Aprendiz de Jedi ed. esp. 1 Traiciones

 

Qui-Gon y Obi-Wan.

Obi-Wan y Anakin.

Dos Maestros. Dos aprendices.

Un misterio.

Cuando Obi-Wan Kenobi era un aprendiz fue acusado de matar a un compañero Jedi. Con ayuda de su maestro, Qui-Gon Jinn, luchó por limpiar su reputación, pero aunque fue declarado inocente, se ganó un enemigo de por vida: el vengativo padre del muchacho muerto.

Doce años después, Obi-Wan ya es un Caballero Jedi y tiene a su aprendiz, Anakin Skywalker. El joven Skywalker no conoce los secretos del pasado de su Maestro, pero cuando el pasado regresa los dos tendrán que combatir el engaño con la verdad y enfrentarse a enemigos a la vez viejos y nuevos.

Jude Watson

Traiciones

Aprendiz de Jedi Edición especial 1

ePUB v1.1

jukogo
15.11.11

Titulo: Traiciones (Star Wars Jedi Apprentice Special Edition: Deceptions)

Autor: Jude Watson

Coleccion: Aprendiz de Jedi Edicion Especial Nº1

Editorial: Alberto Santos

Páginas: 110

Cronología: 41 años A.B.Y (Antes de la Batalla de Yavin)

1

E
l agua verdosa estaba fría. Los rayos de luz se filtraban por ella dibujando formas cambiantes en el fondo. La cascada provocaba suaves ondas en la superficie.

Obi-Wan Kenobi nadaba tras la reluciente túnica de su amiga Bant, que buceaba ante él. Él llevaba un tubo respiratorio, ella no. Los mon calamari podían permanecer un buen rato bajo el agua, y Bant buceaba por la laguna con elegancia y agilidad.

Hubo una época en la que no disfrutaba tanto nadando con Bant. Se sentía torpe a su lado. No le gustaba que ella fuese mejor que él en algo. Pero su Maestro, Qui-Gon Jinn, le enseñó que en la verdadera amistad se valoraba la mejor habilidad de un amigo. Cuando Obi-Wan se dio cuenta, empezó a entusiasmarse tanto como Bant con las excursiones a nadar.

Bant se giró y le sonrió, moviendo los brazos suavemente. A Obi-Wan siempre le sorprendía lo tranquila que estaba Bant en la laguna. Fue allí donde estuvo a punto de morir, cuando el malvado Xánatos la encadenó al fondo. Pero siempre quería ir allí a nadar. En una ocasión ella dijo a Obi-Wan que quería recordar aquel día, y que mientras se le escapaba la vida, fue cuando más cercana se sintió a la Fuerza.

Bant señaló a la superficie, y Obi-Wan asintió. Salieron al exterior y se encontraron con la cegadora luz del sol. Sabían que era artificial, creada por los focos del techo, pero agradecieron sentir su calidez en la piel fría.

Obi-Wan se alzó hasta la hierba de la orilla, frente a la cascada. Quizá Bant se sintiera a gusto en aquel sitio, pero él no. Allí luchó contra el estudiante Jedi Bruck Chun por la vida de Bant. Allí vio a Bruck precipitarse hacia su muerte. No fue culpa suya que el chico muriera, pero él se sentía responsable de todas maneras.

—Gracias por venir —le dijo Bant—. Sé que te cuesta hacerlo. —Un brillo travieso asomó en su mirada—. Quizá te lo pido precisamente por eso.

Él le dio un codazo cariñoso.

—¿Así que ahora resulta que soy tu padawan?

A Bant se le oscureció el gesto, y Obi-Wan se dio cuenta de que había metido la pata. Le había recordado justo lo que ambos querían olvidar acudiendo al lago.

—Lo siento —dijo en voz baja—. No pretendía...

—No seas tonto —dijo Bant, abrazándose las piernas flexionadas—. Tengo que hacer frente al desaliento. ¿No me has traído aquí para hablar de eso?

Bant albergaba la esperanza de que la Maestra Jedi Tahl la aceptase como padawan. Tahl parecía sentir un interés especial por la pequeña mon calamari, y de vez en cuando le encargaba tareas mientras seguía sus progresos. Pero Tahl había partido el día anterior en una misión, no sin antes anunciar a Yoda y al Consejo que no aceptaría a ningún padawan. Obi-Wan sabía que Bant estaba triste por la decisión de Tahl.

—Sí —admitió Obi-Wan—. Sé lo que se siente al verse rechazado. Aunque Qui-Gon acabó aceptándome como padawan, al principio me rechazó, y eso me sentó realmente mal.

—No creo que haya posibilidades de que Tahl cambie de opinión —dijo Bant con tristeza.

—Hay otros Maestros —dijo Obi-Wan con suavidad—. Has sido muy buena estudiante. Conseguirás el Maestro que te mereces.

Bant contemplaba el agua con expresión apesadumbrada.

—Sí, sé que eso es lo que pensaría un Jedi sabio. Pero no puedo dejar de pensar lo contrario. Yo tenía la certeza de que Tahl era mi Maestra. ¿Me entiendes, Obi-Wan? ¿Acaso no sentiste lo mismo tú con Qui-Gon?

—Así es —admitió Obi-Wan.

No sabía qué decir a Bant. A los alumnos Jedi se les enseña a fiarse de sus instintos y que esos instintos eran puros. Y eso significaba que podían tener más que ver con lo que uno deseaba que con lo que tenía que pasar. Era un sentimiento que debía abrirse paso en tu interior, desde lo más hondo de tu ser, hasta aflorar, hasta tocar el sol.

¿Era así como se sentía Bant? Obi-Wan no podía saberlo. Sólo fiarse de la opinión de su amiga.

—Entonces, quizás al final sea así —dijo Obi-Wan.

—No puedo hacerme ilusiones —dijo Bant—. Soy consciente.

Obi-Wan divisó la espigada silueta de su Maestro, Qui-Gon Jinn, acercándose a la laguna por el sinuoso sendero. El chico se levantó expectante. Bant hizo lo mismo.

—Sé que he retenido demasiado tiempo a Obi-Wan —dijo la mon calamari—. Lo siento. Necesitaba su consejo.

Qui-Gon dedicó a Bant la sonrisa cariñosa que reservaba especialmente para ella.

—Me alegro de que Obi-Wan te tenga como amiga, Bant. Puedes retenerlo cuanto quieras. Pero ahora mismo, el Consejo requiere su presencia.

—¿El Consejo? —preguntó Obi-Wan, receloso.

Ser convocado por el Consejo era un acontecimiento inusual. Obi-Wan sabía por experiencia que no era buena señal. Bant lo miró preocupada.

Qui-Gon asintió.

—Sécate, padawan, y ven conmigo. Nos quieren ver de inmediato.

Obi-Wan se secó rápidamente el pelo con una toalla y se puso el cinturón. Deseó tener tiempo para ponerse una túnica limpia. No había hecho nada malo... últimamente. ¿Por qué se sentía de repente como si lo hubiera hecho?

2

O
bi-Wan y Qui-Gon se encontraban en el centro de la sala redonda del Consejo. La lluvia constante golpeaba las ventanas que ofrecían una vista panorámica de las ajetreadas aerovías de Coruscant.

Qui-Gon era consciente de lo nervioso que estaba su padawan, pero se sentía orgulloso al verlo allí, aparentemente tranquilo, ante el escrutinio de tantos Maestros del Consejo. Sólo Qui-Gon era consciente de lo impaciente que estaba el muchacho. Ya había estado antes ante el Consejo. Su padawan tenía motivos para estar así. Sabía lo estrictos que podían llegar a ser los Maestros Jedi.

Como de costumbre, fue Mace Windu quien rompió el hielo. Siempre se mostraba solemne, pero Qui-Gon percibió en él una intranquilidad poco frecuente. Esperaba que aquella reunión repentina significara que el Consejo los enviaba en una misión especial. Pero empezó a temer que algo no iba bien.

—No estés nervioso, Obi-Wan —dijo Mace Windu mirándolo fijamente—. No te hemos llamado para reñirte.

No era normal que Mace Windu tranquilizase a alguien. La preocupación de Qui-Gon aumentó un poco más. Miró a Yoda, pero era imposible saber lo que pensaba. Miró rápidamente a Adi Gallia, resplandeciente como siempre, pero con la mirada llena de compasión por Obi-Wan.

Mace Windu descansó las manos en los reposabrazos de su sillón.

—Acabamos de recibir un mensaje de Vox Chun, el padre de Bruck Chun.

Obi-Wan dio un respingo. Qui-Gon se sorprendió también.

—Acaba de ser amnistiado por sus delitos contra el Estado, en Telos —prosiguió Mace Windu—, y desea venir al Templo para recibir un informe sobre la muerte de su hijo. Está en su derecho y el Consejo ha aceptado.

Obi-Wan asintió. Se había quedado pálido.

—¿Tengo que hablar yo con él? —preguntó.

—Tendrás que relatar los detalles de la muerte de su hijo, sí —dijo Mace Windu en un tono de voz inusualmente amable.

—Que fácil no es para ti sabemos, Obi-Wan —dijo Yoda.

—Llegará dentro de dos días —dijo Mace Windu—. Qui-Gon estará contigo. Que la Fuerza te acompañe.

Les indicaron que podían retirarse y, tras una reverencia, Maestro y padawan dieron media vuelta y salieron de la estancia. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Obi-Wan se sintió desfallecer.

—¿Es obligatorio? —preguntó a Qui-Gon.

—Ya sabes la respuesta —dijo Qui-Gon—. Sabes que será difícil, pero quizá también te sea útil. Tendrás que hablar de algo de lo que no crees poder hablar, algo enterrado en tu corazón. Quizás al afrontarlo con calma y sinceridad deje de acosarte en tus sueños.

Obi-Wan le miró atónito.

—Sí, padawan, soy consciente de lo que sufres —dijo Qui-Gon amablemente—. ¿No crees que ya va siendo hora de dejarlo atrás?

Obi-Wan seguía sintiéndose sorprendido. Qui-Gon le puso una mano en el hombro.

—Ve con Bant y come algo. Llegas tarde al almuerzo.

La comida siempre conseguía reanimar a Obi-Wan. Qui-Gon no quería que el chico se preocupara demasiado por el inminente encuentro. Sin duda, le resultaría difícil, pero Obi-Wan no había hecho nada malo y conseguiría superarlo.

Cuando Obi-Wan se dirigió al turboascensor, Qui-Gon se quedó deambulando por las puertas del Consejo. Tenía la esperanza de poder dirigirse a Yoda. Le preocupaba la decisión de Tahl de no adoptar a Bant como padawan y su repentina desaparición. Y siempre era útil contar con la opinión de Yoda.

La puerta se abrió en silencio, y los miembros del Consejo pasaron desfilando ante él. Yoda le vio y asintió. Qui-Gon tuvo la impresión de que Yoda sabía exactamente por qué estaba esperándole.

—Preocupado estás, Qui-Gon —dijo Yoda mientras se acercaba a él, haciendo ondear su túnica a su paso—. Pero sólo por tu padawan creo que no es.

—Tahl —dijo Qui-Gon para abreviar—. ¿Por qué no ha aceptado un padawan? ¿Y por qué se ha ido de repente?

Yoda se apoyó en su bastón.

—¿Crees que la persona a quien debes preguntar eso yo soy?

Qui-Gon suspiró.

—Quieres decir que debería preguntárselo primero a Tahl. Sí, pero quería saber tu opinión.

Yoda asintió.

—Creo que Tahl para Bant una carga no quería ser, pues la experiencia de Bant una Maestra ciega limitaría.

—¡Cargas! ¡Limitaciones! —exclamó Qui-Gon, incrédulo, sería incapaz de asociar esas palabras con Tahl—. ¡Eso es ridículo!

—Ella eso no cree. Tiempo necesita, Qui-Gon. Ayudarla en esto no puedes. Esa su decisión es. —La mirada sabia de Yoda se posó sobre Qui-Gon—. Y ya era hora de que el Templo la abandonara para de asuntos relevantes permitirle encargarse. Al programa Centax 2 enviada ha sido.

Qui-Gon se quedó de piedra. Centax 2 era un satélite de Coruscant. Los transportes de mercancías y pasajeros solían estacionar allí para que su carga descendiera a Coruscant en naves de menor tamaño. Los Jedi habían elegido este satélite para un nuevo programa piloto dirigido por la Jedi Clee Rhara.

—¿Hay algún problema? —preguntó Qui-Gon.

—Eso desconocemos —respondió Yoda, parpadeando con sus enormes ojos—. Sospechamos sólo. Consciente eres de que este programa del completo apoyo del Consejo carece. Clee Rhara opina que los Jedi un escuadrón de pilotos de caza deberían tener. Algunos de acuerdo están. Otros no.

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