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Authors: Jude Watson

Caza letal

 

Nadie sabe su nombre, ni cuando atacará. Sólo se sabe que es una cazarrecompensas peligrosa y letal, y que su última misión la ha traído hasta Coruscant, hogar de los Jedi. Su objetivo un viejo amigo de Qui-Gon Jinn. Qui-Gon y su aprendiz, Obi-Wan Kenobi, intentan capturarla, pero fracasan. Ahora ellos también son su objetivo.

Jude Watson

Caza letal

Aprendiz de Jedi 11

ePUB v1.0

LittleAngel
01.11.11

Título Original:
Jedi Apprentice: The Deadly Hunter

Año de publicación: 2003

Editorial: Alberto Santos Editor

Traducción: Virginia de la Cruz Nevado

ISBN: 84-95070-11-1

Capítulo 1

Obi-Wan Kenobi se echó el equipo de supervivencia a la espalda y bostezó. El viaje había sido largo. A su alrededor se elevaban los numerosos niveles de Coruscant, la ciudad que cubría un planeta. Se encontraba en una plataforma de aterrizaje en uno de los niveles superiores, rodeado de rascacielos que acababan en agujas y torretas. La niebla que lo cubría todo podía ser atmósfera o nubes. El cielo estaba lleno de vehículos, grandes y pequeños, que transitaban por las vías aéreas con habilidad y audacia.

Obi-Wan contempló a su Maestro, el Caballero Jedi Qui-Gon Jinn, y dio las gracias al piloto del carguero espacial que les había llevado a Coruscant. Se fijó en la respetuosa inclinación con la que su Maestro se despidió de la desaliñada criatura. Sus modales eran impecables, pero la firmeza estaba detrás de todos y cada uno de sus gestos y palabras. Obi-Wan esperaba llegar a tener algún día esa elegancia y seguridad al relacionarse con otros seres vivos. A menudo se sentía raro a la hora de tratar con los múltiples personajes que se encontraban en sus viajes.

"El tiempo pasa y enseña", le había dicho Qui-Gon. "Tienes catorce años. Te queda mucho por ver y mucho por experimentar. No intentes adelantar el conocimiento que persigues. Lleva su tiempo".

—Lamento no poder llevaros hasta allí —dijo el piloto al Jedi—, pero hay muchos aerotaxis por este distrito.

—Te agradecemos que nos hayas ayudado. Te deseo un buen viaje a casa —le dijo Qui-Gon con su tranquilidad habitual.

—Siempre es un placer ayudar a los Jedi —respondió el piloto, despidiéndose alegremente.

Qui-Gon se echó el equipo de supervivencia al hombro y miró satisfecho a su alrededor.

—Es un placer estar de vuelta —dijo.

Obi-Wan asintió. Coruscant era donde se encontraba el Templo, y el Templo era su hogar. Ya era casi la hora del almuerzo y Obi-Wan llevaba pensando en ello desde hacía muchos kilómetros. Qui-Gon y él llevaban bastante tiempo viajando por la galaxia.

—Mira, por ahí viene un aerotaxi —Obi-Wan dio un paso adelante.

—Espera, padawan.

Obi-Wan se dio la vuelta. Qui-Gon dudó un momento y le indicó que se acercara.

—Tengo otra idea. ¿Te importaría que pasáramos por otro sitio antes?

Obi-Wan intentó ocultar su decepción.

—Como desees.

Qui-Gon sonrió.

—No tardaremos mucho. Quiero que conozcas a alguien, un amigo. No está muy lejos. Podemos ir andando.

Qui-Gon caminó hasta el extremo de la plataforma de aterrizaje y activó una pasarela de cruce al siguiente nivel. En el distrito del Senado, los edificios estaban muy cerca unos de otros y se podía circular perfectamente por las pasarelas sin recurrir al transporte aéreo.

Obi-Wan se adaptó a las grandes zancadas de Qui-Gon. Esperó, sabiendo que si Qui-Gon le quería dar más información sobre ese amigo, lo haría.

—Didi Oddo tiene una cafetería cerca del edificio del Senado —explicó Qui-Gon—. Es un informador, por decirlo de alguna manera. Muchos Jedi acuden a él en busca de información. No le pagamos, pero a cambio somos sus ojos ahí fuera. Conoce a todo el mundo en Coruscant, desde los asistentes de los senadores hasta los ludópatas pasando por varios seres que consideran la ley como una tapadera para sus... operaciones —Qui-Gon sonrió brevemente—. Todo el mundo conoce el Café de Didi. Yo le conocí cuando era un poco mayor que tú.

Obi-Wan percibió aprecio en el tono de Qui-Gon. Su cansancio se disipó. Sería interesante conocer a un amigo de Qui-Gon. Y en una cafetería quizá tuviera la posibilidad de comer algo.

Caminaron por una pasarela peatonal, pasando por delante de tiendas y restaurantes repletos de turistas y hombres de negocios que viajaban a Coruscant para ver el Senado o para presentar sus peticiones ante él. De vez en cuando tenían que activar una pasarela para ir de un nivel a otro. Las pasarelas estaban llenas de seres procedentes de toda la galaxia. Casi todos hablaban en básico, aunque Obi-Wan también oyó algunos idiomas que no reconoció en absoluto.

Qui-Gon se detuvo ante una pequeña cafetería en una esquina. Comparada con los grandes restaurantes que la rodeaban, parecía un tanto destartalada. Habían intentado animar la fachada pintando los marcos de las ventanas y de la puerta de un alegre color azul, pero las recientes capas de pintura sólo conseguían que las agrietadas paredes de piedra parecieran más ruinosas de lo que eran.

Sin embargo, Obi-Wan se dio cuenta de que la cochambrosa cafetería estaba llena a rebosar, mientras que el restaurante de al lado estaba vacío. En el interior del local, la gente estaba sentada en pequeñas mesas apiñadas, hablando, gesticulando y comiendo enormes platos.

—No hables con nadie —le sugirió Qui-Gon—. Aquí hay de todo, y las peleas son frecuentes.

Fue hacia la puerta, pero se detuvo y se dio la vuelta.

—Ah, una cosa más. Pase lo que pase, no comas nada.

Ahogando un suspiro, Obi-Wan siguió a Qui-Gon hacia la bulliciosa cafetería. Las mesas estaban tan próximas que apenas se podía pasar entre ellas. Obi-Wan estuvo a punto de tirar al suelo el plato de un cliente, un togoriano, que lo agarró gruñendo.

—¡Idiota torpe!

Obi-Wan siguió andando detrás Qui-Gon, que se abría paso elegantemente por los estrechos espacios. Finalmente, llegaron a una zona abierta en la parte de atrás. Había una barra llena de clientes a lo largo de la pared.

—Ya has tenido bastante, Andoran —exclamó una alegre voz—. Acábate la cerveza y pide algo de comer. Necesitas comida, no bebida, amigo mío. Pilus, ¿a esto llamas tú propina? Acabas de ganar una fortuna llevando especias al sistema Quintus. Estírate un poco, te he hecho muchos favores y tengo una hija que criar. Nadarr, deja que te sirva un poco más de té. No, no, no me pagues, guárdalo para las medicinas de tu mujer. Es curioso lo rápido que nos recuperamos cuando podemos pagar al médico.

Qui-Gon sonrió.

—Ése es Didi.

Obi-Wan seguía sin ver nada. De repente, un hombrecillo regordete y de rostro melancólico se subió a un taburete detrás de la barra para coger una botella, se dio la vuelta y les vio.

—¡Estrellas y planetas, es Qui-Gon Jinn! Despejad el paso, amigos, ¡tengo una bienvenida que dar!

La tristeza de su cara se convirtió en una sonrisa. Con una agilidad sorprendente, Didi saltó sobre la barra y de ahí al suelo.

Rodeó al Jedi con sus cortos brazos. Obi-Wan retrocedió confundido. Nunca había visto a nadie abrazar a Qui-Gon. El Jedi era un hombre tan reservado que Obi-Wan supuso que no le devolvería el abrazo. En lugar de eso, Qui-Gon le palmeó la espalda a Didi.

—Qué alegría verte —dijo Qui-Gon.

Didi soltó a Qui-Gon.

—Qué malo eres, llevas mucho tiempo sin aparecer por aquí, pero mis ojos agradecen posarse sobre tu persona.

Qui-Gon hizo un gesto señalando la cafetería.

—Has hecho cambios y has engalanado el sitio. Pintura nueva, decoración nueva. Está más bonito —miró de reojo a la barra—. Y más limpio.

¿Limpio?
Pensó Obi-Wan.
¿Antes era peor?

—Es cosa de mi hija Astri —Didi se encogió de hombros—. Está intentando atraer a una clientela mejor. Quiere que me deshaga de algunas mesas para hacer más sitio. Que compre platos nuevos... que haga reformas. ¡Incluso está dando clases de cocina! O me arruina o me hace ganar una fortuna, aún no sé cuál de las dos cosas. ¿Y quién es este joven tan encantador?

—Es mi padawan, Obi-Wan Kenobi —dijo Qui-Gon.

Obi-Wan saludó con la cabeza a Didi.

—Encantado de conocerte.

—Yo también —Didi se puso serio y le tocó a Qui-Gon en el brazo—. Creo que el destino te ha traído a mi puerta, querido amigo.

Qui-Gon le miró amablemente.

—¿Va todo bien?

—Todo va... —Didi se detuvo—. No podemos hablar aquí. Vamos a mi despacho.

Obi-Wan les siguió mientras Didi hacía deslizarse un panel y les conducía a un cuarto trasero abarrotado. Había montañas de cajas que llegaban al techo, y la mesa estaba llena de hojas de registro, servilletas y un delantal manchado de comida.

En cuanto la puerta se cerró tras ellos, el alegre rostro de Didi se descompuso. Se frotó las manos y miró fijamente a Qui-Gon con tristeza.

—Amigo mío —dijo—. Tengo miedo. El peligro me acecha. Necesito tu ayuda.

Capítulo 2

—Cuéntame —dijo Qui-Gon—. Sabes que te ayudaré si puedo. Didi respiró hondo.

—Hace dos días estuvieron a punto de secuestrarme. Yo iba andando tranquilamente por la calle cuando una mujer con una armadura de plastoide se abalanzó sobre mí desde atrás. Una especie de látigo me atrapó y comenzó a arrastrarme hacia ella. Por suerte, había por allí un pirata de Cavrilhu. Estaba enfadado porque la mujer le había roto el visor al pasar. Se enfrentó a ella con una enorme vibrocuchilla y la mujer escapó. Pero le soltó un latigazo de recuerdo antes de irse.

—¿Quién era esa mujer? —preguntó Qui-Gon.

—Una cazarrecompensas —dijo Didi en un susurro—. Pregunté por ahí. Conozco a todo el mundo en este sector. Nadie sabe de dónde es, pero es humanoide.

La noticia dejó desolado a Qui-Gon. Didi siempre se las había apañado para quedarse en el lado bueno de la ley, o casi. Qui-Gon miró a su amigo fijamente.

—¿Una cazarrecompensas? ¿Y por qué te busca?

—No me busca a mí, lo juro —dijo Didi con convicción—. Puede que entre mis clientes haya algunas criaturas de dudosa reputación, pero yo no soy un criminal. Tú lo sabes, amigo mío. Está bien, de acuerdo —dijo antes de que Qui-Gon pudiera hablar—, puede que alguna vez haya comprado en el mercado negro. Quizás haya apostado un par de veces, pero eso no significa que quebrante la ley.

Qui-Gon suspiró.

—Para ti es contraproducente jugártela así en Coruscant, Didi.

—¡Claro que sí! ¡Lo sé perfectamente! —exclamó Didi, asintiendo frenéticamente—. Pero sé que la cazarrecompensas no iba a por mí. Seguro que el gobierno de algún planeta me ha confundido con otro. Esas cosas pasan, ¿sabes?

Qui-Gon vio la incredulidad en el rostro de Obi-Wan. Sabía que su padawan no confiaba en Didi. No conocía la generosidad de su corazón ni cómo se ocupaba de los muchos seres que poblaban su cafetería sin que ellos se enteraran. Una de las lecciones que Obi-Wan tenía que aprender era ver más allá de las apariencias. Y quizás ésta era la ocasión.

—¿Qué quieres que haga, Didi? —preguntó Qui-Gon.

—Habla con ella y dile que ha habido un error. Convéncela de que soy inocente —dijo Didi en tono grave.

—¿Cómo puedo encontrarla? —preguntó Qui-Gon.

Obi-Wan le miró incrédulo. Qui-Gon respondió con una mirada más expresiva que cualquier palabra.
Espera, padawan
.

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