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Authors: Michael Cunningham

Cuando cae la noche (7 page)

¿Será la maldición de los Taylor envejecer demasiado pronto? ¿No será algún hechizo de la vieja casa decrépita que hace que se marchiten al abandonarla?

Se intercambian besos y saludos, abren una de las botellas. (¿Debería ofrecer vino Rebecca a un drogadicto?) Se sientan en el salón con las copas.

—Voy a invitar a Julie a venir el próximo fin de semana —anuncia Rebecca.

—No vendrá —responde Dizzy.

—Puede dejar solos a los niños por una noche. Ya no son bebés.

—Solo digo que no vendrá.

—Tú déjame a mí.

—No quiero que tengas que insistirle.

—Va a volver locos a esos críos. No lo hace por ellos, es solo que quiere ser la mejor madre del mundo.

—Por favor, no obligues a Julie a venir a Nueva York. Ya iré yo a verla.

—No irás.

—Algún día.

Dizzy se sienta con las piernas cruzadas en el sofá, apoyando la copa en su regazo como si fuera un cuenco para pedir limosna. No se puede negar que es clavado a Rebecca, aunque parece más una reencarnación que un parecido. Tiene su desenvoltura juvenil, ese incuestionable dominio de sí mismo: contempladme, soy el hijo prometido. El modo en que ladea la cabeza, sus dedos, su risa. No es muy alto —un metro setenta, probablemente— y tiene un cuerpo sólido y fibroso. Es fácil imaginarlo sentado como un discípulo más al borde de un jardín sagrado. De hecho, recuerda un poco a uno de esos san Sebastianes soñolientos del Renacimiento. Tiene los mismos mechones de pelo de color moca, los mismos miembros nervudos, pálidos y sonrosados.

Peter oye pronunciar su nombre.

—¿Qué?

—¿Cuándo fuimos a ver a Julie y a Bob? —pregunta Rebecca.

—No sé. Hará ocho o nueve meses, diría yo.

—¿Tanto?

—Sí. Por lo menos.

—No es fácil emocionarse con la idea de ir a D.C. —le explica Rebecca a Dizzy—. Y pasar el fin de semana con ellos sin salir de esa casa de locos.

—A mí también me asusta un poco esa casa —responde él.

—¿Ah, sí? O sea que no soy solo yo.

Peter vuelve a despistarse. Están poniéndose al día. Cháchara de los Taylor, no querrán que los siga. Observa a Rebecca acercarse a Dizzy como si tuviera frío y él despidiera calor. Las tres hermanas insisten en tratar a Dizzy como un demonio familiar, como el amigo a quien confiar las irregularidades e infidelidades de las otras dos.

De hecho, Dizzy posee cierta incorporeidad. Es un poco espectral, como una fantasía, o un sueño sobre sí mismo que se manifestase ante la gente. Sin duda se debe, al menos en parte, a su infancia pasada a solas con Beverly y Cyrus en aquella casona, mientras Beverly iba descuidando las tareas domésticas y Cyrus, que cumplió los sesenta el mismo mes que Dizzy cumplió diez años, pasaba cada vez más tiempo en su despacho, el único refugio contra la abrumadora evidencia de que las excentricidades de su mujer se iban convirtiendo con la edad en algo mucho más ominoso. Las chicas iban siempre que podían, pero estaban empezando a vivir sus propias vidas. Rebecca estaba en la Universidad de Columbia y Julie en la facultad de medicina, mientras Rose se enzarzaba en su épica lucha con su primer marido en San Diego. ¿Qué debió sentir Dizzy, que llegó demasiado tarde a la fiesta, que pasó su adolescencia en habitaciones mal iluminadas (el ahorro se convirtió en una de las fijaciones de Beverly) entre trastos y cacharros viejos? En una visita que les hicieron cuando Dizzy tenía dieciséis años, Peter escribió su nombre en el polvo del alféizar de una ventana. También encontró un ratón momificado detrás del ficus que había en un rincón del salón; lo echó a la papelera y se deshizo de él discretamente, como si tuviera la esperanza de proteger a los Taylor de algún temido diagnóstico.

Dizzy. Es casi incomprensible, tanto los sobresalientes que llevaban a Yale, como las drogas que no llevaban a ninguna parte.

En todo caso, parece haber salido sorprendentemente bien librado, al menos en sentido físico. De pequeño tenía una pinta un poco rara, pero cuando se hizo mayor se manifestó en él una belleza angulosa, como si alguien lo hubiese protegido, como si un hada madrina hubiese tendido un manto encantado sobre los hombros de un príncipe intranquilo. Las chicas empezaron a perseguirlo, o eso dicen los rumores, antes de que cumpliera los once años.

Rebecca está diciendo:

—… y en el salón grande, así es como lo llama.

Dizzy sonríe con aire triste. Al parecer, no comparte el agridulce placer por el aburguesamiento de Julie y su falta de sentido crítico respecto a las cosas enormes e inmaculadas.

—Supongo que allí se siente a salvo —responde Dizzy.

Rebecca no se deja convencer.

—¿A salvo de qué? —pregunta.

Dizzy se limita a mirarla con aire interrogante, como si estuviera esperando que recuperase su forma natural. Se ha ruborizado y parece incómodo (la verdad es que Rebecca está obsesionada con Julie, Dios sabrá por qué), los ojos castaños le brillan.

—Imagino que del mundo entero —apunta Peter.

—¿Y por qué iba a querer una estar a salvo del mundo entero? —pregunta Rebecca.

Rebecca, ¿por qué buscas pelea?

—Hojea cualquier periódico. Enciende la CNN.

—Un castillo en las afueras no la va a salvar.

—Lo sé —responde Peter—. Lo sabemos.

Rebecca se interrumpe para tratar de calmarse. Está enfadada y probablemente no sabe por qué. Dizzy la ha alterado, le ha recordado alguna cosa, la ha hecho culpable de algún crimen.

Peter mira a Dizzy. Ahí está otra vez, ese destello de afinidad secreta. Nosotros…, nosotros los hombres somos los que nos asustamos, los que metemos la pata y nos ponemos nerviosos; si a veces somos escépticos o abusones es porque sospechamos que nos estamos equivocando de una manera misteriosa que las mujeres desconocen. No sabemos fingir y nuestros vicios y costumbres son tan ridículos que, cuando nos presentemos a las puertas del cielo, la negra enorme que las guarda se burlará de nosotros no solo por ser tan inocentes, sino porque no tenemos ni idea de lo que pasa en realidad.

—No sé —suspira Rebecca—, me da rabia que se haya vuelto así.

—Le pasa a casi todo el mundo —responde Peter—. Casi todos acaban queriendo tener hijos y una casa bonita.

—Julie no es casi todo el mundo.

Uf. Otro de esos momentos matrimoniales inaguantables. Finge estar de acuerdo o arriésgate a una implosión.

—Casi todo el mundo cree ser distinto de los demás —dice Peter.

—Cuando se trata de tu hermana la cosa cambia.

—Lo entiendo —responde Peter. Ya sabe qué cara poner.

«Tus hermanas y tu hermano siguen vivos, ¿verdad? ¿Crees que no me gustaría sentarme a quejarme del bueno de Matthew y de su novio y del maleducado niño coreano que han adoptado y al que se niegan a castigar?»

Es injusto, vaya si lo es, incluso indecoroso interrumpir un argumento sacando a relucir a tu hermano muerto. Pero no deberían pelearse en la primera noche de Dizzy.

Pregunta: ¿Rebecca quiere discutir precisamente porque sabe que a Peter no le hace gracia esa visita? Ya lo hablarán más tarde. Igual que lo de ofrecerle vino a un ex drogadicto. Aunque también pueden achisparse con el cabernet y luego irse a dormir sin más.

—He olvidado si era un santuario zen o sintoísta.

Dizzy parpadea un par de veces bajo la mirada que le ha dirigido.

—Mmm, sintoísta —responde.

Y en su rostro se pinta la más clara convicción: no quiero ser monje, ni abogado, pero lo que menos me apetece del mundo es acabar como estos dos.

Pasa la cena, instalan a Dizzy en la antigua habitación de Bea (que conservan más o menos como ella la dejó para cuando vuelva, si es que vuelve). Peter y Rebecca llaman a Bea desde su dormitorio. No, Rebecca llama a Bea, con la esperanza de que acepte hablar con Peter, aunque sea un momento.

Peter espera junto a Rebecca en la cama cuando suena el teléfono en Boston. Perdón por tener la esperanza de que no esté en casa, por desear que se limite a dejarle un recado.

—Hola, cariño —dice Rebecca—. Ajá. Sí, estamos bien. Ha venido Ethan. Sí, Dizzy. Lo sé, hace años que no lo ves. ¿Qué estás haciendo?

»Claro. Sí. Seguro que tendrás mejores turnos cuando lleves allí más tiempo.

»Ajá, ajá. Bueno, no te preocupes, sabes que, si te dignas aceptarla, siempre puedes pedirle un poco de pasta a tu obsesiva madre.

Al parecer Bea se ríe al otro lado de la línea. Rebecca también se ríe.

Bea, el amor de mi puñetera vida. ¿Cómo has acabado siendo una chica triste y solitaria que trabaja en el bar de un hotel de Boston, vestida con una chaqueta roja y dedicada a preparar martinis para los turistas y asistentes a congresos? ¿Cometimos nuestro primer error
in utero
? ¿Era demasiado para ti el nombre de Beatrice? ¿Por qué dejaste la universidad para aceptar un trabajo como ese? Si fui yo quien te empujó a hacerlo, lo lamento con toda mi alma. Te amaba y te amo con todo el corazón que me queda. No tengo ni idea de cómo ni cuándo metí la pata. Si fuese mejor persona tal vez lo sabría.

—¿Qué tal está Claire? —pregunta Rebecca. Claire es la compañera de habitación, una chica con el brazo cubierto de tatuajes y sin ninguna ocupación conocida—. Lo siento, supongo que es cierto lo de que abril es el mes más cruel. Te paso a tu padre, ¿vale?

Le alcanza el teléfono. ¿Qué puede hacer, sino aceptarlo?

—Hola, Bea —dice.

—Hola.

Así es cómo lo trata últimamente. Ha pasado de un abierto resentimiento a una tibia cordialidad, como la de una azafata al atender a un pasajero. Es aún peor.

—¿Qué tal va?

—Normal. Esta noche me quedo en casa.

Nota una punzada en el pecho. Ha visto el alma de esa niña, ha visto su esencia diminuta y palpitante cuando acababa de nacer. La ha visto sufrir paroxismos de placer al ver la nieve, el maloliente lhasa apso del vecino o un par de sandalias de goma roja. La ha consolado por incontables heridas, decepciones y mascotas muertas. El hecho de que ahora sean meros conocidos que charlan sobre cosas intrascendentes, indica que el mundo es demasiado extraño y misterioso, demasiado terrible para su propio corazón.

—Nosotros también. Aunque somos mayores. —Silencio. Muy bien—. Un beso —dice Peter con impotencia.

—Gracias. Adiós.

Ella cuelga y Peter se queda con el teléfono en la mano.

—Es solo una fase —dice Rebecca.

—¡Ajá!

—Tiene que separarse de ti. No deberías tomártelo de forma tan personal.

—Estoy preocupado por ella. Muy preocupado.

—Lo sé. Yo también lo estoy un poco.

—¿Qué deberíamos hacer?

—Supongo que dejarla en paz. Al menos de momento. Llamarla los domingos. —Rebecca le quita el teléfono de la mano con dulzura y vuelve a dejarlo en la mesita—. Parece que regentemos un hogar para niños confusos, ¿no crees?

¡Ah!

La idea se le ocurre de pronto: Rebecca prefiere a Dizzy, que ha tenido el sentido común de ser esquivo y encantador, de haberse arrepentido y (dilo) de ser guapo. Rebecca y Peter hicieron todo lo que pudieron por Bea, pero nació tan pronto (sí, incluso hablaron de la posibilidad de abortar, ¿le habrá perdonado Rebecca por presionarla?) y, casi como si presintiera que no era deseada, Bea siempre fue dada a la soledad, a las rabietas esporádicas que en la adolescencia se convirtieron en rencor y malos humores, y en largas diatribas sobre la plaga de la pobreza y el crimen en Norteamérica, aún más extrañas porque Peter y Rebecca daban dinero a organizaciones caritativas y compartían casi todas las convicciones de Bea, quitando las más paranoicas, como que el sida era un experimento del gobierno, o lo de las prisiones secretas en las que acabaría encerrada algún día por hablar demasiado de conspiraciones que nadie debía conocer.

¿Cómo llegó a pasar? Es como si por un momento fuese un bebé chillando extasiada en sus brazos y apenas un instante después fuera una chica endurecida y de rasgos marcados llegada de su pueblo pistola y machete en mano para echarle en cara todos sus crímenes: su indiferencia por las necesidades ajenas, que se enriqueciera a expensas de los demás, que llevase unas gafas tan pretenciosas, que hubiera olvidado recoger su vestido en la lavandería.

Era como si se hubiese saltado un paso. Como si hubiera pasado de pronto de ser inocente a encontarse misteriosamente en un terreno kafkiano, donde las únicas preguntas que se planteaban eran para determinar el alcance de sus delitos y los daños producidos.

Peter se vuelve hacia Rebecca, está a punto de decir algo, pero se lo piensa mejor. En lugar de eso, la besa y se dispone a dormir, sabiendo que ella leerá un rato, satisfecho con la extraña e infantil felicidad de saber que va dormir mientras su mujer —esa mujer cordial y cada vez más distante— sigue con la luz de la mesilla encendida y va pasando las páginas.

Historia del arte

L
unes, poco antes de las diez. Uta ya está en la galería, nadie llega antes que ella.

—Buenos días, Peter —grita desde la trastienda con su exagerado acento alemán. Lleva más de quince años en Estados Unidos, pero su acento es cada vez más marcado. Uta es una más del creciente número de exiliados que se niegan a integrarse. Por un lado, desprecia su país de origen («Querido, solo se me ocurre la palabra “lúgubre”»), pero al mismo tiempo parece volverse más alemana (más no norteamericana) a medida que pasan los años.

Peter recorre la galería: adiós, Vincents. Sus empleados están de camino para empaquetarlos. Incluso después de quince años, exposición, tras exposición, tras exposición, sigue teniendo la misma sensación levemente frustrante, casi un atisbo de fracaso, cuando llega la hora de desmontarla. No tiene nada que ver con las ventas (aunque lo cierto es que los Vincents no se han vendido como esperaba). Es más bien la impresión (otros marchantes también lo confesarían, pero solo después de tomar unas copas) de que, con cada exposición, se puede haber avanzado una fracción de centímetro. ¿En la estética? ¿En la historia del arte? Bah. Pero de todos modos… ¿Qué hay del esfuerzo constante por encontrar un equilibrio entre el sentimentalismo y la ironía, entre la belleza y el rigor, y abrir así una grieta en la sustancia del mundo a través de la cual pueda brillar la verdad más perecedera?

Desde luego. Son objetos que cuelgan de la pared. Están en venta. También son hermosos, a su manera. Telas y esculturas envueltas en papel de estraza, atadas con cuerdas y luego recubiertas de parafina, una vaga referencia al Cristo amortajado, hecha por un joven amable y bastante irresponsable llamado Bock Vincent, que hace tres años salió de Bard, vive con su novia mucho mayor que él en Rhinebeck y es capaz, aunque con ciertas limitaciones, de hablar de las envolturas y las ataduras y su relación con la santidad, y de cómo el arte que anticipamos es siempre superior al que creamos. Insiste en que hay imágenes y objetos debajo de las envolturas, buenas pinturas, aunque se niega a mostrarlas o describirlas, y el papel está demasiado encerado para poder desvelarlas.

En todo caso, hoy los descuelgan. El jueves, todas las obras serán nuevas.

Uta sale de su despacho, taza de café en mano, con el moño teñido de henna y unas gafas de montura gruesa Alain Mikli. Hace un par de años existió entre ellos cierta tensión cargada de posibilidades, cuando Rebecca estuvo tan colgada de aquel fotógrafo de Los Ángeles. Fue el momento, si es que alguna vez lo hubo, de que Peter echase una cana al aire; Rebecca parecía desearlo. Uta estaba claramente por la labor y daba la impresión de preferir que fuese un simple rollo (terrible palabra), el colofón después de tanto trabajar y viajar juntos, y de estar de lunes a sábado en ese estado semierótico de sí pero no que produce la proximidad física. No hay duda de que era sexy y afectuosa, y se habría ofendido si le hubiese insinuado que podía conseguir más (¿Es que crees que las mujeres follan contigo solo para ver lo que pueden sacar?, le habría dicho con su marcado acento alemán). No obstante, Peter tenía la sensación de verlo todo muy claro: el resabiado cinismo de Weimar, un cinismo dulce y fatigado, pero no por eso menos cínico; los cigarrillos, el café y las bromas; ese nihilismo amargo y germánico. Porque Uta es alemana, totalmente alemana, y es probable que por eso mismo se fuese de Alemania e insista tanto en que no volverá jamás.

¡Oh!, emigrantes y visionarios, ¿qué esperáis encontrar aquí, en qué esperáis convertiros?

Varios meses después a Rebecca se le pasó el capricho por el fotógrafo, y por lo que sabía Peter no pasaron de aquel beso en la piscina por la noche en las colinas de Hollywood. Uta y él siguen trabajando juntos, más o menos como siempre, aunque hay veces en que Peter tiene la impresión de que estuvieron cerca de acostarse, tan rematadamente cerca que, como no lo hicieron, esa tensión y cierta excitante posibilidad se ha perdido para siempre. Están empezando a envejecer juntos como dos buenos compañeros.

—Ha llamado Carole Potter —dice ella.

—¿Tan pronto?

—Querido, Carole Potter se levanta por las mañanas para dar de comer a sus putos pollos.

Cierto. Carole Potter, heredera de una fortuna gracias a no sé qué artilugio de cocina, vive en una granja de Connecticut. Una granja estilo María Antonieta, claro: hierbas aromáticas, pollos exóticos que cuestan tanto como perros con pedigrí. Aunque hay que admitir que trabaja mucho. Amontona el estiércol de las gallinas, recoge los huevos. Cuando Peter fue a cenar allí el año pasado, le enseñó un huevo recién puesto, tenía un increíble y conmovedor color azul verdoso pálido, con algunas plumas pegadas y estaba manchado de sangre parda por el otro lado. «Así es como son antes de limpiarlos», le había explicado Carole. Y Peter había respondido (o más probablemente lo había pensado), «me encantaría encontrar un artista capaz de hacer algo parecido».

Una lista trata de cobrar forma en su imaginación.

Huevos recién puestos, sanguinolentos y con plumas pegadas.

Bette de pie delante de la boca del tiburón.

Dizzy sentado, un día tras otro, en un monasterio en Japón.

Es un tríptico, ¿no? El nacimiento, la muerte y todo lo demás.

—Carole ha dicho que le llames —dice Uta.

—¿Ha dicho qué quiere?

—Creo que ambos lo sabemos.

—Sí.

Carole Potter no está satisfecha con el Sasha Krim. Es, como suele decirse, una pieza difícil, pero Peter tenía la esperanza de que…

—¿Algún otro incordio? —pregunta él.

—Me encanta la palabra «incordio».

—Es por la letra de. Es agradable pronunciar la erre y luego pasar a la de.

—Los de siempre —responde ella.

—¿Qué tal el fin de semana?

—Un incordio. No es verdad. Es solo que me apetecía decirlo. ¿Y tú?

—Bette Rice tiene cáncer de pecho. Me lo dijo el domingo.

—¿Es grave?

—No lo sé. En fin, eso parece. Va a cerrar, quiere pasarnos a Rupert Groff.

—Fantástico.

—¿Tú crees?

—¿Por qué no iba a serlo?

—¿Qué opinas de su obra?

—Me gusta.

—Yo no estoy tan seguro.

—Pues no lo cojas.

—Sus cosas empiezan a venderse. Hay rumores de que Newton le tiene echado el ojo.

—Pues cógelo.

—Venga…

—Peter, querido, ya sabes lo que opino.

—Dímelo de todos modos.

Suspira voluptuosamente. Con sus ojos separados y su nariz huesuda y pequeña podría ser perfectamente un retrato de Klimt

—Coger a un artista que no acaba de gustarte pero que se vende bien compensa a los que te gustan pero no venden tantas obras. ¿De verdad necesitabas oírmelo decir?

—Eso parece.

—De todos modos, lo más probable es que acabe yéndose con uno de los grandes.

—Pero puedo hablar con él o no.

—Es un negocio, Peter.

—¡Ajá!

—No me mires como si fuese el mismísimo demonio. Ni se te ocurra.

—Lo siento. Ya sé que no lo eres.

—Lo malo, cariño, es que te gusta pensar que tienes razón y que los demás se equivocan.

—¿Y no te parece que en eso hay cierto heroísmo?

—No —responde ella—. No me lo parece.

Uta comprende que le ha dado pie para marcharse y vuelve a su despacho.

Él entra en el suyo, coge una carpeta que dejó en el escritorio el sábado y la deja encima de un archivador. No es que tenga ningún motivo real para hacerlo, es solo la rutina de los lunes por la mañana, el modo de anunciar su presencia al sordo zumbido del alma inanimada que ha residido allí durante las treinta y dos horas que él ha pasado en otro sitio.

Se prepara una taza de café y vuelve a la galería. Últimamente tiene la impresión de deambular mucho por habitaciones familiares con una bebida en la mano. ¿Será así como Bacon lo habría pintado? Qué idea tan horrible. Debería haber comprado aquel dibujo de Bacon en la subasta del año 95; entonces le pareció demasiado caro, pero ahora ha quintuplicado su precio. Otra idea inquietante. Los valores suben y bajan y vuelven a subir.

Ahí están. Los Vincents. Ya se van.

Y, por un breve espacio de tiempo, la galería estará vacía, con las paredes blancas y el suelo de hormigón. Creas un hueco prístino para que lo ocupen las obras. A Peter le encantan los cortos períodos en los que la galería no está llena de arte. Hay un no sé qué en esa sala austera y perfecta que sugiere un arte superior al que pueda producir una persona, por muy brillante que sea; es como el silencio antes de que empiece la orquesta, como cuando se oscurecen las luces antes de que se levante el telón. De eso trata Vincent. El arte que producimos vive en un delicado equilibrio con el arte que imaginamos, el arte que espera la sala. Eso es lo que ha estado haciendo Dizzy ese mes en Japón. Sentado solo, tratando de imaginar algo más grande que lo que puede crear la mano del hombre. El pobre chico no estaba a la altura. ¿Y quién lo está?

Además. Los Vincent no se vendieron bien, ¿verdad?

En fin. Habrá un período sin nada, y luego la siguiente exposición. Victoria Hwang, a mitad de su carrera, infravalorada, aunque empieza a llamar la atención por motivos que Peter no acierta a descifrar: estas cosas pueden ser misteriosas, de pronto se da la visceral coincidencia entre un grupo de personas pequeño pero influyente que deciden que ya va siendo hora de que esos objetos adquieran mayor importancia de la que parecían tener al principio (en el caso de Victoria, una serie de vídeos enigmáticos, rodados en las calles de Filadelfia, a partir de los cuales fabrica artículos de propaganda —figuritas articuladas, tarteras, camisetas— inspirados en peatones escogidos al azar, gente oscura y normal que ha pasado sin saberlo por delante de la cámara). Esos vuelcos son para volver loco a cualquiera. No están calculados, al menos no en el sentido de una conspiración de marchantes de arte internacionales (a veces casi desearía que lo estuvieran), pero tampoco tienen mucho que ver con el arte. Son respuestas increíblemente ligadas a millones de minúsculos cambios en la cultura, la política y los iones de la condenada atmósfera; no se pueden anticipar o comprender, pero se intuyen, igual que los animales notan que va a producirse un terremoto antes de que ocurra. Lleva cinco años exponiendo a Victoria y hablándole a la gente de ella, ahora ha tenido un presentimiento y de pronto, no hay duda de que, por oscuras razones, la gente se está empezando a interesar. Ruth, del Whitney, quiere ver su obra. Igual que Eve, del Guggenheim.
Artforum
va a dedicarle un artículo el mes que viene.

Hace tiempo que tiene pensada la exposición de Victoria, pero seguro que Vic tendrá sus propias ideas. Aunque todavía no ha entregado las obras y la fiabilidad de su promesa de que estarán allá al día siguiente por la mañana es dudosa, no es ni mucho menos uno de sus artistas más difíciles. Loado sea Dios. Es la última exposición de la temporada, está cansado —debería admitir que ha estado coqueteando de vez en cuando con la desesperación— y agradece la precisa aunque extrañamente lánguida inteligencia de Vic Hwang. Es lenta, pero no hará que monten la exposición para luego insistir en desmontarla y volver a empezar desde el principio. Si las obras no se venden se culpará tanto a sí misma como a Peter.

Además, según parece, está a punto de hacer carrera.

Bock Vincent, aunque sea triste decirlo, es probable que no lo consiga. Su estilo no está de moda: los enigmas amables y encantadores no están en alza y Bock no tiene demasiado margen de maniobra. ¿Qué es lo que le acaba de decir Uta? «Te gusta pensar que tienes razón y que los demás se equivocan.» Si esa frase no describe a Peter Harris, sin duda sirve para describir a Bock Vincent. Ya era un bicho raro (incluso para los estándares de Bard) cuando Peter lo conoció, con su pinta de fauno, frágil en un sentido vagamente innato y eduardiano, capaz de tener una seriedad conmovedora aunque exasperante. Bard se arriesgó con él. Igual que Peter.

Peter sigue sorprendido por el modo en que ciertos torbellinos de elogios pueden cambiar literalmente la obra de un artista, no solo la nueva sino también la vieja, las piezas que llevan un tiempo por ahí, que habían parecido interesantes o prometedoras, aunque menores, hasta que (no ocurre a menudo, solo de vez en cuando) se concluye, por un oscuro consenso, que un artista estaba menospreciado, relegado y era un adelantado a su época. Lo que a Peter le parece más sorprendente es el modo en que parece cambiar la obra en sí misma, más o menos igual que cuando a una chica normalita todo el mundo empieza a tratarla como a una belleza. La inteligente y original Victoria Hwang va a estar en
Artforum
el mes que viene, y, probablemente, en las colecciones del Whitney y el Guggenheim; Renée Zellweger —bizca y con cara de pan, una actriz de carácter donde las haya— apareció en la portada de
Vogue
, espléndida con un vestido plateado. Es, claro, una cuestión de percepción: el acuerdo de que a esa artista tan original o a esa chica estrafalaria hay que tomárselas con una nueva seriedad, pero Peter sospecha que el cambio es más profundo. Ser el foco de tanta atención (y, sí, de tanto dinero) parece excitar de forma diferente las moléculas artísticas de la actriz o el político. No es solo que se alteren las expectativas, sino que se produce una auténtica transustanciación causada por la alteración de dichas expectativas. Renée Zellweger se convierte en una belleza y se lo parecerá a cualquiera que no haya oído hablar de ella. Por lo visto, los vídeos y las esculturas de Victoria Hwang están a punto de ser no solo intrigantes y divertidos, sino significativos.

Mala suerte, Bock Vincent.

¿Qué es de esas estrellas jóvenes que no llegan a triunfar? ¿Dónde van cuando están pasadas de moda a los veintiséis años?

Veamos… ¿Adónde irá Bock si Peter lo deja? Peter no puede permitirse exponer obras que no se venden. Y eso que le gusta mucho su obra, aunque tampoco le entusiasma, no pondría la mano en el fuego por ella.

Ni tampoco por Victoria Hwang, aunque nunca lo admitiría ante nadie.

Por favor, Dios, envíame algo que me entusiasme.

Así empieza el día de trabajo.

¿Carole Potter? Todavía no. Empieza por Tyler y sus hombres.

Sí, estarán allí a las doce, a las doce y media como mucho, para embalar los Vincents. «Tranquilo, tío, ahí estaremos.» Últimamente Tyler parece malhumorado; Peter contrata sus servicios para hacerle un favor a Rex Goldman, pero desde el principio ha tenido la sospecha de que es un error, siempre lo es contratar a artistas jóvenes en prácticas, les ofende que su propia obra siga sin conocerse, no dan crédito a la mierda que se expone en las galerías, y antes de que te des cuenta han destruido algo «accidentalmente». Uno quiere proteger a los jóvenes artistas, y además Tyler es un protegido (¿y algo más?) de Rex, pero Peter tiene la sensación de que este debería ser su último trabajo para él, así que en realidad es adiós a Tyler y a Bock, lo siento mucho, sois jóvenes pero con eso no basta, vuelvo a ser otra vez vuestro padre, cruel y competitivo, que se interpone en vuestro camino.

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