —dijo Cal—. Por si acaso.

Todo lo que quedaba por hacer ahora era despejar del solar de Baker Street la vieja casa de la familia cuáquera, que llevaba allí desde antes de que Greensborough existiera. La ciudad crecía hacia el oeste, y aunque éste no era uno de los barrios más adinerados, era el más elegante. Era lógico que el hijo y heredero del médico más destacado de la ciudad le comprara a su esposa una mansión en esa zona. El boscoso barranco de la parte trasera garantizaría intimidad y un entorno de aspecto natural y silvestre; la gran cochera y las habitaciones del servicio separarían la casa de los vecinos por un lado; y frescas calles residenciales rodeaban la propiedad por los otros dos. En efecto, la casa estaría apartada, convencionalmente bonita por fuera, un lugar de sorpresa y encantamiento por dentro.

Así que a Cal no le hizo gracia cuando un criado llegó sin aliento a la consulta e insistió en darle un mensaje del capataz de la cuadrilla.

—Será mejor que venga usted, señor. Tiene que ver lo que han encontrado.

—Diles que esperen media hora; ¿no se les ocurre que tengo pacientes cuyas necesidades son urgentes?

El chico pareció aturdido. Era imposible que entregara su mensaje con un mínimo de coherencia.

—No importa. Diles que esperen a que yo llegue.

—Sí, señor —dijo el chico, y se marchó corriendo. Sin duda en el momento en que se perdió de vista se puso a andar lo más lento posible. Es lo que pasaba con esa gente. Podías liberarlos, pero no se les podía convertir en trabajadores. Había un límite a lo que las armas del norte podían imponer a un postrado sur.

En realidad no tenía ningún paciente esa tarde y sólo tardó unos minutos en salir de la consulta. Decidió ir caminando porque hacía un buen día. Esperó adelantar al chico en el camino, pero al parecer era más ambicioso de lo que Cal esperaba o bien sabía esconderse.

A Cal no le sorprendió ver a la cuadrilla entera de brazos cruzados: cobrarían igual, sin duda, por su tiempo de espera. Pero si al capataz le avergonzaba malgastar el dinero de Cal, no dio ninguna muestra de ello. —Es algo que ninguno de nosotros esperaba, señor —dijo el capataz—, y no podíamos hacer otra cosa sino pedirle que decidiera usted.

—¿Decidir qué?

—Creo que será mejor que baje al viejo sótano conmigo y lo vea usted mismo.

Con la casa hecha una ruina, no era una empresa segura bajar hasta la oscuridad del sótano. Aunque el lugar estaba brillantemente iluminado donde el suelo de la planta de arriba había sido levantado era difícil caminar sin darte un golpe en la cabeza o las espinillas con algún objeto al acecho. Por fin el capataz lo condujo hasta un muro de piedra con un pequeño agujero.

—¿Lo ve?

Cal claramente no lo veía. No hasta que el capataz desprendió varias piedras más y acercó una linterna a la abertura. Sólo entonces quedó claro que había un túnel que conectaba el sótano con… ¿qué?

—¿Adonde conduce?

—Envié al chico y salió por el barranco. Parece que los Varley sacaban por aquí a los negratas antes de la guerra.

Cari apretó los labios.

—Espero que nunca use ese término en mi presencia de nuevo.

—Perdóneme, señor —dijo el capataz—. Quería decir tiznados.

—No me extraña que una familia cuáquera quebrantara la ley de este modo. No simpatizo con su causa, pero honro su valor e integridad.

El capataz sonrió.

—Menos mal que se fueron al oeste, ¿no le parece?

—Sin duda —dijo Cal, devolviendo la sonrisa, un poquito.

—¿Quiere que lo cubramos?

Cal se lo pensó un momento. Era historia, ¿no? Tener un túnel usado antiguamente para esconder esclavos le daría a su nueva casa un poco de cultura antigua. Las casas americanas rara vez tenían una sensación de edad e historia. La suya la tendría.

—Consérvelo. Construiremos los cimientos de forma que se conserve. Tal vez lo usaré como despensa. ¿No le parece?

—Como usted quiera, señor.

—Consérvelo.

De regreso a su consulta, Cal sentía aún la alegría del descubrimiento del día. Mi casa será nueva para mi esposa, pero también será antigua como las catacumbas de Roma.

2

Redescubrimiento

1997

La casa Bellamy envejeció junto con el barrio de College Hill. La prosperidad del siglo XIX llenó esas calles de mansiones grandes, extravagantemente decoradas. Pero cuando llegó la Primera Guerra Mundial, los ricos construían ya sus mansiones cerca del club de campo de Irving Park, y College Hill inició su largo y lento declive. Mientras que las ancianas viudas siguieron viviendo en las casas que les construyeron sus maridos ricos, otros hogares quedaron vacíos y fueron comprados por empresarios que se dedicaron a alquilarlos. Pronto algunos fueron redivididos en apartamentos, con cocinas y cuartos de baño añadidos donde cupieran. Y a medida que el declive fue en aumento, los alquileres cayeron hasta que los estudiantes de la creciente universidad pudieron permitírselos.

Ése fue el final del barrio. Al principio los estudiantes fueron todos damas jóvenes y por tanto civilizadas, pero no importaba lo refinado de sus modales, eran gente de paso, y las casas no les pertenecían. Entonces llegó el final de la segregación, y la facultad femenina se convirtió en la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro. Fraternidades y hermandades femeninas engulleron las mejores casas cerca del pujante campus. Las demás casas fueron divididas en apartamentos aún más pequeños, con estudiantes apiñados hombro con hombro, o eso parecía. No les importaban nada los patios; a los caseros parecían importarles todavía menos.

Todas estas cosas pasaron en la casa Bellamy, incluyendo un breve intento como hermandad femenina a principios de los años sesenta. Pero cuando el aburgesamiento llegó al barrio a principios de los ochenta, pasaron la casa Bellamy por alto. En 1987 el viejo casero se mudó a Florida, y con la vana esperanza de que dejarla vacía ayudara a venderla, dejó de alquilar habitaciones. Rápidamente se convirtió en un edificio abandonado, cubierto con tablones, víctima de vándalos, el césped convertido en hierbajos y sólo segado un par de veces al año. El cartel de SE VENDE permaneció allí plantado tanto tiempo que la pintura roja desapareció por completo; luego se cayó durante una tormenta y nadie volvió a levantarlo. Nadie quería la casa, tanto la habían deformado cuando la dividieron en apartamentos. Nadie quería tampoco los terrenos, con su emplazamiento en una esquina y un barranco en el patio trasero. El casero se olvidó de que era dueño de la propiedad.

Y, para hundir aún más la casa, la cochera y las habitaciones de los criados de al lado permanecieron en buen estado. Convertida desde hacía tiempo en una residencia, la cochera era vieja pero estaba bien atendida, y el césped estaba bien recortado. Parecía florecer mientras la casa Bellamy se marchitaba.

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