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Authors: Mia Couto

Tags: #Cuentos y Relatos

Cada hombre es una raza

 

Cuentos de encuentros y desencuentros entre la cultura africana y el racionalismo occidental, entre las tradiciones mágicas y el modernismo escéptico, entre la fantasía y la leyenda. Estos relatos nos hablan de la ternura de la pasión, de los prejuicios racistas, de las fronteras entre la aldea y el resto del mundo, del contraste entre los colonizadores y los colonizados, o de la venganza última de una esposa engañada.

Mia Couto transforma en literatura viva el habla popular y la historia cotidiana de los habitantes de Mozambique en esta colección de historias que despliegan todo el colorido y la magia del continente africano.

Mia Couto

Cada hombre es una raza

ePUB v1.0

vidadoble
15.12.11

Título original: Cada Homem é uma Raça

© 2002. Editorial Caminho, S. A., Lisboa

Con autorización de Dr. Ray-Güde Mettin,

Literarische Agentur, Bad Homburg, Alemania

© De la traducción: Mario Morales

Revisión de la traducción: Mario Merlino

© De esta edición:

2004, Santillana Ediciones Generales, S.L.

Torrelaguna, 60, 28043 Madrid

ISBN 84-204-0050-5

Depósito legal: M. 13.228-2004

Impreso en España

Diseño: Proyecto de Enric Satué

© Cubierta: Crearte

Al ser interrogado sobre su raza, respondió:

— Mi raza soy yo, Juan Pajarero.

Al pedírsele que explicara eso, añadió:

— Mi raza soy yo mismo.

La persona es una humanidad individual.

Cada hombre es una raza, señor policía.

(Fragmento de las declaraciones

del vendedor de pájaros.)

Rosa Caramela

Encendemos pasiones en la mecha del propio corazón.

Lo que amamos es siempre lluvia,

entre el vuelo de la nube y la prisión del charco.

Al final somos cazadores

que a sí mismos se hieren con su azagaya.

En el lanzamiento certero

va siempre algo de quien dispara.

De ella se sabía muy poco. Se conocía así, jorobada-gibosa desde niña. La llamábamos Rosa Caramela. Era de esas a quienes se les pone otro nombre. El que tenía, por naturaleza, no servía. Rebautizada, parecía más a tono como ser de este mundo. De ella no queríamos aceptar parecidos. Era Rosa. Subtítulo: la Caramela. Y nos reíamos.

La jorobada era un mezcla de todas las razas. Su cuerpo cruzaba muchos continentes. La familia se había alejado, apenas la hubo entregado a esta vida. Desde entonces, el escondrijo de ella no era un lugar para ser visto. Era una casucha hecha de piedra espontánea, sin cálculo ni plomada. En ella, la madera no había ascendido a ser tabla: seguía siendo tronco, pura materia. Sin cama ni mesa, la jorobada no se atendía a sí misma. ¿Comía? Nunca nadie le vio sustento alguno. Incluso sus ojos le eran insuficientes por esa falta de querer, un día, ser mirados, con ese redondo cansancio de haber soñado.

A pesar de todo, su cara era bonita. Excluyendo su cuerpo, era capaz de despertar deseos. Pero si por detrás la observaran entera, enseguida se anularía tal lindura. Nosotros la veíamos que vagaba por las aceras, con sus pasitos cortos, casi juntos. En los jardines, ella se entretenía: hablaba con las estatuas. De las enfermedades que padecía, ésa era la peor. Todo lo demás que hacía eran cosas con un silencio escondido, nadie veía ni nadie oía. Pero eso no, nadie podía admitir que parlotease con estatuas. Porque el alma que ella ponía en esas charlas llegaba incluso a asustar. ¿Quería curar la cicatriz de las piedras? Con maternal inclinación, consolaba a cada estatua.

—Espera yo te limpio. Voy a quitarte la suciedad, es suciedad de ellos.

Y pasaba una toalla, inmundísima, a esos cuerpos petrimuebles. Después volvía a tomar los atajos, iluminándose a intervalos en el círculo de cada poste.

De día nos olvidábamos de su existencia. Pero, en las noches, el claro de luna nos confirmaba su silueta tortuosa. La luna parecía pegársele a la jorobada, como moneda en mano avara. Y ella, frente a las estatuas, cantaba con ronca e inhumana voz: les pedía que salieran de la piedra. Soñaba demasiado.

Los domingos ella se recogía, nadie podía verla. La vieja desaparecía, celosa de los que llenaban los jardines, alterando el sosiego de su territorio.

De Rosa Caramela, finalmente, no se buscaba explicación alguna. Sólo un motivo se contaba: cierta vez, Rosa se había quedado con las flores en la mano, inmóvil a la entrada de la iglesia. El novio, ese que tenía, tardó en llegar. Tardó tanto que nunca llegó. El le había advertido: no quiero ceremonias. Vamos tú y yo, solamente los dos. ¿Testigos? Sólo Dios, si estuviera desocupado. Y Rosa suplicaba.

—Pero ¿mi sueño?

Toda la vida ella había soñado con la fiesta. Sueño de brillos, cortejo e invitados. Sólo ese momento era suyo, ella una reina, preciosa como para despertar envidia. Con el largo vestido blanco y el velo disimulando su espalda deforme... Afuera, mil bocinas. Y ahora, el novio le negaba la fantasía. Se deshizo de sus lágrimas, ¿para qué otra cosa sirve el dorso de las manos? Aceptó. Que fuera como él quisiera.

Llegó la hora, pasó la hora. El no vino ni llegó. Los curiosos se fueron, llevándose sus risas, sus mofas. Ella esperó y esperó. Nunca nadie esperó tanto tiempo. Sólo ella, Rosa Caramela. Se acurrucó en el consuelo del peldaño, la piedra sosteniendo su universal desencanto.

Historia que cuentan. ¿Tiene algo de verdad? Lo que parece es que no había ningún novio. Ella había sacado todo aquello de su ilusión. Se había inventado como novia, Rosita-enamorada, Rosa-casadera. Pero como nada de eso sucedió, mucho le dolió el desenlace. Su razón quedó herida. Para sanar sus ideas, la internaron. La llevaron al hospital, no quisieron saber más. Rosa no tenía visitas, nunca tuvo el alivio de una compañía. Ella hablaba a solas, abandonada. Se hizo hermana de las piedras, de tanto apoyarse en ellas. Paredes, suelo, techo: sólo las piedras le daban cabida. Rosa descansaba, con la levedad de los apasionados, sobre los fríos pavimentos. La piedra era su gemela.

Cuando le dieron el alta, la jorobada salió en busca de su alma mineral. Fue entonces cuando se enamoró de las estatuas, solitarias y compenetradas. Las vestía con ternura y respeto. Les daba de beber, las socorría en los días de lluvia, en la estación fría. Su estatua preferida era la del pequeño jardín, frente a nuestra casa. Era el monumento de un colonizador de nombre ilegible. Rosa desperdiciaba las horas en la contemplación del busto. Amor sin correspondencia: el hombre de la estatua permanecía siempre distante, sin dignarse a prestar atención a la jorobada.

La veíamos desde el balcón de nuestra casa de madera, bajo el techo de zinc. Mi padre, sobre todo, la veía. Se callaba, de hecho, todo. ¿Era la locura de la jorobada la que nos hacía perder el juicio? Mi tío bromeaba, para salvar nuestra posición:

—Ella es como el escorpión, lleva el veneno en las espaldas.

Compartíamos las risas. Todos, excepto mi padre, quien sobresalía intacto, grave.

—Ninguno de ustedes ve su cansancio. Cargando siempre las espaldas en sus espaldas.

A mi padre le afligía mucho el cansancio ajeno. El, de hecho, no daba golpe. Se sentaba. Se aprovechaba de los muchos sosiegos que da la vida. Mi tío, hombre enérgico, lo aconsejaba:

—Juca, hermano, búscale un sentido a la vida.

El asentía, lentísimo.

—Ya conocen el contrato: se los llevan y después, cuando regresen, me cuentan cómo fue el partido.

Y se inclinaba a sacar los zapatos de debajo de su silla. Se agachaba con tanto esfuerzo que parecía estar agarrando el mismo suelo. Subía el par de zapatos y los miraba con fingida despedida:

—Me cuesta.

Sólo debido al médico se quedaba. Le prohibieron los excesos del corazón, las prisas de la sangre.

—Maldito corazón.

Se golpeaba el pecho para castigar el órgano. Y volvía a conversar con el calzado:

—Atención, zapatitos: tenéis que volver a la hora señalada.

Y recibía el dinero por adelantado. Se quedaba contando los billetes con muchos gestos. Era como si leyera un libro grueso, de esos que gustan más de los dedos que de los ojos.

Mi madre era la que ponía los pies sobre la tierra. Salía a su oficio muy temprano. Llegaba al bazar, la mañana era aún pequeña. El mundo se transparentaba, como estrella solar. Mi madre arreglaba su puesto antes que las otras vendedoras. Entre las coles apiladas se veía su cara gorda de tristes silencios. Allí se sentaba, ella y el cuerpo de ella. En la lucha por la vida, mi madre nos rehuía. Llegaba y partía estando oscuro. De noche, la escuchábamos, reprendiendo la pereza de mi padre.

—Juca, ¿tú piensas en la vida?

—Pienso, y mucho.

—¿Sentado?

Mi padre se ahorraba las respuestas. Ella, sólo ella lamentaba:

—Yo solita, trabajando dentro y fuera.

Al poco rato, las voces se apagaban en el corredor. De mi madre aún restaban suspiros, desmayos de su esperanza. Pero nosotros no le echábamos la culpa a mi padre. El era un hombre bueno. Tan bueno que nunca tenía razón.

Y a eso se reducía la vida en nuestro pequeño barrio. Hasta que, un día, nos llegó la noticia: Rosa Caramela estaba presa. Su único delito: venerar a un colonialista. El jefe de las milicias dictó sentencia: añoranza del pasado. La locura de la jorobada escondía otras razones políticas. Así habló el comandante. De no haber sido eso, ¿qué otro motivo tendría ella para oponerse, con violencia y cuerpo, al derrumbe de la estatua? Sí, porque el monumento era un pie del pasado a rastras por el presente. Urgía circuncidar a la estatua por respeto a la nación.

De manera que se llevaron a la vieja Rosa para curarla de los desavíos que alegaban. Sólo entonces, en su ausencia, vimos hasta qué punto ella formaba parte de nuestro paisaje.

Pasó el tiempo sin tener noticias suyas. Hasta que, cierta tarde, nuestro tío rompió el silencio. El venía del cementerio, llegaba del entierro de Jawane, el enfermero. Subió los pequeños escalones de la terraza e interrumpió el descanso de mi padre. Rascándose las piernas, mi viejo guiñó los ojos, calculando la luz.

—¿Y? ¿Me has traído los zapatos?

Mi tío no respondió inmediatamente. Estaba ocupado aprovechando la sombra, secándose la transpiración. Se sopló los labios, cansado. En su rostro vi el alivio de quien regresa de un entierro.

—Aquí están, nuevecitos. ¡Eh, Juca, hermano, me vinieron bien estos zapatos negros!

Buscó en los bolsillos, pero el dinero, siempre tan rápido para entrar, tardó en salir. Mi padre le corrigió su gesto:

—A ti no te los alquilé. Somos de la familia, calzamos juntos.

El tío se sentó. Tomó la botella de cerveza y llenó su vaso grande. Después, con habilidad, agarró una cuchara de palo y echó la espuma en otro vaso. Mi padre se aprovechó de ese otro vaso que sólo tenía espuma. Al prohibírsele los líquidos, el viejo se dedicaba únicamente a los espumantes.

—Es ligera la espumita. El corazón no nota su paso.

Se consolaba, apuntaba como si prolongara su pensamiento. No había más que fingimiento en ese ahondar en sí mismo.

—¿Había mucha gente en el entierro?

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