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Authors: Juan Jacinto Muñoz Rengel

El asesino hipocondríaco (3 page)

Un aire helado me corta la piel de la cara y los labios, y la afluencia de personas desplazándose en todas direcciones mueve al vértigo, pero a pesar de todo tendré que respirar hondo, apretarme el abdomen con la mano izquierda, aplacar con la presión de los dedos los tumores carcinoides de mi intestino delgado, hacer de tripas corazón, y, empujando mi cuerpo purulento, esta especie de milagro médico, seguir al señor Blaisten hasta la oficina de Correos del paseo del Prado, desde donde los miércoles envía su correspondencia al extranjero, y allí acabar con él sirviéndome del abrecartas que llevo en el bolsillo para la ocasión.

Hoy, Blaisten lleva un abrigo de pata de gallo de color marrón oscuro, y una aterciopelada bufanda naranja de punto trenzado. Ha entrado en la oficina de Correos caminando, como siempre, con diligencia, con una salud envidiable. Lo sigo a pocos metros, y entro también en la oficina. Hay mucha gente, y un vigilante próximo a la puerta que me mira con curiosidad, probablemente preguntándose cómo puedo estar vivo. Agarro el abrecartas en mi mano sin sacarlo del bolsillo, para sentirme más seguro. Sí, mucho mejor. La gente se reparte en distintas colas, y de pronto, prestando más atención a lo que veía mi ojo izquierdo que a lo observado con el derecho, he perdido a Blaisten.

Me acerco a una señora para preguntarle si ha visto a un hombre con una bufanda naranja, pero en el último momento cambio de opinión y me dirijo a un joven estudiante, de aspecto más sano.

—Perdone usted —le digo al joven—, ¿ha visto pasar a un señor con una bufanda naranja enrollada al cuello?

El joven me mira con recelo, turbado por mi pregunta y quizá por mi aspecto. Intento sonreír, pero no puedo. No poder sonreír es algo que, en muchas ocasiones, no facilita nada las labores complementarias a mi trabajo. Me esfuerzo entonces en arrancar de mis labios una sonrisa, mi mueca se torna cada vez más sobrecogedora, y el joven reacciona dándome la espalda y tratando de avanzar en su cola.

Vuelvo a probar con otra persona, un hombre grueso de mediana edad, con un mono de trabajo arremangado hasta la cintura y una camiseta que dice: «
Jamás he tomado drogas ni lo volveré a hacer
».

—Perdone usted, ¿ha visto pasar a un señor con una bufanda naranja enrollada al cuello? —le pregunto.

Esta vez creo que mi interlocutor me responde; sin embargo, en un nuevo revés del azar, en ese justo momento me he quedado dormido. Ha sido un microsueño de un segundo, dos segundos a lo sumo, uno de los efectos secundarios de los estragos de Ondina en mis noches, pero ha bastado para que no oiga la respuesta. Dudo si volverle a preguntar o hacer como que le he oído. Al fin, como no puedo sonreír, como también he sido privado de ese recurso tan eficaz para estas situaciones, resuelvo arriesgarme e insisto:

—Perdone, ¿cómo ha dicho? No le he oído.

El hombre baja una ceja y alza la otra, serio, algo que interpreto como un gesto de desconfianza —¿cómo puede pensar que alguien en mi estado tiene tiempo para andarse con bromas?—, abre la boca para decir algo, y me vuelvo a dormir.

Cuando abro los ojos, apenas un segundo después, ya no recuerdo si le he hecho o no la pregunta. No sé si he pensado hacerla, he soñado hacerla o, en efecto, la he hecho.

—Perdone, ¿cómo ha dicho? No le he oído —vuelvo a decir.

—Se va usted a la mierda —me dice el señor.

En este momento veo a Blaisten. Está dos colas más allá. Dejo allí al señor de mediana edad con el mono de trabajo, doy unos pasos en esa dirección y, para disimular, saco un papelito de la máquina dispensadora de números de espera. Pero nada más darle al botón de «Envíos» de la máquina dispensadora, jugándome la vida, me duermo.

Al despertar no recuerdo si el papelito con el número se me ha caído de la mano, como resultado de la distensión muscular del sueño, o si no ha llegado a salir. Pulso el botón de nuevo. Y me vuelvo a dormir. Me despierto y estoy aquí, en medio de la oficina de Correos, y no sé si la máquina está averiada o si los números están cayendo al suelo; la gente los tira todos al suelo una vez que ha hecho uso de ellos, así que no hay manera de saberlo. Pulso otra vez el botón. En realidad, no estoy seguro de si lo estoy pulsando por primera vez o cuántas veces lo he hecho. Me detengo a pensarlo un minuto, y entonces, increíblemente, me despierto; luego de nuevo me debo de haber dormido. Como no puedo estimar la duración de los microsueños, no sé cuánto tiempo llevo aquí, pero ahora tengo situado a mi lado al vigilante de seguridad.

—Es usted la persona que más números ha sacado en un solo día. Enhorabuena, tiene el récord. Les ha ganado a todos, incluyendo a ese niño de allí. ¿Qué querrá el caballero, un premio?

—No, no es necesario… —le respondo, estudiando su expresión con el ojo derecho, a la vez que con el izquierdo compruebo alarmado que el señor Blaisten ya no está donde lo dejé—. Pero ¿podría decirme si ha visto usted marcharse a un señor con una bufanda naranja enrollada al cuello?

El vigilante de seguridad me ayuda a salir de la oficina de Correos. Apenas hemos intercambiado unas palabras cuando, una vez en la calle, consigo distinguir a Blaisten cruzando el paseo en dirección a la calle Alcalá. Así que abandono la conversación, y apresuro el paso lo que puedo, todo lo que admiten mis pies planos de laxos ligamentos interóseos y el dolor penetrante de mi fémur, porque no me puedo permitir perderlo ahora, ahora que no me restan más que unas horas de vida. No me puedo permitir perderlo bajo ninguna circunstancia, y es por eso que cuando en la esquina con Alcalá veo al señor Blaisten sumergirse en la boca del metro, venciendo todos mis temores y reparos, ignorando la angustia que se cierne ya en torno a mi tráquea como las manos de un estrangulador, a pesar de todo ello, ordeno a mi cuerpo moribundo seguirlo también allí en el subsuelo, en la antesala de lo que en unas horas me está destinado conocer.

Sigo a Blaisten por los pasillos del metro, en el laberinto del inframundo, bajo el peso de la ciudad. Sigo a Blaisten a través de las tripas de un tren de la línea 2. Sigo a Blaisten incluso a lo largo de un transbordo a la línea 9, a través de las galerías subterráneas con olor a azufre de la estación de Príncipe de Vergara. Pero una vez que me encuentro a escaso medio metro de él, protegido por la muchedumbre anónima del vagón, presintiendo ya la tibieza de su nuca, comprobando la punta del abrecartas con la yema de mi dedo índice dentro del bolsillo, llegamos a la estación de Concha Espina, asoma por las ventanillas del tren una reproducción del inquietante tríptico de
El Jardín de las Delicias
de El Bosco, y no puedo, no puedo soportarlo más. Mi cuerpo me vence. La crisis me puede. Y al recuperar la conciencia de lo que me rodea, me descubro explicándole entre aullidos a un revisor, que me tiene agarrado por el cuello del abrigo, que la mala suerte me persigue.

Tanto grito que la vista se me nubla, y el revisor tiene que ayudarme a salir del espacio propiedad de la empresa de transporte público suburbano.

Lo peor de todo es que, después de lo ocurrido, creo que Eduardo Blaisten se acordará de mi cara durante algún tiempo.

12

P
or encima de todo, Edgar Allan Poe, como yo, fue un hombre asediado por la mala suerte. Desde que tuvo uso de razón, desde que de niño se supo heredero de las enfermedades y el alcoholismo de sus padres nómadas, desde que se viera subido en la caravana de carromatos destartalados y mugrientos de aquella compañía de cómicos, el infortunio lo persiguió en cada uno de sus movimientos por el mundo.

A sus padres los perdió siendo un párvulo. A su mujer, a la que había amado con desesperación como único asidero a un mundo razonable, el 30 de enero de 1847. Tras su muerte, el señor Poe sufrió una agonía de meses, que culminó en un infarto cerebral. Como el infarto no lograra terminar con su vida, al año siguiente el escritor intentó suicidarse, a la vez que, quizá para reforzar su empeño, pedía sucesivamente matrimonio a la señora Shaw, a la señora Whitman, y a la señora Richmond, que sucesivamente lo rechazaron.

Matarse a base de estimulantes le estaba costando todos sus ahorros, y no le permitía escribir una sola línea que le supusiera algún ingreso. De manera que, por fin, el señor Poe decidió declararse también a la muy anciana y muy rica señora Royster. La fecha de boda se fijó para el 17 de octubre de 1849. El señor Poe decide dejar de beber y de drogarse, dar un giro a su vida, e incluso darse un buen afeitado.

El 29 de septiembre de ese año, algo repuesto, con un abrigo estrecho y gastado, y cubriendo con un sombrero torcido su gran cabeza de frente relumbrante, el señor Poe coge un ferrocarril desde Baltimore a Filadelfia. Pero una vez en el tren se siente perseguido. Lo observan. Lo escrutan por las ventanillas, lo siguen por el pasillo del tren, a lo largo de los vagones. El señor Poe sabe quién lo persigue: su infatigable mala fortuna. Así se lo intenta hacer saber al revisor. Pero el revisor no entra en razones. El consumido escritor lo agarra de las solapas del uniforme, intenta explicárselo de nuevo. Con tan mal sino que, debido al esfuerzo, se desmaya.

El revisor del tren envió al inconsciente señor Poe de vuelta —como una suerte de paquete-de-poeta-gótico— a Baltimore, donde se celebraban elecciones para el Congreso en tan sólo unos días. Hasta allí condujo su destino al pobre señor Poe, un enfermo congénito de alcoholismo, desmayado y desconocedor de su rumbo, hasta una ciudad en elecciones en una época en la que los partidos recogían a los pobres diablos sedientos de la calle, para emborracharlos y hacerlos votar de un colegio a otro.

Edgar Allan Poe fue el ciudadano que más votó aquel día de octubre. Sus captores le ofrecían unos tragos, le convencían acerca de qué partido votar, lo empujaban al interior de un colegio electoral con un papelito en la mano, y el señor Poe ejercía su derecho al voto. Para cuando salía ya no recordaba las caras de los embaucadores, ni la conversación mantenida, ni siquiera haber introducido un papel en una urna, y de repente, como si despertara de un sueño, se volvía a ver con un pequeño boleto entre los dedos. En las mesas electorales, ningún supervisor llegaba a reconocer a aquel votante múltiple, porque su cara estaba cada vez más conturbada, su cabello más revuelto, sus ojeras más oscuras, y cada vez se asemejaba menos a un hombre.

Al final de la jornada, cuando en la ciudad no quedaban más botellas que beber ni papeletas con las que ejercer el voto, el señor Poe fue ingresado en el hospital Washington College de Baltimore. Allí, a pesar de su agotamiento extremo, tuvo aún que discutir a gritos en repetidas ocasiones con el doctor Snodgrass, porque aquel médico no quería creer que en aquellos mismos instantes estuviera viendo a su mala fortuna guiñándole un ojo proyectada sobre las paredes del ambulatorio.

A las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849, diez días antes de su boda, a la edad de cuarenta años, murió entre vómitos el espíritu sensible e incomprendido de Edgar Allan Poe. El doctor Snodgrass dijo que de intoxicación etílica. Es sabido que fue de sífilis, epilepsia, infarto, diabetes, envenenamiento con monóxido de carbono, hipoglucemia, congestión cerebral, y de rabia contagiada por un gato negro.

13

N
unca he estado en la cárcel por mi profesión.

Una vez, había estado siguiendo a un objetivo hasta el interior de una estación de metro, y me había colocado estratégicamente detrás de él, con un punzón picahielo aferrado en el bolsillo derecho del abrigo. El tren hizo su brusca entrada en la plataforma, no perdí los nervios y esperé mi momento. Me acerqué aún más a la víctima cuando la corriente de gente se aproximaba a las puertas del vagón cercano. Entonces las puertas se abrieron, y un grupo de hinchas del Inter de Milán irrumpió en el andén. La oleada de exaltados desembarcó con tanta fuerza que me arrastró a su paso, junto a otros muchos usuarios del metro, que en cuestión de segundos fuimos aplastados contra las paredes del túnel. No había un resquicio por el que respirar, podía sentir el crujir de mis huesos; es más, podía oír el crujir de mis huesos. Allí, en medio de aquel amasijo de carne humana, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, mi espalda aprisionó a una anciana contra la pared hasta casi asfixiarla. Pero lo que la mató fue mi punzón picahielo alojado en su estómago.

El señor juez dictaminó que no había acción voluntaria de homicidio intencionado por intervenir una «fuerza irresistible» que me arrastró contra la señora. Sin embargo, consideró mi actuación como homicidio imprudente por llevar conmigo, en un servicio de transporte público, sin nada que preservara su peligrosidad, un arma blanca de más de once centímetros de largo que acabó siendo la causa de la muerte.

He dicho que nunca he estado en la cárcel por mi profesión. Podría jactarme de ello en mi currículum vítae. Los tres años de prisión a los que me condenó el señor juez fueron por acabar con la vida de una anciana inocente, a la que ni siquiera perseguía, en la estación de metro de Concha Espina, bajo una desproporcionada reproducción de
El Jardín de las Delicias
del señor Hieronymus Bosch, El Bosco.

14

E
stoy en una tienda de maquillaje profesional en la calle Libertad, abatido, extenuado y desalentado, al límite de mis fuerzas, y sosteniendo un pañuelo sobre mi boca para protegerme de la polución vírica y contener mis continuas expectoraciones.

Este mediodía, después de los sucesos en el metro, he regresado a mi apartamento, y he almorzado crema de avena y espinacas, y compota de manzana, sin azúcar; nada que ofrezca demasiada resistencia a mi frenillo inferior traccionante y mi estrecha encía queratinizada. Luego, he podido comprobar que la tensión distólica se me ha disparado a ciento cuarenta y dos milímetros de mercurio. Y a pesar de todo, a pesar de creer que ya no había más curvatura posible sobre la que pudiera seguir virando la aguja, me he puesto el abrigo, la bufanda, el sombrero, he cogido el paraguas, y me he venido hasta aquí, hasta la tienda de maquillaje profesional.

En el rótulo de la puerta decían abrir a las 17.00, pero yo he llegado aquí a las 16.58, para estar dentro del establecimiento a las 17 horas en punto, y he tenido que ver cómo entraban las dependientas, disponían diversos elementos de la tienda, y no abrían hasta las 17.04. Nada más entrar he pedido una falsa nariz, y una joven me ha traído seis modelos de narices con distinta forma y para distintos tonos de piel, todas fabricadas con espuma de látex.

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